Escribimos para no desaparecer. Leemos para encontrarnos.
Hay días que se celebran. Y hay días que, en realidad, nos interpelan. Sant Jordi pertenece a esta segunda categoría, aunque hayamos aprendido a envolverlo en una estética amable de libros y rosas, de paseos entre puestos, de firmas, de sonrisas y fotografías. Pero bajo esa superficie luminosa, casi festiva, late una verdad mucho más incómoda y, al mismo tiempo, mucho más necesaria: escribimos porque algo en nosotros se niega a desaparecer.
No se trata de una elección. O, al menos, no del todo. Uno puede decidir cuándo escribir, dónde hacerlo, incluso sobre qué tema. Pero no puede decidir la raíz de ese impulso. Hay una zona más profunda —anterior a la técnica, anterior a la vocación— donde la escritura aparece como una forma de respiración. Como si, de algún modo, lo que no se escribe no termina de existir. Como si la experiencia, mientras no es nombrada, permaneciera incompleta, suspendida en una especie de limbo donde ni siquiera el recuerdo es capaz de sostenerla.
Escribir es, en ese sentido, un acto de amor. Pero no en la acepción edulcorada que solemos asociar a la palabra. Es un amor que tiene algo de urgencia, incluso de desgarro. Amamos aquello que queremos preservar, aquello que no estamos dispuestos a perder sin ofrecer resistencia. Y la escritura es, precisamente, esa forma de resistencia. Frente al olvido. Frente al desgaste del tiempo. Frente a la banalización de lo vivido.
Tal vez por eso Sant Jordi une, de manera aparentemente ingenua, un libro y una rosa. La rosa, con su belleza efímera, nos recuerda que todo lo que amamos está condenado a desaparecer. El libro, en cambio, introduce una fisura en esa condena. No la anula —nada puede hacerlo—, pero la desafía. Es una tentativa de permanencia. Un gesto humilde y, sin embargo, profundamente humano: dejar constancia de que algo fue sentido, pensado, vivido.
En ese gesto aparece la figura del escritor, no como un creador en el sentido grandilocuente, sino como un testigo. Esta palabra, que parece sencilla, contiene una carga ética que rara vez se asume en toda su profundidad. Ser testigo no es solo observar. Es hacerse responsable de lo que se ha visto. Es decidir que aquello no puede caer en el olvido sin más, que merece ser dicho, que merece ocupar un lugar en la memoria compartida.
El escritor, entonces, no trabaja únicamente con palabras. Trabaja con fragmentos de realidad, con experiencias que, de otro modo, quedarían disueltas en el flujo incesante del tiempo. Y aquí aparece una tensión fundamental de nuestra época. Vivimos rodeados de registros: fotografías, vídeos, datos, publicaciones constantes. Todo parece quedar guardado. Y, sin embargo, cada vez comprendemos menos. Cada vez habitamos menos lo que vivimos. Cada vez recordamos de forma más superficial.
La escritura se sitúa en el extremo opuesto de esa inmediatez. Exige lentitud. Exige atención. Exige una forma de presencia que no es compatible con la dispersión. Escribir implica detenerse ante la experiencia, mirarla sin prisa, atravesarla. Y, sobre todo, implica elegir. Porque no todo puede ser dicho. No todo merece ser recordado de la misma manera. Hay una responsabilidad en esa selección, una toma de posición silenciosa: esto importa, esto debe permanecer.
En ese sentido, escribir es también un acto político, aunque no hable explícitamente de política. Porque toda escritura establece una jerarquía de significados. Decide qué se ilumina y qué se deja en la sombra. Decide qué forma parte del relato y qué queda fuera de él. Y en una sociedad saturada de estímulos, donde todo compite por la atención, esa decisión adquiere una relevancia aún mayor.
Pero si escribir es un acto de amor y de responsabilidad, leer es el otro extremo de ese mismo movimiento. Porque un texto, por sí solo, no está completo. Necesita ser habitado. Necesita que alguien lo reciba, lo interprete, lo haga suyo. Leer no es consumir palabras. Es entrar en una experiencia ajena y permitir que dialogue con la propia. Es un encuentro, a veces incómodo, a veces revelador, siempre transformador si se produce de verdad.
Aquí se produce uno de los fenómenos más extraordinarios de la literatura: la posibilidad de que algo escrito en soledad sea reconocido por otro en un tiempo distinto, en un lugar distinto, en una vida distinta. Que una emoción atraviese los años y encuentre eco en alguien que nunca conoceremos. Que una frase, escrita en un momento concreto, ilumine la experiencia de otro mucho después.
Ese es, quizás, el núcleo más profundo de lo que celebramos en Sant Jordi, aunque no siempre seamos conscientes de ello. No es el objeto libro. No es el ritual de la compra. Es la posibilidad de conexión. La constatación de que, a pesar de la distancia, a pesar del tiempo, a pesar de las diferencias, hay algo en la experiencia humana que puede ser compartido.
Y, sin embargo, esta posibilidad no está garantizada. Requiere una disposición. Requiere un tipo de lector que hoy parece cada vez más escaso: el lector que no busca únicamente entretenimiento, sino comprensión. El lector que no pasa páginas, sino que se detiene. El lector que permite que lo leído le afecte, le incomode, le transforme.
Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos, en un día como hoy, no es cuántos libros compramos o regalamos. Tal vez la pregunta es otra: qué lugar ocupa la lectura en nuestra vida. Si es un gesto superficial, un consumo más entre tantos, o si sigue siendo un espacio de encuentro con nosotros mismos.
Porque, en el fondo, todo vuelve al mismo punto. Escribimos para no desaparecer. Leemos para encontrarnos. Y en ese doble movimiento se construye algo que podríamos llamar memoria viva. No una memoria estática, archivada, sino una memoria que se actualiza cada vez que alguien abre un libro y se reconoce en él.
Quizá por eso seguimos escribiendo, incluso cuando parece que todo está dicho. Porque, en realidad, nada lo está del todo. Cada vida aporta una mirada única. Cada experiencia contiene matices irrepetibles. Y mientras haya alguien dispuesto a mirar con profundidad, a sentir con honestidad, a nombrar con precisión, la escritura seguirá teniendo sentido.
Sant Jordi, entonces, deja de ser una celebración externa para convertirse en una invitación. A escribir desde un lugar verdadero. A leer con una atención radical. A no conformarnos con la superficie. A recordar que, en un mundo que tiende al olvido, cada palabra escrita con autenticidad es un acto de permanencia.
Y tal vez, en última instancia, eso es lo único que buscamos. Permanecer, de algún modo, en la conciencia de otro. No como un nombre, no como una firma, sino como una huella. Como una emoción compartida. Como una certeza silenciosa: alguien sintió esto antes que yo, alguien lo nombró, alguien me lo ha entregado.
En ese gesto —tan sencillo y tan inmenso— se encuentra el verdadero sentido de la literatura.






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