La rebelión silenciosa de los muertos vivientes.
Nunca olvidaré el silencio.
No fue el grito de Marien ni el primer disparo lo que me hizo comprender que el mundo había terminado.
Fue el silencio.
Un silencio espeso, antinatural, que cayó sobre Canet de Berenguer aquella noche como si alguien hubiese apagado el sonido del universo.
El mar estaba inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Marien y yo salíamos del pequeño cementerio junto a la carretera de Sagunto cuando vimos al primer hombre.
Caminaba hacia nosotros.
Lento.
Arrastrando los pies.
Pensé que estaba enfermo. O borracho. O perdido.
Hasta que levantó la cabeza.
Su piel tenía el color ceniza de la muerte. Los ojos parecían apagados, como dos lámparas sin electricidad.
Marien se agarró a mi brazo.
—Javier… algo no va bien.
El hombre avanzó otro paso.
Y otro.
Entonces lo vimos claro.
Había sangre seca alrededor de su boca.
—Eh, amigo —dije—. ¿Se encuentra bien?
No respondió.
Se lanzó sobre nosotros.
No corría.
Pero venía con una determinación terrible.
Logré apartarlo de un empujón y Marien salió corriendo hacia el coche. Arrancamos entre chirridos y salimos hacia el pueblo.
Fue entonces cuando los vimos.
Primero uno.
Luego tres.
Luego decenas.
Figuras caminando entre las dunas, las calles y los campos abandonados.
Gente del pueblo.
Pescadores.
Vecinos.
Turistas.
Todos avanzando lentamente hacia Canet.
El coche derrapó en la rotonda del paseo marítimo y chocamos contra una farola.
Salimos tambaleándonos.
El pueblo ya no era el mismo.
Había gritos en las calles.
Disparos.
Un hombre corría con el rostro cubierto de sangre mientras algo lo perseguía.
Marien y yo llegamos a una casa de veraneo medio abandonada cerca de la playa.
Dentro estaba Javier Martín, un mecánico de Sagunto al que conocía de vista.
Tenía una escopeta en las manos.
—Entrad —dijo—. Rápido.
Atrancamos puertas y ventanas.
El primer cadáver apareció minutos después.
Golpeaba el cristal con una insistencia terrible.
Javier disparó.
La cabeza del muerto se sacudió violentamente y el cuerpo cayó al suelo.
Pero detrás de él había más.
Siempre más.
La radio del salón crepitó.
“…las autoridades investigan un posible accidente industrial… filtraciones radiactivas… la planta energética del polígono del Puerto de Sagunto…”
Javier se quedó inmóvil.
—Yo he pasado por allí esta tarde —dijo—. Había ambulancias. Muchísimas.
La señal siguió:
“…posible emisión de partículas fotónicas reactivas… material experimental usado en baterías industriales… las víctimas fallecidas muestran actividad neurológica tras la muerte…”
Marien me miró.
—¿Actividad… después de morir?
No tuvimos tiempo de hablar.
Los muertos estaban entrando en el pueblo.
Golpeaban puertas.
Ventanas.
Coches.
Se movían despacio, como si caminaran dentro de un sueño profundo, pero nada parecía detenerlos.
Disparamos.
Tres.
Cinco.
Diez.
Los cuerpos caían.
Pero detrás llegaban más.
En la televisión apareció una imagen aérea.
La nueva factoría industrial eurochina de baterías del Puerto de Sagunto estaba envuelta en humo y luces de emergencia.
Un periodista gritaba frente a la cámara:
—¡La radiación ha contaminado el aire! ¡Las personas expuestas mueren y vuelven a levantarse!
La transmisión se cortó.
Entonces comprendimos algo peor.
Aquellos muertos no venían del mar.
Venían del polígono industrial.
Los trabajadores.
Los guardias.
Los técnicos.
Habían muerto primero.
Y después… habían empezado a caminar.
La noche avanzó como una pesadilla interminable.
Las calles de Canet se llenaron de figuras torpes y silenciosas.
Los muertos buscaban a los vivos con una paciencia infinita.
Cuando entraban en una casa, nadie volvía a salir.
Dentro de nuestra vivienda improvisada el miedo empezó a devorarnos.
Un vecino quería huir hacia Valencia.
Otro decía que era mejor esperar.
Nadie confiaba en nadie.
Y afuera los muertos vivientes seguían llegando.
A medianoche la puerta cedió.
El primer cadáver zombi cruzó el umbral.
Disparé.
El segundo me agarró del brazo.
El tercero alcanzó a Marien.
La lucha fue brutal.
Empujones.
Disparos.
Cristales rompiéndose.
Logramos retroceder hacia el sótano mientras la casa quedaba invadida.
Los pasos arrastrados resonaban encima de nuestras cabezas.
Horas después llegó el amanecer.
Disparos en la calle.
Un grupo armado avanzaba entre las casas limpiando el pueblo.
Javier subió primero.
—Se acabó —dijo—. Nos han salvado.
Abrió la puerta.
Salió.
Levantó las manos.
El disparo resonó seco.
Uno de los cazadores bajó la escopeta.
—Uno menos —murmuró.
El cuerpo de Javier cayó al suelo.
Nadie comprobó si estaba vivo.
Para ellos ya no había diferencia.
Horas después vi cómo quemaban los cadáveres en la playa mientras el sol nacía sobre el Mediterráneo.
El humo subía hacia el cielo rojo.
La crisis de terror producida en aquel amanecer zombi finalizó.
Todo volvió a la normalidad en las poblaciones del Camp de Morvedre. Una comarca, al norte de la ciudad de Valencia, beneficiada por el expansionismo industrial de las multinacionales.
Nuevamente… con un final trágico.
En la radio seguían hablando de la fuga de fotones nucleares reactivos, del experimento industrial, de la radiación que había contaminado el aire.
Pero la verdad es más sencilla.
El mundo no estaba preparado.
Nunca lo estuvo.
Porque cuando los muertos empiezan a caminar…
Ya es demasiado tarde para entender por qué.
Y desde entonces, cuando sopla el viento desde Sagunto hacia Canet, a veces el aire trae un olor metálico extraño.
Como si la fábrica siguiera respirando. Como si el fantasma de los Altos Hornos se hubiera despertado de nuevo.
Y como si, en algún lugar del polígono industrial…
Todavía hubiera algún muerto intentando levantarse.






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