La memoria como territorio: cuando Sagunto me enseñó a mirar el origen

Hay ciudades que no se levantan con piedra, sino con palabra. Sagunto, o Arse, pertenece a esa estirpe de lugares donde la historia no se mide por fechas, sino por la hondura de su resonancia. Cuando escribí SAGVNTVM, comprendí que no estaba reconstruyendo un pasado: estaba escuchando una voz. Una voz enterrada bajo siglos de polvo, pero viva. No era sólo una ciudad la que pedía memoria, sino una conciencia que reclamaba ser pronunciada de nuevo.

Abordo este escenario en SAGVNTVM, no como un arqueólogo que cava, sino como un testigo que escucha. El fragmento en que se despliega el origen de la ciudad —entre tirios, fenicios, griegos, íberos y romanos— es, en realidad, una meditación sobre el nacimiento de toda civilización: la imposibilidad de un origen puro.

Mientras estudiaba sus orígenes, entre Estrabón, Avieno, Pomponio Mela y las investigaciones de Carmen Aranegui, entendí que toda fundación es un mito verdadero. Sagunto no nació en una fecha exacta; nació en un gesto. Entre navegantes fenicios, colonos griegos y pueblos íberos que compartieron el pan y el agua antes de que existiera la idea misma de Europa. No buscaban dominarse unos a otros, sino comerciar, convivir, aprender. Aquel mestizaje fue la primera forma de sabiduría: el reconocimiento del otro como espejo y medida.

Por eso, más allá de la arqueología, lo que quise recuperar fue la emoción de aquel comienzo. La sensación de que el mundo se abría como un mercado luminoso donde todo podía intercambiarse: lenguas, ritos, semillas, miradas. En el cerro del castillo de Sagunto, en el “Pic dels Corbs”, no sólo floreció una oppida íbera: nació una idea de humanidad. A veces creo que allí, bajo esa tierra que aún respira, se encendió el fuego de una civilización que aún nos sostiene.

Los historiadores han debatido durante siglos sobre la fecha de su fundación, pero lo esencial está en la mirada. Lo que me interesa no es cuándo, sino cómo. Sagunto fue, antes que fortaleza, un puente. Y esa es la metáfora que quise custodiar: el Mediterráneo como conciencia líquida, el diálogo como cimiento. En sus muros no se levantó una patria, sino una pregunta: ¿de qué estamos hechos cuando dejamos de temer la mezcla?

Ese mestizaje —ese pacto de lenguas, ritos y sangres— es el núcleo filosófico del texto. Porque en él no sólo se narra la fundación de un oppidum, sino la fundación del diálogo. Antes de que Europa inventara su nombre, ya existía Sagunto: un enclave donde lo sagrado no se imponía, se compartía. Donde la palabra “hospitalidad” tenía rango de ley y la frontera era, todavía, una zona de intercambio. No lo subrayo: lo sugiero. Y en esa sugerencia reside su grandeza.

Creo que la grandeza de un pueblo no se mide por sus murallas, sino por la amplitud de su hospitalidad. Por eso, cuando escribo sobre el siglo V a. C., cuando los jonios de Zàzinto comerciaban con los íberos del cerro, no estoy describiendo un dato arqueológico, sino una intuición ética: el origen de la civilización es la curiosidad. Allí donde alguien ofrece agua a un extranjero, comienza la historia.

Mi prosa quiso respetar esa pureza: no adornar, sino medir. He tratado de escribir como se construía entonces: con ritmo, con proporción, con respeto. Cada nombre antiguo que invoco —Emporion, Massalia, Zàzinto— no es sólo geografía, sino memoria. Me gusta pensar que, cuando los lectores pronuncian esas palabras, la ciudad vuelve a respirar.

En realidad, SAGVNTVM no es sólo una novela sobre un lugar. Es una reflexión sobre el mestizaje que nos hizo posibles. El Mediterráneo fue siempre una escuela de fusión, no de pureza. Las culturas que intentaron aislarse se extinguieron; las que se mezclaron, florecieron. Sagunto sobrevivió a su ruina porque encarnó esa ley: todo lo que se mezcla vive.

Mientras recorría las piedras ennegrecidas de su castillo, comprendí que escribir historia es como encender una lámpara dentro del polvo. No basta con registrar los hechos: hay que darles temperatura. Lo que late bajo la erudición es la respiración moral de los siglos. La novela quiso ser eso: una restitución del alma del lugar.

Cuando menciono a humanistas como Mayans o Boix, o a los arqueólogos contemporáneos, no lo hago por erudición, sino por gratitud. Cada uno de ellos sostuvo una parte del hilo que yo sólo he intentado continuar. Me emociona pensar que la literatura puede unir a quienes separó el tiempo, y que todos, de algún modo, hemos participado en la misma empresa: rescatar la verdad de la belleza.

La ciudad de Arse/Sagunto es un cruce de voces, un laboratorio donde la historia europea se ensayó a sí misma antes de ser historia. En sus piedras aún se oye la respiración de un mestizaje originario: la alianza entre navegantes griegos, mercaderes fenicios y campesinos íberos que levantaron, sin saberlo, una metáfora de lo que luego llamaríamos Mediterráneo.

La idea de “mestizaje enriquecedor” que subraya el texto no es una frase arqueológica: es un principio civilizatorio. En una época donde los nacionalismos reducen la identidad a frontera, Recuerdo que toda grandeza nació del encuentro. Que no hay cultura sin mezcla, ni memoria sin migraciones. Que los cimientos del mundo antiguo fueron, en realidad, pactos tácitos de curiosidad.

Sagunto no fue sólo un episodio de la historia antigua. Es una metáfora de lo que aún podemos ser. Una ciudad que comprendió, antes que nadie, que la justicia nace de la mezcla y que el respeto por lo sagrado comienza cuando se acoge al otro. Escribí su origen como quien escribe un espejo: para recordar que cada civilización se levanta sobre la alianza invisible entre los que llegan y los que esperan.

La reflexión final a la que conduce este pasaje es clara: toda civilización nace de una herida compartida. Sagunto fue destruida, sí, pero su ruina fue semilla. El mestizaje que la fundó sobrevivió a su incendio. Hoy, cuando las sociedades vuelven a encerrarse en identidades excluyentes, la lección de Arse resuena como advertencia: ninguna muralla protege tanto como el diálogo.

Hoy, cuando vuelvo a leer ese fragmento, siento que su mensaje sigue intacto. Que la memoria no es pasado, sino materia viva. Que cada lector que se acerca a SAGVNTVM vuelve a fundar la ciudad dentro de sí. Y que, mientras exista esa conciencia, el Halcón de Arse seguirá volando sobre nosotros, recordándonos que todo origen verdadero no se encuentra en la piedra, sino en la palabra cumplida.


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