En Valledén dicen que la Fuente de las Lágrimas solo se bebe una vez en la vida, y que quien bebe dos veces se queda con el agua dentro. Esta novela es mi segunda vez.

La primera edición de Memoria de lobos salió en junio de 2025. La escribí con prisa y con fiebre, en Canet de Berenguer, donde vivo, con el rumor de la rompiente marcando el ritmo de los capítulos. Quería contar una historia sobre la culpa que se hereda, sobre las familias que callan y sobre un valle que guarda en el agua lo que sus vecinos no se atreven a decir. Creía haberla contado. Durante meses estuve convencido de que el libro estaba terminado.

No lo estaba.

Cuando un autor relee su propia novela con la distancia suficiente, le pasa lo mismo que a mi personaje, la historiadora Marian Almansa, cuando abre un legajo antiguo: empieza a ver las tachaduras, las fechas corregidas, las firmas que no coinciden. Yo las vi. Vi que un mismo hombre moría de cuatro maneras distintas en cuatro capítulos distintos. Vi que el contramaestre gallego cambiaba de nombre según la página. Vi que un muchacho se marchaba a la guerra de Bosnia con una edad que no podía tener. Vi que la llegada de Marian a la Casa del Mar ocurría dos veces, una con sol y otra bajo la lluvia, como si la novela no se hubiera puesto de acuerdo consigo misma.

Y vi algo más grave: que el lector de misterio, que lee como un detective, había sido traicionado por el propio libro. Le había planteado preguntas que nunca le respondía. Le había cambiado las reglas a mitad de camino. Le había ofrecido, al final, una explicación que no estaba sembrada en ninguna parte.

Una novela que trata de la verdad no podía permitirse mentir sobre sí misma. Esa fue la conclusión, y con ella empezó este trabajo.

No he corregido Memoria de lobos. La he reescrito. He vuelto a contarla desde el principio, capítulo a capítulo, con el manuscrito original abierto a un lado como quien consulta un mapa viejo, sabiendo que la costa sigue siendo la misma aunque las líneas estuvieran mal trazadas.

Lo primero fue construir una cronología y obligarme a respetarla. Antes de escribir una sola frase nueva fijé cada fecha, cada edad, cada nombre, cada objeto y el lugar exacto donde está. Todo lo que ocurre en esta edición ocurre una sola vez y de una sola manera.

Hay una noche original, la del 14 de octubre de 1999, a bordo de un carguero fondeado frente a Canet, y de esa noche nace todo lo demás. Hay un cofre, y está donde está. Hay una red de lana roja, tejida por una mujer en el invierno de aquel año, con un casquillo de bala atado en el centro con hilo rojo. Esa red ya estaba en la primera edición, y fue lo primero que decidí salvar: era la mejor imagen del libro y merecía un libro a su altura.

Lo segundo fue devolver el crimen al lugar que le corresponde, que es el principio. En la primera edición el lector tenía que atravesar tres preámbulos y seis capítulos de recuerdos antes de encontrar un cadáver. Ahora la novela se abre en una playa, de noche, con una mujer que recoge algo que brilla en la arena. Y en el primer capítulo, mientras Marian conduce hacia el pueblo de su infancia, la radio anuncia que el mar ha vuelto a devolver muertos en el mismo sitio.

Lo tercero fue dar a cada personaje el oficio que le corresponde. Marian es historiadora y archivera, y en la primera edición eran los demás quienes le traían las pruebas. En esta, las busca ella: en la hemeroteca, en el Registro Mercantil, en el fondo de una compañía minera cerrada en 1958, en un libro de invitados que nadie había pensado en abrir.

Su padre, el capitán Darío Almansa, sigue teniendo la voz áspera y salada que siempre me pareció lo más vivo del libro; pero ahora sus contradicciones ya no son descuidos del autor, sino de un hombre que miente por razones que el lector irá descubriendo, versión a versión, hasta llegar a la última.

Coral, su nieta, que en la primera edición apenas era una promesa, corre ahora por los algarrobos con una prueba en el bolsillo, en lo que creo que es el pasaje más trepidante que he escrito nunca.

Lo cuarto fue fijar las reglas. La Fuente de las Lágrimas tiene cuatro, y el lector las conoce desde la introducción. No cambian. No aparecen leyes nuevas en el último tercio para sacar a la historia de un callejón. Y el monstruo de Valledén, ese pulpo negro que los vecinos creen ver en las acequias, sigue ahí, en la frontera exacta entre lo que se puede explicar y lo que no.

Los crímenes, en cambio, se resuelven con pistas limpias, todas a la vista, todas a tiempo. Quien quiera adelantarse al desenlace podrá hacerlo, si mira bien. Esa es la promesa que el género le debe al lector, y esta vez he querido cumplirla.

Lo quinto fue cortar. Se han ido el viaje a Japón, la travesía por carretera hasta las rías gallegas, un mineral imposible que aparecía en las últimas páginas para explicarlo todo, y muchos centenares de metáforas marinas que, a fuerza de acumularse, ahogaban la tensión en lugar de sostenerla. He aprendido, con alguna vergüenza, que en los momentos de peligro basta una imagen por párrafo. El miedo no necesita adornos. Necesita espacio.

Hay cosas que no he tocado, porque eran verdad desde el principio.

Valledén no existe en ningún mapa, pero todo lo que lo rodea, sí. El río Palancia, al que los viejos dan otros nombres. La sierra Calderona y el morro del Garbí. Las sierras de Espadán y Calderona. La Vía Verde de Ojos Negros, que antes fue el ferrocarril que bajaba el hierro de Teruel a los Altos Hornos de Sagunto.

El Puerto de Siles, a pocos pasos de mi casa. Las minas abandonadas, los bancales de naranjos, las almazaras que ya no muelen. Y, debajo, las capas de historia que este valle acumula como un pozo acumula sus estratos: los moriscos que se fueron en 1609 sin poder llevarse sus nombres, los maquis que se escondieron en las galerías después de la guerra, los barcos que en la década de los noventa fondearon frente a nuestra costa con cargas que nadie quería ver.

Siempre he creído que la novela histórica no es la que se ambienta en el pasado, sino la que entiende que el pasado sigue goteando en el presente. Esta es, a su manera, una novela histórica escrita en clave de misterio.

Tampoco he tocado a Bruce, el labrador viejo de hocico gris que se tumba a los pies del capitán. Siempre fue, para mí, el personaje más fiel de la novela. En esta segunda edición tiene una noche que no tenía, y que no voy a contar aquí.

Quiero dar las gracias a quienes leyeron la primera versión y la acompañaron hasta aquí. Una novela no termina cuando se imprime: termina cuando el autor es capaz de escuchar lo que el libro le pedía y no supo darle. Este libro me pedía orden, verdad y valentía para tirar lo que sobraba. He intentado dárselo.

Al lector que ya conoce la primera edición le pido que entre en esta como se entra en una casa conocida después de una reforma: reconocerá las paredes, la luz de la buhardilla, el olor a azahar y a salitre, pero encontrará puertas que antes estaban tapiadas y alguna escalera que baja a donde no imaginaba. Al lector que llega por primera vez solo le pido una cosa: que lea con atención, porque todo lo que necesita saber está en estas páginas desde el principio.

La abuela del capitán Almansa decía que tenemos memoria de lobos: que siempre volvemos al agua donde bebimos. Yo he vuelto. Lo que encontré esta vez, querido lector, lo tienes en tus manos.


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