Escribí SAGVNTVM para responder a una pregunta que me perseguía desde hace años y que la colina de Arse me susurraba cada vez que el viento ponía sal en la boca: ¿qué merece ser salvado cuando el presente ya no puede salvarse? En esa grieta entre la historia y el símbolo encontré una respuesta, y ese latido me trajo nombres propios: Berenice —llamada en secreto Neria—, sacerdotisa de Artemisa, y Isandro de Focea, un extranjero que aprende demasiado tarde que escribir también es un modo de sostener una ciudad. La novela nace allí, en el borde donde la piedra antigua se mezcla con el rumor del mar y los humanos elegimos quiénes somos cuando el precio es alto.
Sagunto —Arse para los suyos— no aparece en estas páginas como un decorado arqueológico, sino como un organismo vivo. Quise medir su aliento, no sólo narrar su caída. Por eso el libro abre con un Mediterráneo contenido, con el círculo de un halcón suspendido sobre la acrópolis como si alguien hubiera tensado el cielo. Quise que esa forma regresara, una y otra vez, como se repite una enseñanza: mirar desde arriba para no mentir abajo. Me interesaba menos el inventario de hazañas que el conflicto moral que sostiene —o derrumba— una comunidad cuando la guerra decide ocuparlo todo.
En 219 a. C., un joven general que la historia ha rodeado de bronce, Hanníbal Barca, se aproxima a una ciudad que le ofrece el obstáculo más inesperado: no sólo murallas, sino una ley interior. Los saguntinos defendían algo que a mí, como autor y como ciudadano, me conmueve profundamente: la hospitalidad inviolable. Un suplicante, al amparo de un altar, no se entrega ni para salvar la vida de todos. Esa decisión, que hoy podría parecernos imprudente o inaceptable, está en el corazón de la novela porque nos obliga a preguntarnos qué queda de nosotros si renunciamos al principio que nos funda. Berenice encarna ese límite. No es una santa ni una estatua: es una mujer de carne y temple que aprendió a contar el agua de la cisterna y la dignidad de los vivos con la misma vara. Sobre su pecho, una lúnula de plata que es medida y mandato. A su lado, Isandro, que llega a Arse con el oficio de pesar palabras y se descubre pesando destinos.
SAGVNTVM no prescinde del vigor del asedio —torres de asalto, arietes bajo pieles mojadas, galerías minadas, hondas baleares, caballería númida, artillería torsional—, pero en mi mirada esos instrumentos son el abecedario de una técnica que no basta para explicar el mundo. Quise que el lector escuchara también la otra música: el golpe seco de los molinos de mano en el macellum, el murmullo de la cisterna mayor cuando la guardiana controla el vaso, el crujir de las procesiones de triple antorcha que sostienen la moral cívica avanzando entre humo y plegarias. La ciudad, como toda ciudad justa, se mantiene unida por un hilo invisible que no fabrican las armas: lo tejen la palabra, el rito, la memoria. Puede parecer poco frente a una máquina de guerra; en el libro, ese “poco” es lo que importa.
Muchos lectores me han preguntado si SAGVNTVM es, sobre todo, una novela de amor. Respondo que sí, en el sentido más serio y arriesgado del término. Entre Berenice y Isandro hay un fuego que no busca la decoración del deseo, sino la altura. Él, extranjero sin linaje; ella, prenda de una diosa y de una ciudad. La novela les concede la intensidad de aquello que está siempre a punto de perderse. No escribí un romance para aliviar la tragedia, sino para mostrar que, cuando todo se estrecha, amar es una forma de resistencia: se resiste al hambre, al miedo, a la mentira. Hay una escena en la que Isandro, exhausto, apoya la frente sobre el mármol frío del naiskós, y Berenice, sin tocarlo, le dice: —Si te quedas, no es por mí. Es por la claridad. Esa frase, “por la claridad”, condensa la brújula de todo el libro. El amor, cuando es verdadero, no pide privilegios; pide exactitud.
Mi oficio como escritor ha sido construir esa exactitud con un lenguaje que respire. Tenía que sonar cercano y, a la vez, llevar en la boca la precisión de quienes escriben un parte de guerra y un himno fúnebre al mismo tiempo. No me bastaba con mover batallones; deseaba que el lector caminara por la Plateia de Arse y sintiera en la planta del pie la vibración de las losas, que viera las cintas con nombres en el tholos de los suplicantes y entendiera por qué colgar un hilo de color puede ser un acto político. Busqué un ritmo que alternara escenas de tensión rápida con pausas contemplativas donde se escuchan los vocablos antiguos: Kourotrophos, Trivia, Lucina; no como exotismo, sino como herramientas de una comunidad para sostener el día.
Hay un antagonista en la sombra, Tirkanor, caudillo tírtano que no sirve a dioses ni tratados. Encarna esa violencia que no necesita excusa, la que convierte el asedio en espectáculo. Frente a él, Hanníbal es un personaje trágico: estratega brillante, capaz de la oferta razonable y de la orden implacable, un hombre atrapado por una marea que a veces llama “virtud” y otras “necesidad”. No lo he demonizado, porque la demonización empobrece. Prefiero verlo como quien alinea máquinas y, sin quererlo, convoca una pregunta moral que lo supera. Lo que el libro propone, en última instancia, es que la verdadera fuerza de una ciudad no está en derrotarlo, sino en sostener el relato de su propia dignidad cuando se ha perdido el resto.
Permítanme que comparta un fragmento breve, más por su música que por su trama. No es una cita literal, es el eco de una escena que me acompañó muchos meses durante la escritura: “La noche olía a resina y a pan atrasado. En la torre del Halcón, las piedras apiladas tenían el tamaño de nuestros miedos. Berenice tocó con dos dedos la lúnula, no para pedir un milagro, sino para recordar una medida. —No vamos a vencer —dijo, como quien enumera la harina—. Vamos a decidir de qué modo se pierde sin perderse. Nadie respondió. El viento, que en Sagunto también aprende, guardó silencio.” He querido que la novela entera pueda leerse como esa frase: perder sin perderse.
En las futuras presentaciones que haremos quisiera proponer algo que va más allá de un libro. Me gustaría que esos encuentro fuesen un acto de hospitalidad: que quienes se acerquen no se encuentren con un autor que habla desde un atril, sino con una comunidad que se reconoce. Leeré pasajes donde se cruzan la política, la fe y el amor; pero también compartiré el laboratorio de escritura: cómo llegan las palabras a la página, cómo se filtra la documentación hasta convertirse en respiración, por qué decidí que el narrador fuera Isandro, por qué el libro no termina cuando la ciudad cae, sino cuando alguien acepta el oficio de testigo. Hay preguntas que ya puedo anticipar: “¿por qué SAGVNTVM y no Sagunto?”; “¿hasta qué punto es fiel a las fuentes?”; “¿qué parte pertenece a la historia, cuál a la invención?” Responderé con transparencia: elegí la ‘V’ para recordar la doble condición latina y helénica del nombre, para subrayar que las palabras también son ruinas transfiguradas; la fidelidad no es un corsé, es una brújula; y Berenice, como los personajes que perduran, está hecha de documentación, intuición y una necesidad muy antigua: creer que la medida de lo humano sigue siendo posible.
Quise, además, que SAGVNTVM dialogara con nuestro presente. Vivimos tiempos en los que la tentación de sacrificar principios por seguridad vuelve a presentarse con trajes muy razonables. La hospitalidad inviolable de Arse no es un exotismo religioso; es una prueba. La memoria no es un souvenir; es una responsabilidad. Y la justicia, incluso derrotada, tiene una belleza que el cálculo jamás comprenderá. En la novela, cuando los ciudadanos arrojan su oro al fuego para que no se convierta en botín, supe que estaba escribiendo sobre algo más que un asalto helenístico: estaba escribiendo sobre la libertad de no convertirse en lo que el enemigo exige. Como escritor valenciano, como habitante de este litoral que ve venir y partir las naves, me siento en deuda con ese gesto.
Hay un lugar de la ciudad que me impresionó cuando empecé a imaginar la Plateia: la Piedra del Juramento, la laja ennegrecida donde se sellan pactos. Allí situó mi imaginación a Berenice cuando dice que no habrá rehenes entregados, y allí escuché a Isandro comprender que su oficio ya no es con los mercaderes, sino con los vivos y los muertos de Arse. Ese tránsito —de la contabilidad a la conciencia— es, quizá, la verdadera trama de la novela. Muchas veces, mientras escribía, pensé: “no busques frases, busca proporciones”. Los lectores que han seguido mi trabajo saben que me obsesiona el ritmo humano, la respiración de las escenas, la delicada ingeniería de la voz. Aquí, más que nunca, intenté que cada línea tuviera un peso moral. Si alguna de ellas, al ser leída en voz alta, hace que la sala se quede en silencio por un instante, habré conseguido lo que buscaba.
Los invito, pues, a leer y a encontrarnos. A subir —aunque sea con la imaginación— la escalinata de los Juramentos, a detenernos bajo la stoa donde los pergaminos de Liria aún crujen, a oír la campana del prytaneion y a contar con nosotros, como contaban las guardianas de la cisterna, no cabezas sino nombres. A mirar de frente a Hanníbal y a Tirkanor, sí, pero sobre todo a mirarnos entre nosotros y preguntarnos: ¿qué línea no cruzaríamos ni aun rodeados de fuego? Nos veremos en Sagunto, donde la Historia no duerme, donde la memoria tiene acento de mar y piedra, y donde un libro —este libro— aspira a ser menos una respuesta que una invitación.
Bienvenidos a SAGVNTVM. Bienvenidos a casa.






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