Hay una fotografía que la Historia casi nunca hace. Es la de los que llegaron segundos. De los que llegaron tarde. De quienes se quedaron a mitad del camino. De aquellos que levantaron la mano cuando todos permanecían sentados y descubrieron después que nadie iba a escucharles. De los que escribieron libros que apenas fueron leídos, fundaron empresas que terminaron cerrando, defendieron causas derrotadas, amaron a personas que acabaron marchándose, emprendieron viajes que nunca alcanzaron su destino o dedicaron media vida a perseguir un sueño que siempre permaneció unos metros por delante.
La Historia fotografía a los vencedores. Yo quiero mirar hacia el otro lado. Hacia los hombres y las mujeres que aparecen desenfocados al fondo de la imagen. Hacia los perdedores.
Pero no hacia quienes permanecieron inmóviles esperando que la vida pasara por delante de su puerta. No hacia quienes eligieron la seguridad absoluta de no arriesgar jamás nada. Quiero hablar de otros perdedores. De aquellos que alguna vez sintieron miedo y, pese a todo, dieron un paso hacia delante. Los que salieron de Ítaca. Los que subieron al barco. Los que alguna vez dijeron: Lo voy a hacer.
Porque quizá esas tres palabras contengan una de las formas más puras del coraje humano.
Salir de Ítaca
Hay un instante en toda existencia en el que todavía creemos que el mundo está esperando nuestra llegada. Somos jóvenes entonces, aunque tengamos sesenta años. La juventud verdadera quizá no tenga demasiado que ver con la edad. Tal vez comience cada vez que alguien decide cambiar su vida.
Voy a escribir una novela. Voy a enamorarme otra vez. Voy a crear algo. Voy a empezar de nuevo. Voy a defender aquello en lo que creo. Voy a abandonar este lugar. Voy a estudiar. Voy a buscarme. Voy a intentar comprender quién soy. Voy a encontrar a Dios. Voy a ser libre…
Y entonces soltamos amarras. Todavía no conocemos el océano. Creemos que el talento bastará. Que el esfuerzo tendrá recompensa. Que las buenas personas recibirán finalmente algo bueno. Que el amor verdadero necesariamente será correspondido. Que trabajar más que los demás nos llevará más lejos. Que la justicia terminará imponiéndose. Que quien persevera siempre alcanza su objetivo.
Hasta que llega el mar. Y el mar no ha firmado ningún contrato con nosotros.
La vida no nos debe la victoria
Esta es una de las verdades más incómodas que he aprendido. Puedes hacerlo todo bien y perder. Puedes trabajar durante años y fracasar. Puedes amar profundamente y no ser amado. Puedes tener talento y permanecer desconocido. Puedes luchar por algo justo y contemplar cómo vence aquello que considerabas injusto. Puedes cuidar una relación y verla desaparecer. Puedes dedicar media vida a construir algo y asistir después a su derrumbe. Puedes levantarte cien veces y descubrir que tampoco la número ciento una conduce necesariamente a la victoria…
Nos han repetido demasiadas veces que querer es poder. No siempre. A veces queremos con toda nuestra alma. Y no podemos.
Hay circunstancias que no controlamos. El tiempo. El azar. La enfermedad. El nacimiento. La muerte. Los otros. La Historia. El lugar en el que nacimos. Una llamada que llegó demasiado tarde. Una puerta que se cerró unos segundos antes. Una guerra. Una crisis. Una decisión equivocada. El simple capricho de esos dioses antiguos que los griegos conocían tan bien y que nosotros, creyéndonos más racionales, hemos rebautizado como casualidad.
Pero que la victoria no esté garantizada no convierte en inútil el viaje. Quizá sea exactamente al contrario.
Los que nunca tuvieron un Homero
Pienso muchas veces en ellos. En los millones de hombres y mujeres que atravesaron la Historia sin que nadie escribiera sus nombres.
El soldado que regresó derrotado de una guerra que ni siquiera comprendía. La mujer que esperó durante años a alguien que nunca volvió. El campesino que perdió su tierra. El emigrante que abandonó su casa convencido de que al otro lado del mar comenzaría una vida diferente. El trabajador que entregó cuarenta años a una empresa que un día dejó de existir. La mujer que quiso ser bailarina. El muchacho que soñó con ser futbolista. El músico que tocó durante treinta años sin llenar jamás un teatro. El científico que persiguió una hipótesis equivocada. El pequeño empresario que bajó la persiana por última vez. El escritor que murió sin saber que quizá algún día alguien encontraría sus palabras. La madre que hizo cuanto pudo y siguió preguntándose si había sido suficiente. El hombre que intentó salvar su matrimonio. La mujer que tuvo que empezar de nuevo cuando ya creía haber construido su vida. El idealista que vio cómo se derrumbaban las ideas a las que había entregado su juventud. El buscador espiritual que meditó durante décadas y nunca encontró aquella iluminación que le habían prometido…
Los nadie. Los invisibles. Los que no conquistaron Troya. Ningún Homero escribió su Odisea. Y, sin embargo, también ellos conocieron cíclopes. También escucharon sirenas. También atravesaron tempestades. También naufragaron. También descendieron alguna vez al Hades…
El Hades está dentro de nosotros
Porque llega un momento en que la derrota deja de suceder fuera. Entra. Entonces comenzamos a preguntarnos qué hicimos mal. Miramos otras vidas. Nos comparamos. Recordamos las decisiones que no tomamos, las personas que dejamos marchar, las palabras que nunca pronunciamos.
Y descendemos. Todos tenemos nuestro Hades. Allí viven nuestros muertos, pero también algo quizá todavía más inquietante: las personas que nosotros mismos pudimos haber sido.
El músico que no fuimos. La mujer o el hombre al que no nos atrevimos a amar. El viaje que aplazamos. El hijo al que quizá no comprendimos. La llamada que no hicimos. La vocación que abandonamos. El libro que nunca escribimos. La vida que imaginamos y que, por alguna razón, tomó otro camino…
Por eso, cuando Odiseo desciende al mundo de los muertos, puedo reconocer algo profundamente humano en aquel viaje. Todos descendemos alguna vez. Y nadie regresa exactamente igual.
Siempre aparece Caronte
Hay también un barquero esperando. No importa cómo lo llamemos. Toda vida termina exigiendo un precio.
Unos pagan con años. Otros con dinero. Otros con soledad. Algunos con su prestigio. Otros con el cuerpo. Hay quien paga con un amor. Hay quien entrega una vocación para cuidar a su familia. Hay quien renuncia a una oportunidad porque aceptarla significaría abandonar a alguien. Y existen personas que realizan algo todavía más extraño: deciden perder.
Pudiendo destruir, no destruyen. Pudiendo vengarse, perdonan. Pudiendo humillar, callan. Pudiendo imponerse, se retiran. Pudiendo ganar mediante la mentira, aceptan perder diciendo la verdad. Pudiendo conservar el poder, prefieren conservar la dignidad…
Esos perdedores me conmueven especialmente. Porque hay derrotas que contienen una victoria invisible. A veces perder es el último territorio en el que un ser humano puede seguir siendo quien es.
También existen vencedores derrotados
Y después están los otros. Los que ganaron. Consiguieron el dinero. El reconocimiento. El cargo. La fama.La casa. El premio. El poder. La persona deseada…
Llegaron exactamente al lugar al que querían llegar y, cuando estuvieron allí, descubrieron algo terrible: Ítaca tampoco estaba allí.
Porque también se puede fracasar triunfando. Se puede conquistar el mundo y perderse uno mismo. Se puede conseguir aquello que deseábamos y descubrir demasiado tarde que no era aquello lo que necesitábamos. Tal vez algunos de los mayores perdedores de la Historia hayan aparecido siempre fotografiados como vencedores.
Y todavía tienen brillo en los ojos
Pero existe una imagen que no consigo quitarme de la cabeza. Un hombre. Una mujer. No importa. Alguien que ya ha vivido lo suficiente. Está sentado frente al mar. Quizá sea el Mediterráneo. Ha perdido personas. Ha perdido oportunidades. Se ha equivocado. Ha amado. Ha sido amado…
Alguna vez le rompieron el corazón y seguramente él rompió también, sin querer, el corazón de alguien.
Ha construido cosas que desaparecieron. Ha tenido sueños que no llegaron a cumplirse. Otros sí. Ha visto morir a personas que creyó eternas. Ha descubierto que el tiempo era mucho más rápido de lo que le habían contado. Sabe ya que no controlamos casi nada.
Mira el horizonte. Tiene la mirada perdida. Pero ocurre algo. Si nos acercamos suficientemente, todavía podemos verlo. Hay brillo en sus ojos. Todavía. Aún.
Y esa palabra me parece extraordinaria. Porque significa: después de todo. Después de las derrotas. Después de las ausencias.Después de los errores. Después de Troya. Después de las tempestades. Después del Hades. Después de haber pagado al barquero…
Aún. Todavía quiere amar. Todavía quiere escribir. Todavía quiere viajar. Todavía quiere comprender. Todavía puede emocionarse. Todavía imagina. Todavía sueña. Quizá incluso esté dispuesto a subir otra vez al barco…
Y entonces comprendo que posiblemente hemos utilizado durante demasiado tiempo una definición equivocada del fracaso. El verdadero contrario del vencedor quizá no sea el perdedor. Quizá el verdadero fracaso sea llegar al final sin haber participado jamás en nuestra propia existencia.
No quiero glorificar la derrota. Perder duele. Fracasar duele. Ver desaparecer aquello por lo que hemos luchado puede romper a un ser humano.
Quiero hablar precisamente de quienes conocieron ese dolor y, de alguna manera, siguieron caminando. De los que no llegaron. De los que llegaron tarde. De quienes tuvieron que regresar. De los que comenzaron otra vez. De aquellos que perdieron conscientemente para no traicionarse. De quienes nunca aparecerán en los libros de Historia. De todos nosotros…
Porque probablemente casi todos somos perdedores de algo. Y quizá sea precisamente eso lo que nos hace profundamente humanos.
Hace algún tiempo comenzó a rondarme una pregunta: ¿Qué valor tiene una vida cuando aquello por lo que luchamos nunca llega a suceder?
Todavía no conozco completamente la respuesta. Por eso necesito escribirla. Hoy puedo anunciar que esa pregunta acaba de convertirse en mi próximo proyecto literario. Un libro que ahora comienza su viaje. Un libro sobre hombres y mujeres que se atrevieron a abandonar su particular Ítaca.
Sobre quienes lucharon, amaron, soñaron, crearon, buscaron, cayeron y volvieron a levantarse. Sobre los derrotados de las guerras y de las pequeñas batallas cotidianas. Sobre los amores imposibles. Las revoluciones perdidas. Las vocaciones truncadas. Las reinvenciones que no funcionaron. Los sueños que quedaron a medio camino. Las derrotas elegidas por dignidad. Los héroes anónimos. Los nadie. Los que pagaron al barquero. Los que regresaron sin gloria. Los que todavía volverían a intentarlo.
Mi nuevo libro está en ciernes. Y llevará, provisionalmente, un título que contiene todo aquello que quiero buscar en sus páginas: LA MIRADA DE LOS INVISIBLES. Los perdedores que aún tienen brillo en los ojos
Será un viaje por la Historia, el mito, la conciencia, la memoria y la condición humana. Pero, sobre todo, será mi homenaje a quienes un día pronunciaron tres palabras extraordinariamente sencillas: «Lo voy a hacer».
Y lo hicieron. Quizá no llegaron. Quizá perdieron. Pero tuvieron algo que perder porque alguna vez se atrevieron a vivir. Y si después de todo cuanto encontraron en el camino todavía conservan brillo en los ojos, quizá debamos preguntarnos quiénes fueron realmente los perdedores.





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