Escribir no es una profesión. No es un oficio. No es siquiera un arte en el sentido en que muchos lo usan para decorar su propio narcisismo. Escribir es una forma de atravesarse. De acompañar las propias sombras y aprender a reconocerlas sin huir. Escribir es un descenso ritual. Un viaje que implica despojarse de capas, máscaras y discursos aprendidos hasta llegar al hueso vivo de la experiencia. Nadie debería escribir si no está dispuesto a morir un poco. Porque la palabra verdadera no sale intacta del cuerpo: atraviesa, hiere, se lleva algo consigo, y también deja algo que antes no estaba.

Podría haber aprendido esto en talleres, en libros de técnica narrativa, en análisis literarios. Pero no fue así. Yo lo aprendí mirando hacia adentro. Lo aprendí escuchando algo que no siempre quería escuchar: mi voz interior, la más pequeña, la que no hace ruido, la que no busca aprobación, la que no quiere demostrar nada. Esa voz no te dice qué deberías escribir; te dice lo que has venido a escribir. Y eso cambia todo.

Durante años confundí inspiración con relámpago, con proyecto súbito. Ahora sé que la inspiración verdadera es un animal salvaje que vive en lo profundo y que solo se acerca cuando percibe autenticidad. Cuando uno deja de escribir para ser leído y empieza a escribir para ser verdadero. La literatura no nace de lo que sé, ni de lo que imagino, ni de lo que aspiro a ser. Nace de lo que soy cuando ya no me escondo.

He visto a muchos preguntarse: “¿cómo se aprende a escribir?”. Y siempre siento la tentación de responder con una frase simple: aprende a escucharte. Pero escucharse de verdad requiere valentía. Implica atravesar el ruido del mundo, atravesar el ruido de la mente, atravesar incluso el ruido de lo que creemos que somos. La mayoría nunca llega ahí. Se queda en la superficie, en la palabra fácil, en el adjetivo que adorna, en la frase bonita que no toca nada. Se puede publicar libros enteros sin decir una sola verdad. Y nadie lo notará. Pero tú sí lo sabrás. Y eso basta para destruirte.

Por eso escribir es también un acto moral.

No porque debamos enseñar nada.

No porque debamos ser ejemplo.

Sino porque uno es responsable de la verdad que entrega.

Yo escribo porque sé que hay alguien —quizás uno solo, quizás muchos— que necesita escuchar algo que yo solo podré decir si me atrevo a mirar hacia dentro sin anestesia. No escribo para persuadir, no escribo para convencer, no escribo para gustar. Escribo para reconocerme. Si al hacerlo alguien más se reconoce también, entonces la literatura ha cumplido su único propósito legítimo: recordarnos que no estamos solos.

La página en blanco no está vacía. Está llena de aquello que aún no has aceptado. Lo que te cuesta nombrar. Lo que te avergüenza. Lo que te dolió tanto que creíste que el silencio era el único modo de sobrevivirlo. Pero escribir es negarse a desaparecer. Es decir: “Esto que viví merece existir en el mundo. No se quedará encerrado dentro de mi cuerpo como una piedra”. Porque la piedra, si no la nombras, se convierte en enfermedad, en cinismo, en indiferencia, en autocensura. La escritura es una medicina que duele antes de curar.

He aprendido que escribir no es más difícil que vivir. Es exactamente igual. El mismo ritmo, la misma respiración. Cada frase nace como nacen los días: con incertidumbre y con un temblor al borde del abismo. A veces la luz viene después, a veces no. Pero la honestidad es la única brújula que jamás falla.

Hay quien pide consejos. Yo no tengo consejos; tengo experiencias quemadas en la piel. Pero si tuviera que condensar algo para alguien que quiere empezar, sería esto:

No escribas para brillar. Escribe para iluminar algo que estaba oscuro.

No escribas para esconderte. Escribe para desnudarte.

No escribas para que te lean. Escribe para que te recuerden.

Porque al final, lo único que queda de toda literatura es la huella que deja en la conciencia del lector. No recordamos el argumento de los libros que nos transformaron. Recordamos cómo nos hicieron sentir. Recordamos la puerta que nos abrieron. Recordamos el lugar al que nos llevaron dentro de nosotros mismos.

La escritura más elevada no es una exhibición. Es una transmisión.

Y transmitir es entregar algo vivo. Algo que respira. Algo que tiene pulso. Puedes pasar años estudiando técnica, pero si tu texto no tiene pulso, está muerto. Y un texto muerto no toca a nadie. Puedes dominar la puntuación, la estructura, la voz narrativa. Puedes citar a los autores canónicos. Puedes escribir impecablemente. Pero si no te has atrevido a sangrar, no has escrito nada.

Yo he comprendido esto tarde. Y me alegro de que haya sido así. Porque si lo hubiese comprendido demasiado pronto, quizá no habría tenido la fortaleza de sostenerlo. Escribir exige una madurez que no tiene nada que ver con la edad. Una madurez que consiste en aceptar que no somos héroes, ni víctimas, ni genios, ni marionetas. Solo somos seres humanos intentando decir la verdad antes de que el tiempo nos borre.

Cuando escribo, no busco belleza. La belleza llega sola cuando la verdad está bien dicha. Y la verdad se dice bien cuando no se intenta embellecer. La palabra perfecta es la palabra inevitable. La palabra que no podría ser otra. La palabra que brota cuando la mente se silencia y el alma habla.

Escribir es, en el fondo, regresar a casa.

Regresar a ese lugar que siempre estuvo ahí, pero al que no nos atrevimos a entrar hasta que la vida nos empujó contra nosotros mismos. Y cuando uno vuelve, cuando uno llega al fin a ese centro donde todo es simple y esencial, se da cuenta de que no había nada que aprender. Solo había que recordar.

Y entonces, escribimos.

Como quien respira.

Como quien ama.

Como quien existe.

Sin esfuerzo.

Sin máscara.

Sin miedo.

Lo que eres es suficiente. Y lo que has vivido es materia sagrada. No mires hacia afuera para buscar historias: mírate. Todo lo que necesitas está ahí. Tu infancia. Tus derrotas. Tus sueños no cumplidos. Tus silencios. Tus pérdidas. Tus renuncias. Tus victorias que nadie vio. Tus heridas. Tus cicatrices. Tus milagros cotidianos.

Todo eso arde. Todo eso quiere ser dicho.

Escribir no es un oficio.

Es un destino.


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