Sagunto ha sido tantas veces atacado, defendido y reconstruido, que ya no sabe cuántas vidas contiene

Sagunto no es una ciudad que se recorra: es una ciudad que se atraviesa. No con los pies, sino con una disposición interior que exige algo más que curiosidad. Cada vez que vuelvo, siento que no regreso al mismo lugar, sino a un estado distinto de conciencia. Como si la ciudad hubiera aprendido a modificar su piel para mostrarse de un modo nuevo a cada visitante que se atreve a sentirla. He comprendido, después de tantos viajes, que Sagunto es menos un espacio y más un organismo: respira, muta, observa, guarda silencio, y solo se entrega cuando uno afina la mirada hasta percibir lo que vibra detrás de la piedra, la ruina, la luz y el viento.

El ascenso hacia el teatro romano es siempre el primer gesto de ese ritual. He subido esa ladera a distintas horas del día y en distintas etapas de mi vida, y el teatro siempre me ha devuelto una imagen diferente de mí mismo. A veces pienso que es un espejo cóncavo, capaz de devolverme mis contornos deformados para que pueda reconocer las contradicciones que usualmente escondo. La primera vez que me planté en el centro de la orchestra, con el graderío abrazándome desde todos los ángulos, tuve la sensación de que estaba dentro de un corazón antiguo. Un corazón que no latía con sangre sino con memoria. Cada piedra parecía susurrar algo: tragedias griegas transformadas por la lengua latina, discursos públicos que buscaban ordenar el mundo, silencios que contenían más verdad que cualquier palabra.

Me quedé allí, bajo el cielo mediterráneo, y pensé en la necesidad humana de construir escenarios. Espacios donde encarnar nuestro drama colectivo. Allí comprendí que la historia no es lo que nos han contado en los libros: es un temblor. Un temblor que permanece atrapado en las estructuras que lo sostuvieron y que despierta cuando alguien se atreve a escucharlo sin miedo. En ese instante, un pezón de luz cayó sobre la piedra y comprendí que Sagunto, como toda ciudad antigua, no es un archivo: es un latido suspendido.

En la ciudad baja, ese latido se vuelve casi imperceptible. Los restos de los foros romanos aparecen y desaparecen como si jugaran a esconderse entre las calles modernas. Una columna que asoma detrás de un comercio, un fragmento de muro, una inscripción erosionada. Sagunto no exhibe su pasado, lo insinúa. Hay una humildad extraña ahí, una forma de aceptar que no se puede cargar con el peso de todos los siglos sin aprender a vivir con cierta ligereza. Me quedé un buen rato frente al Templo de Diana, intentando descifrar qué sostiene su misterio. Tal vez sea el hecho de que fue respetado incluso en épocas de destrucción, o quizás que guarda un aura de algo más antiguo que Roma, más profundo que la historia oficial. Esa piedra, que ha sobrevivido a ejércitos, imperios, saqueos y olvido, parece recordarnos que la fuerza verdadera no radica en la resistencia, sino en la identidad. En aquello que ninguna catástrofe puede borrar porque no pertenece al tiempo, sino al espíritu.

La subida al castillo es otra peregrinación. No lo hago por ver murallas, sino por mirarme desde arriba. Desde el punto más alto, Sagunto se despliega como una herida luminosa, como un cuerpo que ha sido tantas veces atacado, defendido, reconstruido, que ya no sabe cuántas vidas contiene. Las murallas, que mezclan trazos árabes, romanos, medievales y cristianos, son un recordatorio minimalista de la convivencia entre lo inconciliable. Allí uno comprende que la historia no es un relato lineal, sino un combate perpetuo entre lo que se pierde y lo que se salva. El viento allí arriba tiene un filo distinto: corta, purifica, desvela. Y al mirar hacia el Camp de Morvedre, hacia las montañas de la Calderona o hacia el Mediterráneo recortado en azul, uno entiende que este lugar fue codiciado no solo por razones estratégicas, sino porque guarda una belleza que invita a la permanencia.

Bajé por la cara norte, hacia la judería. Las calles estrechas, los arcos, las casas limpias de cal conservan un silencio que no resulta incómodo: es un silencio cargado de historias. Historias de familias expulsadas, de rituales que se extinguieron sin llegar a desaparecer del todo, de memorias que laten a pesar de la distancia. Me detuve en una esquina donde la luz se deslizaba en diagonal sobre la piedra, y sentí que estaba pisando un territorio que aún guarda la huella emocional de quienes lo habitaron. No es nostalgia: es algo más sobrio, más profundo. Una forma de presencia ausente que exige respeto.

Desde allí avancé hacia el Grau Vell. El aire cambió: olía a sal, a óxido, a madera envejecida. El mar parecía querer entrar en la ciudad, como si reconociera algo propio en ella. Entre las baterías defensivas del siglo XVIII, ya bastante deterioradas, sentí la energía de las ciudades de frontera: esos lugares que viven entre el miedo y la apertura, entre la necesidad de protegerse y el deseo de tender puentes. Sagunto siempre ha estado en ese punto intermedio, y tal vez por eso su identidad es compleja, mestiza, imposible de reducir a una sola definición.

El paisaje cambió de nuevo al entrar en el Puerto de Sagunto. Allí la historia adopta un rostro industrial. El horno alto nº 2 se alza como un coloso de otro mundo. Podría parecer frío, pero no lo es. Tiene una épica humilde que proviene de las vidas que lo sostuvieron. Mientras ascendía por las escaleras metálicas, pensé en los obreros que trabajaron allí durante décadas, en sus cuerpos cansados, en el ruido, en el calor brutal, en la solidaridad que solo nace en los lugares donde la vida se gana en equipo. El interior del horno, ahora vacío, vibra todavía con esa energía. No es una ruina: es un monumento al trabajo. A la constancia. A la dignidad de quienes mantienen en pie el mundo sin reclamar aplausos.

La Gerencia, esa delicada ciudad-jardín que alojó a los directivos vascos, contrasta con ese pasado obrero. Es uno de esos lugares extraños que parecen ajenos al resto de la ciudad, como si se hubieran levantado siguiendo otro ritmo o bajo otra luz. Pasear por sus calles silenciosas me recordó que la historia reciente, la del siglo XX, también merece una arqueología emocional. Allí, entre jardines cuidados y fachadas apacibles, uno puede leer las tensiones entre clases, entre modelos de vida, entre la industria y el sueño de un futuro que siempre parecía comenzar al día siguiente.

Decidí alejarme del núcleo urbano y caminar hacia la Sierra Calderona. La subida al Picaio siempre ha sido para mí una forma de limpieza interior. A cada paso, la ciudad se va reduciendo a líneas y sombras. Desde lo alto, Sagunto parece una miniatura que respira a cámara lenta. Y el Mediterráneo, al fondo, es un espejo que devuelve todas las preguntas que uno lanza al vacío. Me quedé un rato sentado, dejando que el viento me hablase en su idioma seco. Allí comprendí que toda geografía que se respeta a sí misma educa. Y que Sagunto, con su mezcla de sierra, mar, industria y ruina, enseña a mirar la complejidad sin miedo.

La Marjal dels Moros me devolvió a otro tipo de sensibilidad. Allí el agua quieta parece custodiar una paz antigua. Nada sobra y nada falta. Las aves migratorias atraviesan ese cielo como si siguieran una partitura que solo ellas conocen. El paisaje no exige nada. Simplemente está. Persistente, delicado, silencioso. Ese tipo de lugares me recuerdan que la vida se sostiene en equilibrios frágiles que rara vez apreciamos.

Terminé el día en una de las playas cercanas al municipio: la playa de Canet de Berenguer. Caminé por la orilla mientras el sol descendía y el mar brillaba con un tono cobre. El Mediterráneo tiene una forma peculiar de acompañar las reflexiones: nunca impone, pero tampoco se retira. Es presencia perpetua. Allí entendí que Sagunto se entrega siempre al final, cuando ya has pasado por todas sus capas, cuando has permitido que la piedra, la ruina, el mar, la montaña y el hierro entren en ti. La playa es la última página del relato, la que no se escribe con palabras sino con la respiración que queda al final de un día intenso.

El arte urbano, que desde hace años colorea los muros de la ciudad, es la prueba de que Sagunto no vive de espaldas al presente. Hay murales que son auténticos manifiestos políticos, otros que son poemas visuales, otros que funcionan como grietas de color en un paisaje de piedra antigua. Me gusta esa tensión entre lo clásico y lo contemporáneo. Es la prueba de que la ciudad no se conforma con ser un museo. Quiere dialogar con quienes la habitan ahora.

Mientras anochece y camino hacia el coche, comprendo que Sagunto es, en realidad, una forma de mirar el mundo. Un territorio donde la historia no se exhibe, sino que se respira. Donde cada piedra tiene algo que decir. Donde las épocas se abrazan y se contradicen. Donde la vida humana se expresa en infinitas capas. Cada vez que vuelvo, me enseña algo nuevo. Algo sobre el tiempo. Algo sobre mí mismo. Algo sobre la dignidad de los lugares que no necesitan gritar para hacerse eternos. Lo que hizo posible germinar la semilla de la novela «SAGVNTVM«, mi más reciente experiencia.

Sagunto, al final, es un espejo. Uno que no siempre devuelve la imagen que esperamos, pero que siempre ofrece la que necesitamos.


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