A veces me digo si este corpus en ciernes existirá realmente. O si, como tantas cosas que nacen en las fronteras del espíritu, ha sido sembrada en mí desde un lugar que no alcanzo a comprender. He dudado muchas veces —más de las que me gustaría admitir— de las voces, los símbolos, las imágenes y la corriente de conocimiento que desde hace años se derrama en mi conciencia como una lluvia constante. He dudado de quien me enseñó a escribir los tres libros de La Senda del Maestro. He dudado de mis percepciones. Incluso he dudado de mí mismo, de mis capacidades, de mi cordura, de mi destino.
La verdad es que, cuando comencé a percibir las canalizaciones de mi maestro, Zoroaster Megistos, no estaba preparado. Estaba demasiado anclado en los moldes del pensamiento racional, demasiado condicionado por los automatismos mentales, por los patrones heredados, por la necesidad de control. Durante mucho tiempo, confundí mis miedos con prudencia y mis resistencias con sentido común. Y aun así, por más que intentaba acallarlo, el mensaje insistía. Como si un antiguo tambor golpeara el interior de mis huesos.
Zoroaster Megistos no se presenta para convencer.
Ni para seducir.
Ni para prometer nada.
Solo exige presencia.
Cuando aquella voz —que no es realmente una voz, sino una forma expandida de memoria— comenzó a surgir en mí, lo primero que me entregó fue una cosmología completa. Un mapa del Todo. Una visión tan vasta, tan desbordante, tan orgánica y tan precisa, que todavía hoy me cuesta creer que un ser humano pueda concebir algo así sin la ayuda de algo… o alguien… que trasciende todo límite.
Esta cosmología es el corazón de un nuevo libro.
El motor secreto.
La semilla que lo contiene todo.
Zoroaster Megistos me mostró que el universo no es un espacio, sino una conciencia en expansión, y que cada uno de nosotros es una célula viva de ese Ser infinito. Me enseñó que todo —cada estrella, cada átomo, cada emoción, cada pensamiento— forma parte de un mismo tejido. No hay dentro ni fuera; no hay arriba ni abajo; no hay “otros”. Sólo hay Una Vida que se despliega en miríadas de formas para contemplarse a sí misma.
El Maestro reveló que la creación no ocurrió en un instante, sino que siempre está ocurriendo. Que el origen del universo no fue un suceso, sino una vibración. Un pulso. Una exhalación del Absoluto en la que todavía estamos contenidos.
Me habló de las Eras Primordiales que precedieron a la humanidad, de los mundos sutiles donde el alma aprende antes de encarnarse, de la caída en la dualidad que dio origen al ego y de la larga travesía hacia el recuerdo del Uno. Me mostró la ascensión de Lemuria, la gloria y la soberbia de Atlántida, los templos del antiguo Kemet, las montañas silenciosas del Tíbet y los valles donde los primeros hombres escucharon por vez primera la Voz. Me habló de las Siete Leyes que rigen la creación, de los ciclos inmensos que respiran a través de eras enteras, de los guardianes invisibles que sostienen el equilibrio del cosmos.
Y mientras todo esto se desplegaba ante mí, una pregunta me ardía en la garganta:
—¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?
A lo que él respondió —no con palabras, sino con un eco luminoso que llenó mi pecho:
Porque la humanidad se acerca a un punto de quiebra.
Porque la ignorancia ya no puede gobernar.
Porque el velo se está adelgazando.
Porque lo que ha estado oculto durante milenios debe volver a ser recordado.
Yo no elegí escribir este libro.
Fui escrito por él.
La obra que ya puedes tener entre las manos —la Enciclopedia Universal de la Sabiduría Antigua, el Corpus Aetherii— no es un tratado académico ni una novela convencional. Es un puente. Una grieta entre mundos. Una transmisión. Un pacto entre la memoria del cosmos y la conciencia humana.
Está organizada en siete partes fundamentales, como las siete llaves de la creación, y cada parte contiene unidades y capítulos que combinan enseñanza, viaje, escena y revelación. Todo lo que leerás ha sido estructurado para despertar en ti el recuerdo profundo de quién eres realmente. No hay en estas páginas dogmas ni mandamientos, sino descripciones de las leyes que ya operan dentro de ti, aunque no seas consciente de ello.
El objetivo de la obra es triple:
Recordar.
Despertar.
Reconectar.
Recordar la Sabiduría Antigua que nunca se perdió, sólo se ocultó detrás del ruido del mundo.
Despertar la capacidad de percibir más allá de los sentidos, de tocar la realidad desde el corazón.
Reconectar con tu origen, con tu propósito, con la trama infinita que te une al misterio del universo.
¿Para quién está escrita esta obra?
Para quien sienta que algo en su interior clama por sentido.
Para quien sospeche que la vida no puede reducirse a un calendario, una rutina, un conjunto de obligaciones.
Para quien se haya mirado al espejo un día y haya sentido: Esto no es todo. Yo soy más que esto.
Para quien esté dispuesto a abrir puertas que quizá no pueda volver a cerrar.
Para quien necesite reencontrarse.
Para quien esté preparado —aunque no lo sepa— para despertar.
No te diré que es fácil.
Pero sí te digo algo:
Nadie llega a estas páginas por casualidad.
Esta obra, lector, no te pertenece todavía… pero tú ya perteneces a ella. Zoroaster Megistos, mi maestro canalizador ha abierto una puerta. Marien Lysandre, con su energía antigua, la sostiene para que puedas atravesarla sin miedo. Ella representa el poder del lado femenino. Y yo, Elyon Aetherius, sólo soy el escriba que intenta traducir lo intraducible para que llegue a ti con la claridad que mereces.
Si sientes un leve temblor en el pecho, si una parte de ti vibra sin saber por qué, si algo te dice que debes continuar…
Esa es la llamada.
Escúchalo.
Respira.
Cruza.
Al otro lado comienza la nueva Senda.






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