Enrique Bonalba (Massamagrell, L’Horta Nord, Valencia) creció entre la cal de las huertas y la bruma salina del Mediterráneo. Esa doble geografía —la tierra y el mar, la Sierra Calderona y Sagunto— marcó desde muy temprano su mirada: una mezcla de luz, disciplina y melancolía que atraviesa toda su obra. Comenzó escribiendo en cuadernos improvisados que circulaban entre compañeros de escuela, relatos donde ya se percibía su ironía, su oído para el diálogo y una temprana conciencia del ritmo narrativo. Más tarde se inscribió en la Escuela de Bellas Artes y Oficios Artísticos de Valencia, donde exploró la pintura y el grabado antes de descubrir que la palabra escrita le ofrecía una inmediatez expresiva que la imagen plástica no podía darle.

Formado en Publicidad y Periodismo, Bonalba encontró en el reportaje y la crónica su primer laboratorio narrativo. Durante más de un lustro (años 80-90) colaboró como corresponsal o columnista de opinión en medios valencianos y nacionales —Levante-EMV, Las Provincias, Panorama de Actualidad y otras muchas publicaciones digitales de Internet—, experiencia que le proporcionó una técnica de observación aguda y un oído infalible para el habla popular. Aquella etapa de periodismo social y deportivo se convertiría en la fragua donde templó su estilo: una prosa precisa, rítmica, y pensamiento sin perder claridad.

Más tarde se formó en Dirección Comercial y Marketing, y completó un MBA especializado en Project Management en Madrid, combinando la gestión empresarial con la escritura. Durante esa etapa dirigió empresas de servicios en Valencia, Madrid y Alicante, lo que imprimió a su narrativa una estructura precisa y una visión ética del trabajo como disciplina estética: cada novela suya avanza con la lógica de un plan estratégico, pero respira con la libertad del viajero que sigue las constelaciones.

Regresó a Valencia con la decisión de consagrarse por completo a la escritura. Instalado de nuevo entre la Sierra Calderona y el mar —en Canet de Berenguer, una franja donde se tocan la huerta y el oleaje—, Bonalba ha levantado una de las trayectorias más singulares de la narrativa valenciana actual. Su literatura conjuga el rigor del historiador, la sensibilidad del cronista y la claridad del ensayista. En sus páginas conviven la épica y la introspección, la precisión plástica heredada de su formación artística y una espiritualidad que busca la medida justa entre cuerpo y pensamiento.

Ha publicado más de una docena de obras que integran un universo coherente y transversal. Cartas a Libertad inauguró su corpus como una meditación sobre la palabra escrita y la herencia republicana. El Oráculo de las Diosas y Los Guardianes de la Tierra revelaron su capacidad para fusionar mito, filosofía y contemporaneidad. El Enigma de Yaniré Santana exploró los límites entre la identidad, el deseo y la memoria urbana. El Hijo del Sol y el Acero lo situó como narrador histórico de largo aliento, retratando el mestizaje espiritual en el México posconquista. Con La Senda del Maestro —trilogía de búsqueda interior que incluye Iniciación al Despertar y El Guardián de la Verdad— consolidó su prestigio como escritor de pensamiento, mientras Contracultura y Revolución lo reafirmó como cronista de la Valencia de los años setenta, una generación que desafió el miedo con música, amor y disidencia. La Calderona y el Rey confirmó su maestría en la ficción histórica, Miércoles, Biodanza le permitió adentrarse en el territorio íntimo de la emoción y Damas Nómadas coronó su etapa narrativa reciente con una oda a la libertad femenina y al nomadismo interior.

En la actualidad, Bonalba desarrolla su obra más ambiciosa: SAGVNTVM: La sacerdotisa de Arse y el círculo del Halcón, una reconstrucción del asedio de Sagunto por Aníbal Barca narrada desde la voz de un extranjero —Isandro de Focea— que se convierte en testigo moral de una ciudad que elige la justicia antes que la supervivencia. La novela, fruto de una investigación histórica exhaustiva y de una depuración literaria de varios años, combina rigor arqueológico, lirismo narrativo y una reflexión profunda sobre la hospitalidad como fundamento ético de la civilización mediterránea.

Bonalba es un autor que entiende la literatura como una forma de conciencia. Su prosa —limpia, cadenciosa, precisa— tiende puentes entre historia y símbolo, entre pensamiento y emoción. Hijo de una tierra que conoce el precio de la derrota y la dignidad del trabajo, escribe desde una ética civil que busca reparar y recordar. En su genealogía íntima resuena la memoria de su abuelo, Enrique Pérez Badía, alcalde republicano fusilado en 1940 en Paterna, cuya sombra de dignidad atraviesa silenciosamente su obra.

Su método de trabajo combina la documentación minuciosa —toponimia, oficios, ritos domésticos, arqueología— con una atención sensible al ritmo humano: la respiración, el silencio, el gesto cotidiano. Practicante de Biodanza y observador del alma colectiva, ha trasladado esa mirada al terreno literario, convirtiendo la escritura en un acto orgánico de escucha. Por eso sus símbolos —el círculo del halcón, la lúnula, la triple antorcha— no ilustran: gobiernan la estructura interna del relato.

Desde sus plataformas enriquebonalba.com y ubertnia.org, el autor mantiene un diálogo continuo con sus lectores y con la comunidad cultural mediterránea. En ellas combina narrativa, ensayo y crítica humanista con un tono lúcido, contracultural y filosófico. Su pensamiento bebe de Foucault, Jung, Marcuse y Harari, pero su lenguaje es inequívocamente propio: una mezcla de luz valenciana y hondura universal.

Enrique Bonalba no busca el aplauso ni la pertenencia a escuelas; su aspiración es más alta y sencilla: escribir libros que perduren y acompañen. Obras que puedan releerse como se regresa a una fuente, donde el agua cambia y, sin embargo, sigue siendo la misma. En SAGVNTVM ha alcanzado esa síntesis entre belleza y verdad: una catedral narrativa levantada sobre la hospitalidad inviolable y la memoria de una ciudad que se negó a traicionarse.

Su literatura, fiel a su origen valenciano y abierta al mundo, confirma que el Mediterráneo —y Valencia— no son un límite, sino una medida moral: la de mirar el horizonte con la serenidad de quien sabe que toda historia, antes de ser contada, fue vivida.