«He caminado tantos años entre los nombres y las ruinas que ya no sé si soy yo quien busca a Sagunto o Sagunto quien me persigue.» Así lo confiesa el narrador de mi nueva novela SAGVNTVM —y lo confieso también yo, como escritor, como cronista de un pasado que no se deja olvidar. Porque en el cerro del Pic dels Corbs, en la Arse íbera, en la Zazinto griega, en la Sagvntvm romana, en la ciudad que fue llamada luego Morvedre y actualmente  “Sagunto”, no arde tan sólo la historia: arde la conciencia, la memoria, la forma de estar vivo. Arder no es morir: arder es resistir. Y este es el hilo que atraviesa mi libro.

Al evocar el asedio de 219 a. C., al convocar a la sacerdotisa de Artemisa, Berenice‑Neria, al situar a Isandro de Focea como cronista y amante a destiempo, no busco una recreación grandilocuente del pasado, sino un espacio literario donde la épica se hibrida con la introspección, lo ritual con lo íntimo, la ciudad‑muro con la carne vulnerada. Porque Sagunto no es sólo un nombre en los tratados de Historia, sino un vestigio de lo que significa elegir, rechazar, entregarse o vencer. Y yo escribo para quienes aún necesitan preguntarse: ¿qué significa pertenecer cuando la patria se convierte en ceniza?

La voz del narrador nos dice que “cada libro que abro, cada crónica que leo, cada hallazgo arqueológico que observo, me devuelve al mismo fuego de hace más de dos milenios”. Esa repetición no es mero estilo: es un mecanismo de verdad literaria. Comprender que el pasado no yace muerto en el archivo, sino que se reclama vivo, que nos exige responsabilidad. Y saber que la ruina no es sólo lo que queda, sino también lo que continúa en nosotros. En ese sentido, el recurso literario de la novela no apunta al realismo histórico sino al realismo moral: Arse decide arder para no entregarse, y esa decisión late en el lector como un deber.

Desde la fundación tirio‑fenicia, desde la oppidización ibérica del cerro, desde la explosión del sitio bajo las máquinas de guerra de Aníbal — cada capa de temporalidad se superpone sin perder su reverberación. Los historiadores lo han dicho: Polibio, Tito Livio, Apiano, Plutarco… todos escribieron de Sagunto una advertencia. Y mi novela recoge esa advertencia para convertirla en canto. Un canto que no se alza sobre la victoria, sino sobre el obstinamiento de lo que no se rinde. Porque la destrucción —cuando es autónoma, cuando es elegida— se vuelve acto fundacional. La novela propone que la ciudad que se quema no es solo derrota, sino también proto‑resistencia, mito vivo que habita en nosotros.

Como escritor valenciano, me reconoce una doble herida y una doble promesa: la herida del olvido colectivo y la promesa de recuperar el vigor de una memoria que se vuelve paisaje. No pido monumentos vacíos. Pido que la palabra literaria sea puente entre piedra calcinada y consciencia despierta. Pido que la ruina no sea escenario pasivo, sino argumento. Y mi ficción se convierte en acto ético: no se trata de narrar para entretener, sino de narrar para liberar.

Dentro de la trama, Berenice/Neria no es mero personaje de la cotidianidad heroica. Es sacerdotisa, doble raíz —helénica e íbera—, símbolo de la tensión que se desata cuando se rechaza la dictadura del cálculo ‑‑y se abraza la hospitalidad. Mientras Isandro pesa ánforas, negocia tratados, mide expectativas, ocurre lo que toda buena ficción plantea: el cuerpo asume aquello que la lógica niega. El sitio es política, pero también éxtasis. La guerra no es solo arma, sino lenguaje. Y en ese lenguaje la ciudad sale del silencio y grita: “No entregamos nuestras almas”.

Es aquí donde se encuentra la resonancia personal que deseaba explorar. La que lleva al lector a preguntarse si su propia existencia se ha sentado a negociar con el deber o con la comodidad. ¿Cuántas Saguntos interiores permitimos que se incendien sin darles nombre? ¿Cuántas ciudades simbólicas erramos porque preferimos vivir sin testigos? La novela formula la pregunta moral y luego entrega la estética: el halcón del título no es sólo símbolo de mando, sino de vigilancia, de vuelo sobre lo mundano para ver lo que está oculto.

El relato se despliega en la catástrofe militar, pero también en la intimidad del juramento, en la vigilia de quien se resiste, en el cuerpo que se sacrifica para que otro viva. Es un libro que no teme al ruido: al contrario, lo invita. A esa tormenta de espadas, de torres de asedio, de arietes, se contrapone el murmullo de la lúnula al cuello de Berenice, el crujido de la madera en la pira, el canto nocturno de los niños que creían que aún existía mañana. Esa dialéctica entre lo microlírico y lo macrohistórico configura el tejido del libro: la muerte como ruptura y la palabra como testigo.

El análisis histórico permite entender que el sitio de Sagunto no fue un incidente aislado, sino la pieza angular de un juego imperial que decidiría el futuro del Mediterráneo. Pero la interpretación literaria permite dar otro paso: transformar ese pasado en espejo del presente. Hoy, cuando las ciudades se arden por dentro —no por máquinas de guerra sino por indiferencia, consumo, memoria diluida—, mi novela reclama que no olvidemos la técnica del fuego simbólico, la combustión de la dignidad. Que la ciudad que se rinde ante el olvido ya no se llama Arse, se llama cualquiera de nuestras vidas.

En mi voz de narrador, he querido conjugar la erudición con la urgencia. Porque el lector exigente ya no busca sólo vértigo: busca sentido. Y sentido es cómo sobrevivimos al derrumbe de lo que parecía eterno. SAGVNTVM se convierte así en tratado sobre la pertenencia, el asedio interior y la escritura como acto supremo de resistencia. Pero también como hospitalidad a lo que ha sido destruido. El ancestro, la ciudad, la idea, el nombre: todos pueden morir, pero su memoria exige reescribirse.

La conclusión de este recorrido literario es clara: la destrucción de Sagunto nos enseña lo que solemos olvida­r: que la ciudad es su promesa colectiva, que rendirse no es sólo perder muros sino traicionar lo que se ama. Y que la novela, en su mejor forma, no sólo relata la muerte de lo grande sino la elevación de aquello que parece ínfimo: una ciudad pequeña, un juramento, un halcón sobre salinas.

Mi convicción, tras escribir esta novela, es que la historia — la buena historia — no está hecha de datos sino de compromisos. No de victorias sino de resistencia. No de ruinas sino de luces que siguen parpadeando. Y si algún lector pierde el aliento ante la última página, si al menos uno pregunta “¿en qué muralla mía estoy permitido arder?” — entonces mi trabajo habrá tenido sentido.

Porque la ceniza de Arse sigue viva. Y en esa vitalidad está el deber de la literatura. Y en ese deber está nuestra libertad.


Descubre más desde Enrique Bonalba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Tendencias

Descubre más desde Enrique Bonalba

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo