Antes de El Cid hubo un hombre. Y junto a él, una mujer que nunca dejó de mirarlo a los ojos.
Castilla, siglo XI. Con dieciséis años, Rodrigo Díaz de Vivar mata en duelo al padre de Jimena para vengar una afrenta. Ella lo ve todo desde la hierba ensangrentada, arrodillada junto al cadáver. Ese día nace una leyenda. Y empieza la historia de amor más improbable de la Edad Media: la del guerrero que necesita ser alguien y la mujer que jamás le perdonará, pero que elegirá esperarlo.
Desde los páramos helados de Castilla hasta la luz deslumbrante del Mediterráneo, esta novela recorre la vida del hombre que obligó a un rey a jurar su inocencia en Santa Gadea, que fue desterrado dos veces, que sirvió a reyes cristianos y musulmanes, que derrotó a condes y emires y que conquistó Valencia sin llegar nunca a ceñirse una corona.
Valencia, 1098. Un hombre envejecido, lleno de cicatrices, desciende de las sierras hacia la ciudad que conquistó. Los soldados lo aclaman como a un ser invencible. Él sabe que ha ganado casi todo, salvo la paz. Y sabe que lo espera una caja sellada llegada desde el otro lado del mar, una espada que no le deja dormir y una mujer que conoce cada una de sus mentiras.
Pero esta no es la historia que cantaron los juglares.
Es la historia que callaron.
¿Sabías que el héroe de Castilla pasó cinco años al servicio de los reyes musulmanes de Zaragoza, y que fueron ellos quienes le dieron el nombre con el que pasó a la historia? «Cid» viene del árabe sidi, «mi señor». ¿Que no se ganó el título de Campeador en una gran batalla, sino en un combate a muerte contra un solo hombre? ¿Que derrotó dos veces al conde de Barcelona y las dos lo dejó marchar?
¿Y sabías que Jimena gobernó Valencia durante casi tres años tras la muerte de su marido, resistió un asedio de siete meses y solo abandonó la ciudad cuando ardía, llevándose consigo su cuerpo? Las crónicas apenas la nombran. Esta novela le devuelve su voz: la de una mujer que llevó las cuentas mientras otros escribían la historia, que sacó a sus hijos de la torre donde el rey los encerró con una sola carta y que conoció al hombre cuando el mundo solo veía la leyenda.
Aquí está el joven que vomitaba de miedo antes de cada batalla. El desterrado que cruzó la frontera con sesenta jinetes. El conquistador que mató de hambre a una ciudad para convertirla en su hogar. Y el padre que no supo decir «te quiero» a tiempo, y que recibió de su hijo Diego, muerto en Consuegra luchando por el mismo rey que lo desterró, las palabras que él nunca se atrevió a pronunciar.
No murió atado a su caballo ganando una última batalla, como contó la leyenda. Murió en su cama, en Valencia, en julio de 1099, como mueren los hombres. Esta novela cuenta cómo nació esa leyenda, y quién se opuso a ella.
Junto a ellos, personajes inolvidables: la infanta Urraca, el amor imposible; García Ordóñez, el enemigo elegante; Álvar Fáñez, el amigo que juró contar la verdad; Zaynab, la princesa de Zaragoza; e Irene, la sabia griega que leía las estrellas frente al mar. Y una espada de acero cordobés con el nombre de Dios y el de la Virgen grabados en la hoja: la Tizona.
Inspirada en la Odisea, la novela convierte a Rodrigo en un Ulises medieval que pasa la vida intentando volver a casa, y a Jimena en una Penélope que no espera tejiendo, sino luchando.
Batallas que se sienten en la piel, intrigas de corte, pasiones prohibidas y una Valencia islámica reconstruida con sus murallas, sus acequias y su huerta.
Una rigurosa documentación histórica con una prosa intensa y profundamente humana, que distingue con honestidad lo que cuentan las crónicas, lo que inventó la leyenda y lo que solo la literatura puede imaginar.
Porque los siglos recordaron al Cid Campeador.
Pero Jimena conoció a otro hombre.
Y aquel hombre se llamaba Rodrigo.





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