Hay libros que no se escriben una sola vez. Hay historias que regresan porque todavía tienen algo urgente que decirnos. La segunda edición de «Cartas a Libertad. Enrique Pérez Badía: memorias de un alcalde republicano durante la Guerra Civil Española» avanza con paso firme, en un proceso de revisión, ampliación y nueva redacción que está llevando la novela hacia una dimensión todavía más humana, más intensa y más profundamente literaria.
No se trata únicamente de corregir páginas. Se trata de volver a mirar a los ojos a una generación marcada por la dignidad, el miedo, la memoria y el silencio. De escuchar otra vez la voz de Enrique y de todos aquellos hombres y mujeres anónimos que vivieron el derrumbe de un país desde la esperanza, la tragedia y la resistencia moral.
Como prueba de esa buena marcha, comparto en mi blog enriquebonalba.com la nueva introducción oficial de esta segunda edición. Un texto completamente reescrito, más maduro, más descarnado y más íntimo, que abrirá las puertas a una obra todavía más ambiciosa y emotiva.
Gracias a todos los lectores que seguís acompañando este viaje de memoria histórica, dignidad, literatura y verdad. Porque mientras alguien recuerde, ninguna historia desaparece del todo.

Introducción a la 2ª Edición de «Cartas a Libertad»: Enrique Pérez Badía, memorias de un alcalde republicano durante la Guerra Civil Española
Me llamo Enrique Pérez Badía, y si estas palabras han llegado hasta tus manos es porque, de algún modo que escapa a la voluntad de los hombres y al polvo que todo lo sepulta, todavía permanezco vivo en aquello que no puede ser borrado ni aniquilado: la memoria del amor, la dignidad del hombre libre y la íntima llama de la conciencia cuando se niega a inclinarse ante la oscuridad del odio.
No escribo estas líneas para justificar mi vida ni para reclamar absolución alguna ante la historia. Tampoco para pedir compasión por mi suerte, porque hubo miles como yo —campesinos, obreros, maestros, poetas silenciosos, hombres sencillos arrancados de sus hogares— que conocieron idéntico destino y ofrecieron su aliento a una causa que juzgaron más grande que sí mismos.
Escribo porque hubo un tiempo en que España ardió por dentro, y en aquel incendio de pólvora, sangre y ceniza, también ardió el corazón desnudo del ser humano. Allí, entre la grandeza y la miseria de nuestra condición, descubrí quién era yo. Y ésta es mi vida.
Antes de la guerra fui un hombre sencillo. Amé la tierra húmeda entre mis manos. Amé el rumor limpio del viento sobre los campos de la huerta valenciana. Amé el sudor honrado del trabajo, la hermandad franca entre hombres de palabra, la belleza humilde de las cosas pequeñas.
Amé la velocidad pura de una bicicleta lanzada cuesta abajo, donde durante unos instantes el mundo entero desaparecía y sólo existían el aire, la luz y aquella embriaguez de libertad que hace creer al hombre que ha nacido para algo más alto que sobrevivir. Y amé, por encima de todo, con esa intensidad que sólo conocen quienes han puesto el alma entera en otra alma.
Pero entonces llegó la guerra. No vino como una trompeta gloriosa ni como una bandera desplegada al viento. Llegó como llegan las tormentas negras: silenciosa primero, espesa después, inevitable al final. Entró por las casas, por las plazas, por los campos, por las escuelas, por las iglesias y los sindicatos; se sentó a la mesa de cada familia; sembró sospecha en la amistad, miedo en la mirada y odio en labios que antes compartían pan y vino.
Lo que hasta entonces había sido vecindad se convirtió en trinchera. Lo que era conversación se volvió consigna. Lo que era discrepancia se transformó en condena.
Y, sin embargo, incluso en medio de aquella locura, comprendí una verdad que ya nunca me abandonó: ninguna guerra empieza en los campos de batalla. Toda guerra nace en el corazón del hombre, cuando deja que el odio ocupe el lugar del amor.
Vi el coraje más luminoso y la vileza más miserable.
Vi hombres analfabetos convertirse en gigantes.
Vi cobardes envueltos en uniformes de falsa grandeza.
Vi madres despedir hijos sabiendo que no volverían.
Vi camaradas compartir el último trozo de pan como si repartieran un sacramento.
Vi la muerte caminar tan cerca que uno terminaba por acostumbrarse a su respiración helada sobre la nuca.
Y en aquel escenario brutal comprendí que la verdadera condición humana no se revela en la abundancia, sino cuando todo ha sido arrebatado… y sólo queda elegir quién eres y que hacer.
Yo elegí no odiar. Y fue la elección más difícil de mi vida.
Porque odiar era sencillo. El odio nace rápido, calienta la sangre y da al herido la ilusión de la fuerza. Pero el odio, al final, devora primero a quien lo alimenta. El amor, en cambio —el verdadero amor— exige una valentía que pocos alcanzan: amar la justicia sin abrazar la venganza; defender la dignidad sin perder la humanidad; mirar a los ojos del horror y negarse a convertirse en su reflejo.
Ese fue mi combate. No el de los fusiles. No el de las consignas. No el de las banderas que el viento eleva hoy para arrojar mañana al barro. Mi verdadera guerra fue conservar intacta el alma cuando todo alrededor conspiraba para corromperla.
Viví tres años suspendido entre la esperanza y el abismo. Tres años en los que cada amanecer podía ser el último, y precisamente por ello cada amanecer se volvía sagrado.
Aprendí que la libertad no consiste únicamente en romper cadenas visibles, sino en impedir que el odio encadene el espíritu.
Aprendí que la dignidad humana puede ser golpeada, humillada, encarcelada o incluso asesinada, pero jamás derrotada mientras permanezca fiel a sí misma.
Aprendí que el amor —amor a la tierra, a la verdad, a la justicia, a los hijos, a la mujer, a los hermanos, a la humanidad… a la belleza sencilla de vivir— es la única fuerza capaz de sobrevivir a la barbarie.
Y cuando la derrota cayó sobre nosotros como una noche sin estrellas, cuando el estruendo de las armas dejó paso al silencio espeso de las cárceles, de las ausencias y de las sentencias ya escritas, aún entonces supe que mi vida no había sido en vano.
Porque morir no es desaparecer. Desaparece quien nunca amó, quien nunca entregó nada de sí, quien pasó por el mundo como sombra sin huella. Pero aquel que ha vivido con conciencia, aquel que ha amado hasta el extremo, aquel que sostuvo la verdad aun cuando hacerlo le costaba la vida… ese hombre o mujer permanece.
Lo hace en la tierra que trabajó, en la memoria que inspira, en la palabra que sobrevive, en la invisible semilla de dignidad que deja sembrada en otros corazones.
Esta es, pues, la entraña de cuanto aquí vas a leer: no la historia de una guerra, sino la historia de un hombre que en medio de la guerra descubrió que el alma humana sólo tiene dos caminos —el odio o el amor— y que incluso ante la muerte sigue siendo libre… quien elige amar. Si algo merece ser salvado de mi paso por este mundo —de mi memoria— que sea eso. Nada más.






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