Hay días que parecen una simple celebración y, sin embargo, terminan convirtiéndose en una lección de vida. El natalicio de mi amigo y compañero de Biodanza, Ismael Sanchís, celebrado en la Masía Font de Sant Antoni, en Ontinyent, fue uno de esos días que dejan huella mucho después de que la música se apague y el último abrazo se haya dado.
Llegué a aquel extraordinario paraje valenciano cuando el sol todavía acariciaba suavemente las montañas. La naturaleza parecía haberse puesto de acuerdo para acompañar la fiesta. El cielo lucía limpio, la temperatura era amable y el aire tenía esa cualidad especial de las tardes mediterráneas en las que todo parece posible.
A medida que avanzaba por los senderos de la masía, observaba cómo iban llegando personas de todas las edades, procedencias y etapas vitales. Amigos de juventud, compañeros de caminos recientes, familiares, vecinos, músicos, danzantes, personas que habían compartido con Ismael apenas unos meses y otras que llevaban décadas formando parte de su historia.
Poco a poco comprendí que no estaba asistiendo simplemente a un aniversario. Estaba entrando en una especie de mapa viviente de una existencia bien vivida.
Casi doscientas personas se reunieron allí para celebrar los setenta años de un hombre que ha hecho de la alegría una forma de resistencia y de la amistad una verdadera filosofía de vida.
Recuerdo observar a la multitud y sentir algo que no es frecuente experimentar en estos tiempos. No había grupos cerrados ni jerarquías invisibles. No había necesidad de demostrar nada. Nadie parecía preocupado por impresionar a nadie. Las conversaciones nacían espontáneamente. Los abrazos surgían con naturalidad. Las sonrisas eran auténticas. Aquella tarde vi algo que muchas veces olvidamos: cuando desaparecen las etiquetas, las exigencias y las expectativas, emerge lo mejor del ser humano.
Entonces comprendí las palabras que Ismael había compartido en el WhatsApp para explicar el sentido del encuentro:
«El objetivo de este encuentro surge de la necesidad de integrar el conjunto de gente que ha sido significante en mi vida. Y lo quiero hacer con una fiesta celebración con los elementos que siempre he utilizado, la música, la fiesta y la Biodanza.»
Aquella frase contenía toda la esencia del evento.
Integrar.
Qué palabra tan hermosa.
Integrar no es reunir personas en un mismo espacio. Integrar es reconocer que cada ser humano que ha pasado por nuestra vida ha dejado una huella. Es agradecer los encuentros, incluso aquellos que duraron poco tiempo. Es comprender que somos el resultado de miles de abrazos, conversaciones, despedidas, aprendizajes y afectos.
Durante horas contemplé a Ismael recorrer aquel universo humano que él mismo había ayudado a construir a lo largo de siete décadas. Lo vi conversar con unos y otros con la misma atención. Lo vi escuchar. Lo vi reír. Lo vi emocionarse.
Y comprendí que la verdadera riqueza de una persona no se mide por lo que posee, sino por la cantidad de corazones que laten con alegría cuando pronuncian su nombre.
La música comenzó a fluir por los espacios de la masía como un río invisible que nos conectaba a todos. Después llegaron los bailes, los encuentros y las conversaciones interminables bajo la luz dorada de la tarde.
Como sucede siempre en Biodanza, algo aparentemente sencillo empezó a transformarse en algo profundo. Los cuerpos comenzaron a moverse. Las miradas se encontraron. Las distancias desaparecieron.
Y una vez más comprobé que los seres humanos estamos hechos para el encuentro.
No para competir.
No para aislarnos.
No para construir muros.
Sino para reconocernos.
Entre los muchos testimonios que leí previos a la jornada, hubo palabras que quedaron resonando dentro de mí.
Adela decía:
«Ismael, celebro tu vida, habernos conocido, danzarnos… Celebro el hombre que eres. Gracias por tu energía linda, tu estar dicharachero y alegre, la presencia buen mollera y convivial que transmites con tus ojos y tu sonrisa. Gracias por seguir compartiendo y cantando al ritmo de tu guitarra. ¡Viva tu vitalidad!»
Mientras escuchaba aquellas palabras observé el rostro de Ismael y comprendí in situ que los elogios más hermosos no hablan de los logros, sino de la huella emocional que dejamos en los demás.
Porque al final nadie recuerda nuestras posesiones.
Recordamos cómo nos hicieron sentir.
Recordamos quién estuvo cuando lo necesitábamos.
Recordamos las risas compartidas.
Recordamos la calidez de una mirada.
También me llegaron las palabras de Inma, llenas de humor, ternura y sabiduría:
«Dicen que a partir de cierto nivel ya no se cuentan años… se cuentan dimensiones habitadas, sonrisas compartidas, amor y sabiduría danzada. Bienvenido amor a la nueva fase de Ismael 7D, más ligero que nunca, con visión cósmica, corazón expandido y acceso ilimitado a la alegría interdimensional. Porque llegar a los 70 así… con humor, presencia y brillo en los ojos… es claramente señal de evolución espiritual avanzada.»
En ese momento dibujé una sonrisa.
Pero detrás de la sonrisa había una gran verdad.
Hay personas que envejecen.
Y hay personas que evolucionan.
Hay personas que acumulan años.
Y hay personas que acumulan vida.
Aquella tarde comprendí que Ismael pertenece claramente al segundo grupo.
Cuando el sol comenzó a descender y la luz se volvió más suave, me alejé unos metros para observar la escena completa.
Casi doscientas personas compartiendo comida, conversación, música, danza y afecto.
Ninguna obligación.
Ninguna máscara.
Ninguna necesidad de justificar quiénes éramos.
Solo presencia.
Solo humanidad.
Solo amor expresándose de mil formas distintas.
Y pensé que quizá la felicidad sea exactamente eso.
No una meta.
No un éxito.
No una posesión.
Sino un instante como aquel.
Un lugar donde podemos ser nosotros mismos.
Donde somos aceptados sin condiciones.
Donde la amistad no exige explicaciones.
Donde el cariño no pide permiso.
Donde la convivencia se convierte en una celebración de la diversidad humana.
Al despedirme de Ismael sentí una profunda gratitud.
Por él.
Por todas las personas presentes.
Por la Biodanza.
Y por la posibilidad de seguir creyendo que otro modo de relacionarnos es posible.
Porque en una época que a menudo parece obsesionada con las diferencias, aquella tarde en Ontinyent nos recordó algo esencial.
Que el amor compartido no necesita etiquetas.
Que la amistad auténtica no entiende de barreras.
Que la alegría es contagiosa.
Y que una vida verdaderamente exitosa es aquella capaz de reunir, alrededor de una misma mesa, a casi doscientas personas deseando celebrar sinceramente que existes.
Y mientras regresaba a casa bajo el cielo valenciano de la noche, pensé que quizá el mayor regalo que podemos dejar al mundo no son nuestras obras, nuestros títulos o nuestros logros.
Quizá el mayor legado sea simplemente haber amado bien.
Tan bien que, llegado el momento, muchas personas quieran reunirse para celebrar que formamos parte de sus vidas.
Eso fue lo que vi en Ontinyent.
Y eso es lo que nunca olvidaré.





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