No escribí Miércoles Biodanza para contar una historia, sino para detener el tiempo. Para crear un santuario donde pudiera escucharse lo que no se dice. Donde cada gesto fuera una palabra y cada silencio, una confesión. No fue una novela planeada: fue dictada. Me la susurró la noche, el cuerpo, la herida. Me la mostró la mirada de alguien que temblaba antes de entrar en la sala, como si cruzar aquella puerta fuese regresar a una vida que creía perdida. Ese hombre era yo. Ese hombre, quizás, seas tú.
La literatura suele buscar la épica afuera: en guerras, viajes, conspiraciones, dramas. Pero hay una épica más silenciosa, más invisible, más radical: la de mirarse a los ojos sin huir. La de sostener la fragilidad del otro sin querer cambiarla. La de volver a tocar sin miedo, sin prisa, sin excusa. Esa es la verdadera revolución de este tiempo roto: el retorno al contacto, al cuerpo, a la presencia. Y por eso elegí situar toda la novela en una sola noche, en una única sesión de Biodanza, en una sala escondida del casco antiguo de Valencia, como si el mundo exterior se disolviera al cerrar la puerta. Como si el alma, por fin, pudiera hablar.
Miércoles, Biodanza es el retrato de un descenso. No al infierno, como en los relatos antiguos, sino al corazón. Un viaje inmóvil donde no hay desplazamiento físico, pero sí una migración emocional, espiritual, arquetípica. Una migración hacia el centro del ser. El protagonista no va a ningún sitio: es la vida quien viene a él. Sus heridas no son nuevas, pero esa noche, por fin, se atreven a mostrarse. Y cada personaje que lo rodea es un reflejo, un espejo, una voz que le recuerda partes olvidadas de sí mismo.
Hay una mujer en duelo que no puede llorar. Un joven exitoso que se desmorona al bailar. Una pareja que se abraza como si se despidiera. Un facilitador que no guía con palabras, sino con presencia. Y hay un ritual final —el agua, la gratitud, la entrega— que no es solo simbólico, sino profundamente real. Porque el alma humana no necesita argumentos: necesita actos. Necesita ritos. Necesita danzar su dolor hasta que el cuerpo lo transforme en belleza.
No concibo la escritura sin riesgo. No creo en el arte que no se moja, que no se mancha, que no se entrega. Por eso escribí cada página como si fuera la última. Como si pudiera fallar, sí, pero también como si pudiera sanar. No desde la teoría, sino desde la carne. Desde la respiración. Desde la memoria del cuerpo. Porque el cuerpo —ese gran olvidado por siglos de racionalismo y espiritualidad abstracta— guarda todas nuestras historias. Las que contamos. Y las que no pudimos contar.
En esa sala donde transcurre la novela, no se baila para entretener. Se baila para recordar. Para recordar que estamos vivos. Que hemos amado. Que hemos perdido. Que seguimos aquí. Que todavía late algo en nosotros capaz de emocionarse, de conmoverse, de rendirse. Esa es la clave: la rendición. No ante la tristeza, sino ante la verdad. Y la verdad es esta: necesitamos al otro. No como muleta, sino como espejo. Como posibilidad de volver a tocarnos sin miedo. De volver a ser humanos, más allá del personaje, del rol, del ego.
Lo más difícil no fue escribir los diálogos. Fue escribir lo que no se dice. El roce de una mano. El nudo en la garganta. El escalofrío cuando alguien te mira y reconoce lo que ni tú sabías que aún estaba ahí. Escribir eso sin caer en lo cursi, sin traicionar la emoción, sin edulcorar ni dramatizar. Solo mostrar. Solo ofrecer. Como hace el agua cuando la bebes. Como hace el fuego cuando te acercas. Como hace un cuerpo cuando por fin se permite ser.
Hay una escena que me marcó mientras escribía: la del círculo de bienvenida. Cuando todos están en silencio, en pie, mirándose, respirando juntos. Ese instante —que dura apenas unos segundos— contiene más humanidad que cien discursos. Porque en ese instante nadie se esconde. Nadie finge. Nadie huye. Solo están. Y eso, en estos tiempos, es un acto de resistencia.
Muchos me preguntan si Miércoles Biodanza es autobiográfica. La respuesta es esta: no lo sé. O quizás sí, pero no importa. Porque todos somos, en algún momento, ese hombre que regresa a una sala con el alma temblando. Todos hemos sentido el miedo de abrirnos. El deseo de volver. La nostalgia de un cuerpo amado. La herida de un abandono. El vértigo de la entrega. El anhelo de un reencuentro que no sabemos si sucederá. Lo autobiográfico, en esta novela, no es la historia. Es la emoción. Es la vivencia.
Y esa vivencia tiene nombre: Biodanza. No como técnica. No como sistema. Sino como acto de memoria. Como ritual de alma. Como pedagogía del amor. Rolando Toro hablaba del principio biocéntrico: la vida en el centro. No la productividad. No la eficiencia. No la perfección. La vida. Y eso implica caos, dolor, alegría, contradicción, belleza, ternura. Implica moverse con el otro. Respirar con el otro. Acompañarse. Eso es Biodanza. Y eso es esta novela.
No escribí para convencer a nadie. Escribí para recordar. Para invocar. Para celebrar. Y para agradecer. Porque si algo aprendí en mi camino —como hombre, como escritor, como alma encarnada— es esto: que la belleza sana. Que la palabra, cuando nace del cuerpo, no hiere. Que la mirada, cuando es sincera, salva. Que aún es posible el milagro de una sala donde las personas se encuentren, no para hablar, sino para danzar. Para llorar sin culpa. Para reír sin miedo. Para tocarse sin deseo de poseer. Solo para estar. Solo para amar.
Vivimos tiempos extraños. Rápidos. Desvinculados. Saturados de información y hambrientos de sentido. Y ahí, en medio de todo ese ruido, propongo una novela que no grita. Que no acelera. Que no exhibe. Una novela que respira. Que camina descalza. Que se detiene. Y que te invita a detenerte con ella. Porque quizás, al detenerte, puedas escucharte. Y al escucharte, recordar lo esencial.
Este libro no tiene moraleja. No tiene mensaje. Tiene latido. Tiene cuerpo. Tiene alma. Y si al leerlo algo en ti se remueve, se ablanda, se despierta, entonces ya habrá cumplido su misión. No como producto cultural, sino como acto poético. No como entretenimiento, sino como medicina. Porque eso es la literatura cuando nace del centro: un espejo sagrado donde reconocernos más allá del tiempo, del nombre, del miedo.
He escrito esta novela como quien ofrece una danza. Como quien extiende la mano en mitad del caos y dice: estoy aquí. Bailo contigo. Lloro contigo. Te veo. Y tú también puedes ver. Y tú también puedes recordar. Y tú también puedes amar.
Esa es la invitación.
Ese es el fuego.
Y ese, querido lector, es el milagro.






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