Desde que tengo memoria, me ha fascinado esa delgada línea que separa el territorio del mapa emocional. Es decir, cuándo un lugar deja de ser coordenada y se convierte en latido, en eco íntimo, en patria portátil. Valencia, mi ciudad y el escenario de mi novela Damas Nómadas: El Cronista Accidental, fue nombrada la mejor ciudad del mundo para vivir según InterNations. Pero lo curioso no es el ranking, sino lo que hay detrás del dato: una intuición colectiva que parece haberse transformado, finalmente, en evidencia compartida.

Lo que para muchos era una sospecha —que Valencia no es solo un lugar, sino una frecuencia vital— se confirma con estadísticas: eficiencia en el transporte, alta seguridad, un estilo de vida asequible, playas cercanas y una cultura que no muere ni con pandemias ni con apagones. Y sin embargo, lo que Damas Nómadas propone no es solo una crónica urbanística ni un manual para expatriados felices. Es algo más complejo, más visceral: una travesía emocional por el alma líquida de una ciudad que vive en sus mujeres, en sus puentes, en sus contradicciones y en su capacidad de ser escenario para lo imposible.

La novela no habría podido escribirse en otro lugar. No porque Valencia sea la postal perfecta, sino porque es profundamente imperfecta, como sus personajes. Yaniré, Tatiana, Renata, Lucrecia, María, Isabella… esas mujeres que rompen moldes no buscan una ciudad donde instalarse, sino un espacio que se atreva a reflejar sus aristas. Valencia lo logra. Es una catedral de espejos donde cada barrio resuena como una nota de jazz. Desde las fallas que estallan como orgasmos de fuego hasta los áticos donde las orquídeas flotan sin raíz, esta ciudad se presta como un cuerpo vibrante para una narrativa que huye de lo lineal, que se curva como la Albufera al atardecer.

Damas Nómadas narra un éxodo emocional en clave literaria. Y no me refiero solo al viaje físico en una casa rodante convertida en santuario, sino a la transformación subjetiva de quien se permite ser mirada y espejo por otras biografías. Javier Sandoval, mi cronista accidental, no es un narrador omnisciente, sino un testigo vulnerado. Su masculinidad herida, su creatividad en bancarrota, su capacidad de asombro oxidada… todo eso se revierte cuando es interpelado por mujeres que no piden permiso ni perdón. Mujeres que ya no esperan validación masculina ni editorial. Ellas hacen del viaje su forma de hogar, de la complicidad su idioma nativo, del erotismo su idioma franco. Y Valencia, la ciudad que acoge y no retiene, se convierte en el escenario ideal para esa danza de reinvención.

Pero el mérito no es solo geográfico. Lo esencial es simbólico. La novela explora el conflicto contemporáneo entre pertenecer y volar. Entre querer echar raíces y no claudicar al peso muerto de lo establecido. En un mundo donde las relaciones humanas son cada vez más líquidas, más contractuales, más precarias, la propuesta de Damas Nómadas es radical: la única patria posible es la piel compartida en libertad. El hogar no es un código postal; es una mirada que no juzga, una risa que desarma, una cama donde se duerme sin miedo.

Por eso, cuando leo que Valencia es la mejor ciudad del mundo para vivir, sonrío con la media sonrisa de quien ya lo sabía, pero necesitaba que el mundo lo confirmara. No porque me interesen los rankings —esos artefactos con vocación de verdad estadística pero aroma de marketing—, sino porque intuyo que lo que están premiando no es solo una ciudad, sino una filosofía de vida. Un modo de estar en el mundo que Damas Nómadas traduce en literatura: la celebración del instante, la huida del dogma, la rebeldía de lo íntimo, el amor sin apellidos.

Esta novela es mi homenaje a la ciudad donde todo puede pasar. Y también una carta de navegación para los que ya no creen en fronteras, pero sí en encuentros. En tiempos de ruido, de algoritmos que dictan el deseo, de exilios emocionales y políticas del miedo, Damas Nómadas ofrece una brújula: atrévete a romper tu molde. Y si no sabes por dónde empezar, Valencia puede ser un buen lugar. Porque hay ciudades que se habitan. Y hay ciudades que te habitan a ti.


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Una respuesta a “Damas Nómadas: Cuando Valencia se convierte en novela”

  1. Buenos días, Enrique.

    Este relato convierte a Valencia en algo más que una ciudad: un latido, un escenario vivo que respira en cada línea. La forma en que describes la ciudad como una “frecuencia vital” y un “cuerpo vibrante” me parece bellísima, especialmente al conectar sus imperfecciones con las mujeres de Damas Nómadas. La idea de que Valencia, con sus barrios como notas de jazz y sus fallas como “orgasmos de fuego”, sea el telón de fondo perfecto para una historia de transformación emocional es súper evocadora. Me encanta cómo el cronista, Javier Sandoval, es presentado como un hombre roto que se reinventa a través de mujeres valientes y sin filtros, con la ciudad como un espejo de sus aristas. Esa reflexión sobre el hogar como “piel compartida en libertad” es de una profundidad que te hace suspirar y querer subrayarla. Este texto es un imán para quienes amamos la literatura que mezcla emociones, lugares y rebeldía. Es un canto a Valencia y a la libertad de ser, que te deja con ganas de leer la novela y, de paso, pasear por la Albufera al atardecer.

    Saludos cordiales

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