Escribo porque no sé hacer otra cosa con el incendio.

Podría decir que escribir es un oficio, una disciplina, una técnica que se pule con los años y con la paciencia de quien lima una piedra hasta convertirla en filo. Podría incluso hablar de talento, de ese don que algunos exhiben como si fuera una medalla heredada. Pero no sería del todo honesto. Porque en el fondo —y esto lo sé cada vez con más claridad— escribir no es talento. Es una forma de supervivencia.

Hay algo en mí, en nosotros, que no acepta el silencio como destino. Algo que no se resigna a que la vida pase sin ser nombrada. Y entonces aparece la escritura como una grieta, como una rendija por la que escapa lo que no cabe en la conversación cotidiana, lo que no encuentra lugar en los gestos ni en las miradas. Escribir es, en ese sentido, una rebelión íntima contra la desaparición.

No escribo porque sepa hacerlo mejor que otros. Escribo porque no puedo evitarlo. Porque hay días en los que las palabras se me acumulan en el pecho como una presión insoportable, como si el alma pidiera aire. Y cuando finalmente escribo, no siento orgullo. Siento alivio. Como quien por fin abre una ventana en una habitación cerrada durante años.

El verdadero escritor no es el que domina el lenguaje, sino el que está dominado por él.

Vivimos en una época que idolatra la técnica. Cursos, fórmulas, estructuras narrativas, algoritmos de éxito. Todo parece indicar que escribir es una habilidad más, una competencia que puede aprenderse, optimizarse y monetizarse. Y en parte es cierto. La técnica existe. El oficio importa. Pero hay algo anterior a todo eso, algo que no puede enseñarse en ningún taller.

La pulsión.

Esa fuerza invisible que te empuja a sentarte frente a una página en blanco cuando todo lo demás te reclama. Esa insistencia casi irracional que te obliga a volver una y otra vez sobre una idea, una imagen, una herida. Es la misma fuerza que hacía escribir a los antiguos en cuevas, a los místicos en sus visiones, a los poetas en la madrugada. No es nueva. Es ancestral.

Escribir no nace del orden. Nace del caos.

Del caos emocional, del desorden interior, de esa mezcla confusa de recuerdos, intuiciones y preguntas sin respuesta. Y el acto de escribir no es otra cosa que intentar darle forma a ese caos. No para domesticarlo, sino para comprenderlo. Para mirarlo de frente sin que nos devore.

En ese proceso ocurre algo extraordinario: lo que antes era confuso se vuelve nítido. Lo que dolía sin nombre adquiere contorno. Lo que parecía inabarcable se convierte en relato. Y en ese gesto —aparentemente sencillo— hay una forma de alquimia.

Transformar el dolor en lenguaje es, quizás, una de las pocas magias reales que nos quedan.

Pero no nos engañemos. Escribir no siempre es bello. No siempre es luminoso. Hay una parte oscura en este oficio, una zona que pocos mencionan porque no resulta atractiva. Es la soledad. La duda constante. La sensación de no estar nunca a la altura de lo que uno quiere decir.

El escritor vive en una tensión permanente entre lo que siente y lo que logra expresar. Y casi siempre pierde. Porque el lenguaje, por poderoso que sea, nunca alcanza del todo. Siempre queda algo fuera, algo que se resiste, algo que no se deja atrapar.

Y sin embargo, seguimos escribiendo.

¿Por qué?

Porque no hacerlo sería peor.

Porque callar lo que llevamos dentro tiene un precio demasiado alto. Porque lo no dicho se pudre, se enquista, se convierte en ruido de fondo que termina contaminándolo todo. Escribir, en cambio, limpia. Ordena. Libera.

No escribimos para gustar. Escribimos para no desaparecer.

En un mundo saturado de opiniones, de contenidos fugaces, de palabras vacías que se consumen y se olvidan en cuestión de segundos, la escritura auténtica se ha convertido en un acto casi subversivo. Detenerse. Pensar. Sentir. Nombrar con precisión. Todo eso va en contra de la velocidad dominante.

Y quizá por eso es más necesario que nunca.

Porque escribir bien no es escribir bonito. Es escribir verdadero.

Y la verdad, cuando aparece, tiene una fuerza que ninguna estrategia puede imitar. Se reconoce al instante. No necesita adornos. No necesita permiso. Llega y se instala. Y cuando lo hace, transforma tanto al que escribe como al que lee.

Ahí está el verdadero poder de la escritura: no en su capacidad de entretener, sino en su capacidad de revelar.

Revelar quiénes somos, qué nos duele, qué nos mueve, qué estamos evitando mirar. Y en ese proceso, tender un puente invisible entre almas que, sin conocerse, se reconocen.

Porque al final, escribir es eso.

Un acto de reconocimiento.

Un gesto profundamente humano de decir: “esto que me pasa… también te pasa a ti”.

Y en ese instante, el mundo —aunque sea por un segundo— deja de ser un lugar extraño.

Por eso sigo escribiendo.

No por talento.

No por oficio.

Ni siquiera por vocación.

Escribo porque hay algo en mí que no quiere callarse.

Y porque, si lo hiciera, dejaría de ser quien soy.

Enrique Bonalba.


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