Hablar de Sagunto no es hablar de una ciudad. Es hablar de un umbral. De una herida fundacional. De un lugar donde el Mediterráneo decidió cambiar de dueño.

Yo no miro Sagunto como arqueólogo frío ni como turista. Yo la miro como quien se asoma a un punto exacto en el que la Historia dejó de ser relato para convertirse en destino. Aquí, en esta colina de piedra y viento, el mundo antiguo se partió en dos.

Antes de Roma, Sagunto ya era Arse. Íbera, mediterránea, abierta al comercio, a la mezcla, al diálogo entre culturas. No era una aldea sometida al aislamiento del interior, sino una ciudad conectada a las grandes corrientes del mar. Fenicios, griegos, púnicos, íberos: todos dejaron aquí huellas, intercambios, palabras invisibles. Sagunto nació mestiza. Nació frontera. Nació puente.

Y en esa condición está ya su valor universal.

Porque Sagunto no es una ciudad que se explique desde la pureza. Se explica desde la convivencia. Desde la tensión entre mundos. Desde la diplomacia, el comercio, la política y la guerra. Desde la conciencia de ser ciudad, no tribu.

Cuando Aníbal decidió atacarla, no eligió un objetivo cualquiera. Eligió un símbolo. Eligió un punto que Roma había convertido en aliado. Eligió un nudo geopolítico. Eligió un mensaje.

Y Sagunto respondió con lo único que una ciudad puede ofrecer cuando sabe quién es: dignidad.

Yo recorro hoy su acrópolis y no veo ruinas. Veo una ciudad que decidió no sobrevivir sin honor. Veo murallas que no eran solo piedra, sino juramento. Veo casas, calles, templos, hogares que aceptaron convertirse en memoria para que el mundo recordara qué significa ser fiel a la palabra dada.

La destrucción de Sagunto no fue un episodio más. Fue el instante en que Roma comprendió que Cartago no iba a retroceder. Fue el instante en que el Mediterráneo entendió que entraba en una guerra total. Fue el kilómetro cero de la Segunda Guerra Púnica, uno de los conflictos más decisivos de toda la Antigüedad.

Aquí empezó el camino que llevaría a Zama. Aquí empezó el derrumbe definitivo del equilibrio entre imperios. Aquí comenzó la era de Roma como potencia hegemónica.

Y todo eso ocurrió sobre esta colina.

Por eso Sagunto no es solo patrimonio español. Es patrimonio del mundo.

Porque Sagunto no pertenece solo a la historia de Hispania. Pertenece a la historia del Mediterráneo, de Europa, de Occidente.

Pertenece a la historia de cómo las ciudades se convierten en conceptos.

Las fuentes antiguas no hablan de Sagunto como un dato menor. La tratan como un símbolo moral, político y estratégico. Sagunto es citada como ejemplo de fidelidad, de resistencia, de tragedia consciente. No como anécdota, sino como argumento. Como causa. Como detonante.

Yo no conozco otro lugar en la península que pueda decir con verdad: aquí comenzó el conflicto que decidió el destino de un continente.

Después llegó Roma. Y Sagunto no desapareció. Se transformó. Se romanizó sin perder su identidad. Se convirtió en Saguntum. Adoptó el foro, el teatro, el urbanismo, la ciudadanía romana. Y lo hizo sin borrar su memoria anterior, sino integrándola.

Sagunto es una lección material de continuidad histórica.

Aquí se ve cómo una ciudad íbera se convierte en ciudad romana sin dejar de ser ella misma. Aquí se ve cómo la cultura no se destruye: se estratifica. Se superpone. Se dialoga.

El teatro romano, más allá de las controversias modernas, sigue recordando que Sagunto no fue un margen del Imperio, sino una ciudad plenamente integrada en la civilización romana. Una ciudad con vida cívica, con representación política, con ciudadanía activa.

Y luego, como tantas ciudades mediterráneas, Sagunto siguió viviendo. Visigoda, islámica, cristiana, medieval, moderna. Siempre sobre la misma colina. Siempre sobre la misma raíz.

Sagunto es un libro abierto de más de dos mil años escrito en piedra.

Un lugar donde se puede leer, capa a capa, la historia completa del Mediterráneo occidental.

Eso es exactamente lo que UNESCO busca cuando habla de Valor Universal Excepcional.

No busca solo belleza. Busca sentido.

Y Sagunto tiene sentido.

Tiene sentido como paisaje arqueológico.

Tiene sentido como símbolo histórico.

Tiene sentido como memoria compartida de la humanidad.

Porque Sagunto no es solo la ciudad que cayó. Es la ciudad que hizo caer un mundo para que otro naciera.

Yo defiendo su candidatura no por orgullo local, sino por justicia histórica. Porque Sagunto ha sido durante siglos el origen silenciado de una de las mayores transformaciones políticas de la Antigüedad. Porque ha sido estudiada, citada, interpretada, pero raramente situada en el lugar que le corresponde: el de origen de una nueva era.

Sagunto merece ser Patrimonio de la Humanidad porque nos recuerda que las ciudades no solo se conquistan: a veces fundan épocas con su sacrificio.

Porque aquí aprendimos que la palabra dada puede ser más fuerte que la vida.

Porque aquí aprendimos que la historia no siempre comienza con una victoria, sino con una destrucción.

Porque aquí la humanidad dejó escrita una de sus lecciones más profundas: que la dignidad de una ciudad puede cambiar el rumbo del mundo.

Y porque mientras exista Sagunto, mientras su colina siga mirando al mar, mientras sus piedras sigan hablando en silencio, la humanidad tendrá un lugar donde recordar quién fue… para decidir quién quiere ser.

Si la Historia tuviera conciencia, elegiría Sagunto para mirarse en un espejo.

Y si la Humanidad tuviera gratitud, ya la habría reconocido como su patrimonio.


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