Hay libros que uno termina y abandona, y hay otros que, aun después de publicados, continúan hablando con su autor. «La Calderona y el Rey – La Leyenda» pertenece para mí a estos últimos. Desde que apareció su primera edición tuve la sensación de que María Calderón no había terminado de contarme su historia. Permanecía en algún lugar entre las páginas escritas y las que todavía no existían, entre la mujer que alcanzamos a conocer a través de los testimonios históricos y aquella otra que la tradición fue construyendo durante siglos. Volver a esta novela no ha significado, por tanto, corregir un libro antiguo. Ha significado regresar a una mujer a la que creía conocer y descubrir que apenas había comenzado a comprenderla.

Esta segunda edición revisada y ampliada nace precisamente de ese regreso. Con el paso del tiempo cambian los escritores, pero también cambian los libros que escribieron. Las palabras permanecen impresas, aunque quien vuelve a leerlas ya no sea exactamente la misma persona que las escribió. Al reencontrarme con La Calderona y el Rey descubrí escenas que todavía conservaban toda su fuerza, personajes que pedían mayor profundidad, acontecimientos que necesitaban respirar con más espacio y determinados territorios de la historia que reclamaban una mirada mucho más rigurosa. Encontré también simplificaciones, precipitaciones y certezas donde la propia figura de María Calderón exigía incertidumbre. Comprendí entonces que no quería limitarme a corregir la primera edición. Quería regresar a su origen y escribir, desde la experiencia acumulada, la novela que aquella primera versión contenía en potencia.

Porque María Calderón continúa siendo un enigma. La Historia nos ofrece datos, nombres, fechas y relaciones; la tradición añade episodios cuya certeza se vuelve mucho más difícil de establecer. Sabemos de la actriz. Sabemos de su relación con Felipe IV. Sabemos que fue madre de Juan José de Austria, uno de los hijos naturales reconocidos del monarca y una figura de enorme relevancia en la España del siglo XVII. A partir de ahí, la mujer histórica comienza a confundirse con las muchas mujeres que los siglos fueron imaginando. María Calderón se convierte en la Calderona, y con ese cambio aparentemente pequeño comienza otra historia: la del personaje que abandona los documentos y entra en la memoria popular.

Ese territorio fronterizo entre Historia y leyenda ha sido siempre el verdadero espacio de esta novela. Nunca pretendí escribir una biografía académica de María Calderón ni presentar como documentalmente cierto aquello que pertenece a la tradición. Tampoco he querido destruir la leyenda sometiéndola a una explicación racional que termine por despojarla de aquello que la ha mantenido viva. Entre ambas posibilidades existe un territorio fértil para la ficción histórica. Allí donde existen documentos, esta segunda edición ha procurado respetarlos. Allí donde existen probabilidades razonables, las ha tratado como tales. Allí donde aparecen contradicciones, las ha conservado cuando resultaban significativas. Y allí donde la Historia deja de hablar, he permitido que comience la novela.

Esta distinción ha resultado especialmente importante en todo cuanto relaciona a María con las montañas valencianas que acabarían siendo conocidas como la Sierra Calderona. La tradición ha establecido vínculos entre su sobrenombre y aquel territorio, pero convertir esa relación en una certeza histórica sería traicionar precisamente aquello que hace fascinante la leyenda. Los nombres geográficos no nacen necesariamente en un instante que pueda señalarse sobre un calendario. A menudo comienzan mucho antes de llegar a los mapas: en una conversación, en la denominación de un camino, en una historia repetida alrededor de una mesa, en las palabras de pastores, viajeros, campesinos y arrieros. Una generación recibe un relato de la anterior, modifica un detalle y lo transmite. Con el paso de los años resulta cada vez más difícil distinguir dónde terminó el acontecimiento y dónde comenzó su transformación.

Ahí vive la Calderona que me interesa. No únicamente en la amante de Felipe IV. No solamente en la actriz admirada en los corrales de comedias. Tampoco exclusivamente en la madre de Juan José de Austria ni en la mujer que la tradición relacionó con conventos, huidas, montañas y bandoleros. Me interesa la mujer situada debajo de todos esos nombres. La mujer a la que otros intentaron definir durante toda su existencia. Actriz. Favorita. Amante. Madre. Pecadora. Escándalo. Desterrada. Prófuga. Bandolera. Penitente. Leyenda. Cada palabra contiene una parte de ella y, al mismo tiempo, ninguna consigue contenerla por completo.

Por eso esta segunda edición ha terminado convirtiéndose en una novela sobre algo más profundo que la relación entre una actriz y un rey. Es una novela sobre quién posee la historia de una mujer. En el mundo que María Calderón conoció, casi todos parecían tener algún derecho sobre ella. El público podía juzgar a la actriz. La Corte podía juzgar a la amante. La moral de su tiempo podía juzgar a la mujer. La razón de Estado podía decidir sobre la madre. Los cronistas podían reducir una vida a unas pocas líneas. La posteridad podía transformar a la persona en personaje. Incluso la leyenda, al rescatarla del olvido, podía terminar inventando otra prisión para ella.

Frente a María se encuentra Felipe IV, y también él ha cambiado profundamente en esta nueva versión. Me interesaba alejarme tanto del rey romántico como del monarca convertido simplemente en símbolo de poder. Felipe fue un hombre extraordinariamente condicionado por aquello que representaba. Nació para ocupar un lugar del que prácticamente no podía escapar. Podía gobernar territorios inmensos y, sin embargo, existían decisiones íntimas que no podía tomar sin convertirlas inmediatamente en asuntos políticos. Esa contradicción constituye uno de los grandes motores de la novela. Felipe puede amar a María y hacerle daño. Puede intentar protegerla y, al mismo tiempo, decidir por ella. Puede desear ser simplemente un hombre cuando está a su lado y descubrir que un rey raramente dispone del privilegio de ser solamente un hombre.

Por eso tampoco he querido resolver definitivamente la naturaleza de su amor. Las grandes relaciones humanas suelen resistirse a las respuestas sencillas. Felipe desea a María, la admira, la necesita y probablemente la ama; pero también pertenece a una estructura de poder que termina imponiendo límites a ese amor. María, por su parte, desea ser libre y se enamora del hombre que representa la máxima autoridad de su mundo. Esa contradicción me parece mucho más interesante que cualquier historia convencional de amor imposible. Ambos se aman desde lugares profundamente desiguales y tardan demasiado en comprender el precio de esa desigualdad.

Entre ellos aparece Juan José de Austria. Su nacimiento transforma inevitablemente la naturaleza de la historia. Hasta entonces María y Felipe pueden engañarse pensando que su relación pertenece a la intimidad; desde el momento en que existe un hijo, el amor entra definitivamente en el territorio de la dinastía, la reputación, la educación, la legitimidad y el poder. María descubre entonces una de las experiencias más dolorosas de su vida: puede haber sido elegida por el Rey, pero eso no significa que pueda decidir libremente sobre el hijo que ha tenido con él. La maternidad interrumpida se convierte así en una de las grandes heridas de esta segunda edición, y el posterior encuentro entre María y Juan plantea una pregunta para la que no existe una respuesta sencilla: ¿es posible recuperar una relación que el poder impidió construir cuando debía haber comenzado?

También he querido devolver a Valencia el espacio que le corresponde. Madrid representa el lugar donde María conquista la mirada de los demás; Valencia, el territorio al que regresan sus recuerdos. La huerta, las acequias, los caminos, la humedad mediterránea, las murallas, la piedra, los montes de Serra y Nàquera y el entorno de Porta Coeli no funcionan aquí como decorado. Forman parte de su identidad. María sale de una tierra concreta y pasa buena parte de su existencia intentando escapar de lo que cree que aquella tierra significa: pobreza, anonimato, limitación. Solo mucho después descubre que regresar no significa necesariamente retroceder.

Las montañas ocupan, por ello, un lugar especial. He intentado evitar convertirlas en un escenario romántico de libertad. La montaña del siglo XVII podía ser hermosa, pero también peligrosa, áspera y difícil. En ella había caminos comerciales, fugitivos, pastores, carboneros, campesinos, salteadores y hombres perseguidos por la justicia. Allí tampoco existía una sociedad ideal. Había hambre, miedo, violencia, lealtades y traiciones. Precisamente por eso el paso de María por ese territorio adquiere importancia. Después de conocer la Corte, descubre que fuera de ella también existen jerarquías y crueldad. La diferencia es que, entre aquellos barrancos y caminos, comienza a comprender algo que hasta entonces apenas había podido ejercer: la posibilidad de elegir aun cuando ninguna elección sea perfecta.

El teatro, por su parte, permanece como una presencia que atraviesa toda la novela. María fue actriz, pero pronto comprendí que esa condición no podía desaparecer cuando abandonaba los escenarios. El teatro constituye una de las claves para comprenderla. María sabe interpretar y conoce el poder de una mirada. Ha aprendido a modificar un gesto dependiendo de quién la observa, a esconder el miedo, a convertir una emoción en espectáculo. Después entra en la Corte y descubre que allí todos representan. Los cortesanos interpretan fidelidades; los enemigos, cortesías; los amantes, indiferencia; los ministros, seguridad; y Felipe interpreta cada día el papel más exigente de todos: el de Rey. La paradoja es inevitable. La única actriz profesional de la historia termina viviendo rodeada de personas que representan, aunque no admitan encontrarse sobre un escenario.

Esta nueva edición profundiza asimismo en personajes que necesitaban mayor espacio. Gaspar de Borja y Velasco deja de funcionar como un enemigo convencional para representar una determinada concepción del orden, la autoridad, la religión y la razón de Estado. Leonor adquiere sus propias contradicciones y heridas. Fray Esteban no posee respuestas preparadas para las preguntas de María, porque también él lleva consigo una historia que necesita comprender. Los marginados de la sierra dejan de constituir una comunidad romántica de hombres libres y recuperan toda su complejidad humana. Nadie existe únicamente para facilitar el viaje de la protagonista.

He revisado la cronología, los acontecimientos históricos, los espacios y numerosas circunstancias que en una novela ambientada en el siglo XVII necesitan ser tratadas con mayor precisión. Algunas escenas han cambiado profundamente; otras han desaparecido; varias han nacido para esta edición. Determinados acontecimientos que la primera versión presentaba con demasiada seguridad han recuperado ahora la condición de posibilidad o leyenda que les corresponde. No considero que estas modificaciones alejen la novela de su espíritu original. Creo exactamente lo contrario: la acercan a él.

Pero la transformación más importante se encuentra en María. La muchacha que comienza esta historia necesita ser mirada. No debemos juzgarla por ello. Procede de un mundo donde ser vista puede significar escapar de la pobreza, adquirir una identidad y descubrir un poder que hasta entonces le había sido negado. El escenario le ofrece esa posibilidad. Después aparece Felipe y la mirada del público queda concentrada en la del hombre más poderoso del reino. María cree durante un tiempo que ser elegida por él significa haber vencido. Poco a poco descubre que ser elegida y poder elegir son cosas muy diferentes. Ese descubrimiento constituye el verdadero viaje de La Calderona y el Rey.

María comienza creyendo que existir significa ser mirada. Después cree que significa ser amada. Más tarde necesita ser recordada. Solo al final comprende que ninguna de esas cosas puede sustituir a la más difícil: pertenecerse. No llega a esa conclusión mediante un discurso ni gracias a una súbita iluminación. La aprende perdiendo. Pierde escenarios, posición, seguridad, proximidad a su hijo, al hombre que ama y, durante determinados momentos, incluso el derecho a decidir hacia dónde puede dirigirse. El mundo exterior va estrechándose mientras algo dentro de ella comienza, paradójicamente, a ensancharse. La actriz que necesitaba un público termina encontrándose frente a unas montañas a las que resulta indiferente quién fue en Madrid. Tal vez ahí se encuentre la razón última por la que quise volver a escribir esta novela.

Con los años he comprendido que las leyendas no son necesariamente enemigas de la Historia. A veces revelan una necesidad humana que los documentos no pueden explicar. No sabemos con certeza hasta dónde llegó la verdadera María Calderón en aquellas montañas ni cuánto añadió después la imaginación popular. Pero me parece profundamente significativo que durante generaciones pudiera construirse la imagen de una mujer que, después de haber conocido el amor de un rey, la maternidad arrebatada, la vigilancia del poder y el encierro, terminara siendo asociada a un territorio abierto, áspero y difícil de dominar. Quizá la Historia le reservó el retiro. La imaginación popular prefirió devolverle los caminos. Entre ambas posibilidades vive esta novela.

Esta segunda edición no pretende resolver el misterio de María Calderón. Aspira exactamente a lo contrario: devolverle toda su complejidad. He intentado acercarme a ella sin convertirla en una heroína contemporánea disfrazada con ropas del siglo XVII, sin absolverla de sus errores y sin condenarla por las reglas de su tiempo. María puede ser orgullosa, ambiciosa, sensual, contradictoria, valiente, vanidosa, generosa, imprudente, inteligente y vulnerable. Puede equivocarse. Puede desear aquello que después la hiere. Puede amar a Felipe y reprocharle lo que hizo. Puede perdonarlo sin absolverlo. Puede querer recuperar a su hijo y comprender que los años perdidos no regresan porque dos personas compartan la misma sangre. Eso, para mí, la hace mucho más humana.

Quien abra ahora «La Calderona y el Rey – La Leyenda» encontrará, por tanto, la misma historia esencial y otra novela. Permanecen el teatro, Felipe IV, María, Juan José, Madrid, Valencia, el amor, la persecución, las montañas y la leyenda. Pero he querido escuchar más atentamente lo que había debajo de todos ellos. He eliminado certezas que no merecían serlo, ampliado silencios que escondían una historia, reconstruido personajes y permitido que el tiempo, el territorio y las consecuencias pesen sobre cada decisión.

No quisiera decir al lector qué debe pensar cuando cierre este libro. Mucho menos decirle quién fue realmente María Calderón. Si al terminar la novela conserva algunas dudas, me parecerá una buena señal. Si llega a preguntarse cuánto pertenece a la Historia, cuánto a la tradición y cuánto pudo ocurrir de otra manera, significará que ha entrado en el mismo territorio en el que yo he trabajado durante esta segunda edición.

Solo quisiera pedirle una cosa antes de comenzar. Que durante unas páginas olvide a la leyenda. Que olvide por un momento a «la amante de Felipe IV», a «la Calderona», a la supuesta bandolera, a la mujer cuyo sobrenombre terminó confundido con unas montañas. Que imagine primero a una muchacha valenciana frente a un espejo, preparándose para salir a escena, todavía ignorante de que entre quienes van a contemplarla se encuentra un hombre cuya mirada cambiará su existencia. Ella todavía no sabe que amará a un rey, que tendrá un hijo suyo, que conocerá la Corte desde dentro, que será admirada y juzgada, que perderá casi todo aquello que un día creyó imprescindible y que, muchos años después, otras personas discutirán incluso dónde termina su historia y dónde comienza su leyenda.

Ella todavía no es la Calderona. Es María. Y quizá esta segunda edición exista, por encima de cualquier otra razón, para devolverle durante unas páginas ese nombre.


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