Escribo desde el filo de una ciudad doble: la que arde en los libros y la que, cuando nadie mira, se desmorona por dentro. Durante años he seguido las huellas de Sagunto como quien persigue el eco de un juramento. A veces he creído que era yo quien buscaba su historia; ahora sé que fue la ciudad la que me eligió para medirse en mí. En «SAGVNTVM: Hanníbal, la Sacerdotisa de Arse y el Círculo del Halcón» no conté un episodio militar: puse a prueba una idea que me obsesiona desde que abrí por primera vez a Polibio y a Livio. ¿Puede una comunidad decidir su destino aunque ese destino sea la misma muerte? Mi novela responde desde un lugar peligroso: no con un argumento, sino con una práctica. Allí donde otros leen pólvora, yo veo un método.

La hospitalidad inviolable que vertebra Arse no es un adorno ceremonial; es la máquina secreta que gobierna la ciudad. Podría decir, con Foucault, que se trata de un dispositivo: produce cuerpos protegidos, traza pasillos de agua, establece horarios para el pan y define aquello que una ciudad está dispuesta a perder con tal de seguir llamándose ciudad. Artemisa no salva murallas; salva el nombre. La sacerdotisa —Berenice para la plaza, Neria cuando se apagan las lámparas— es menos un personaje que un protocolo encarnado: la vara del codo para medir, la lúnula para recordar que la ley no es una pared, sino un ritmo respirable. En torno a ella, Isandro aprende que la memoria es una técnica cívica y no un álbum de nostalgias. Cuando se desata el asedio, el ritual no se retira; cambia de compás. En cada decisión —qué hacer con los suplicantes, cómo racionar el agua, cuándo encender la triple antorcha— la ciudad se gobierna a sí misma por medio de un lenguaje que, si se escucha bien, no es teológico: es político.

Me interesaba, también, la tensión entre eros y administración. Marcuse supo ver que una sociedad puede volverse invivible no solo por la violencia externa, sino por la obediencia sin imaginación. En mi historia, el amor entre Isandro y Berenice no es un aderezo romántico: es la negación íntima de la ciudad administrada cuando la administración ya no alcanza. Sus encuentros no proclaman un derecho; ensayan una posibilidad de libertad en medio de la contabilidad del hambre. Donde Tirkanor convierte el cuerpo en espectáculo de miedo, Berenice convierte el cuerpo en medida y cuidado. Ese contraste funda la ética de la novela: el mal necesita público; la justicia, distancia. Por eso, cuando la ciudad arroja su tesoro al fuego, no ejecuta un gesto melodramático, sino el “gran rechazo” que desarma la gramática del botín. Quemar el oro es quemar el lenguaje del enemigo.

Jung me enseñó a desconfiar de las explicaciones que olvidan a la Sombra. Hanníbal no es el demonio de mi relato: es el héroe trágico atrapado por una promesa antigua, el estratega que administra máquinas y tribus mientras un juramento de infancia le horada la voluntad. Su inteligencia persigue la eficacia; su destino, el fracaso magnífico. La Sombra verdadera es Tirkanor, violencia sin relato que profana lo sagrado porque no reconoce que exista nada fuera de su deseo de dominio. Frente a ese fondo oscuro, la lúnula de Berenice no es joya: es la coniunctio de dos herencias —griega e indígena— que la ciudad aceptó como brújula. El halcón sobre la acrópolis tampoco es ornamento; es la imagen del Sí-mismo que obliga a mirar desde más arriba para no mentir abajo. Ese círculo inmóvil en el cielo restituye el ángulo correcto cuando el miedo deforma las líneas.

Si algo debo a Harari es la conciencia de que las sociedades se sostienen con ficciones compartidas, y que algunas ficciones son más verdaderas que ciertos hechos. La hospitalidad de Arse funciona como una tecnología de cooperación en tiempo de escasez. De ese mito depende que el pan llegue primero a los niños, que los suplicantes no se entreguen, que el agua se reparta sin devenir mercancía. Por eso el sitio no solo aplasta piedras: intenta quebrar el relato. Cuando los mercenarios cuelgan prisioneros frente a la muralla, han comprendido que la manera más rápida de destruir a un pueblo es humillar su mito. Mi novela, entonces, se coloca en la única trinchera que todavía importa cuando todo arde: la del sentido. El botín no es la ciudad; el botín es su memoria. Si esa memoria resiste, la derrota no se consuma.

He querido escribir a la luz de los viejos cronistas sin someterme a su dicción. Polibio ofrece método; Livio, teatro; Apiano, análisis; Silio, música; Floro, sentencia. Cada uno presta un lente. Yo tomé de todos lo que me servía para construir un corazón que late como documento y como elegía. No me interesaba la exactitud arqueológica aislada —que la hay, y la debo a la gente que mide su vida en estratos— si a cambio renunciaba a la verdad moral de un gesto. Por eso la novela es, a la vez, fresco y ensayo, episodio de asedio y tratado sobre la hospitalidad. En ese cruce de registros me jugué la voz: necesitaba la prosa precisa que pesa objetos y distancias, y la respiración larga que sostiene un silencio cuando la ciudad decide algo que la excede.

Desde esa voz hablo ahora a mis lectores, y también a mí. La literatura, si vale para algo, debe enseñarme a vivir. Me pedís con frecuencia una solución para sostener la paz interior, la salud, el amor, las relaciones y el sustento. No tengo recetas mágicas, pero la propia arquitectura del libro me regaló un método que practico cada mañana y propongo sin rubor. Lo llamo el método del Círculo del Halcón. Tres gestos: agua, medida y memoria. Agua primero: cuido el cuerpo como si fuera una cisterna en asedio, sin drama y sin negligencia, con sueño suficiente, alimento sobrio, respiración consciente; diez minutos de silencio antes de abrir el mercado de las voces. Medida después: mido mis recursos —tiempo, dinero, atención— con la vara del codo; todo lo que no construye mi ciudad interior se queda fuera, por brillante que parezca; una decisión mala es peor que una derrota. Memoria al final: anoto qué promesas guían el día y a quién pertenezco; no al algoritmo, no a la prisa, no a la imagen; pertenezco a mis vínculos y a mi oficio. Cuando ese triple rito se vuelve hábito, el ruido pierde fuelle. En las relaciones personales, la hospitalidad inviolable es una práctica cotidiana: escuchar antes de definir, proteger al vulnerable, no comerciar con la confianza. En la economía, quemo el oro innecesario para que no me gobierne: renuncio a gastos que compran aplausos y financio, en cambio, aquello que me permite seguir creando con dignidad. No busco la abundancia como acumulación, sino como libertad de elección. Es una ética antigua, pero funciona.

Vuelvo a la novela y al tipo de conversación que deseo abrir en mis lecturas públicas y en mis redes. Me interesa preguntar, sin paz fingida: ¿qué merece ser salvado cuando no podemos salvar el cuerpo? Quiero proponer un hilo titulado «La hospitalidad como firewall»: por qué un juramento puede bloquear la lógica del saqueo y, a la vez, sostener la cooperación. Otro se llamará «El asedio interior»: cómo las ciudades caen por dentro antes de que caigan sus murallas, y qué prácticas —no discursos— lo impiden. Un tercero, «La economía de la renuncia»: por qué quemar el tesoro no empobrece, sino que devuelve agencia. Un cuarto, «Rituales como tecnologías cívicas»: lo que la antropología, la psicología y la neurociencia ya saben sobre la eficacia del rito cuando las instituciones flaquean. Un quinto, «Hanníbal, trágico de la imposibilidad»: el coste psicológico del liderazgo atado a un juramento infantil y la dialéctica entre fines grandiosos y medios sucios. Un sexto, «Tirkanor, la Sombra sin mito»: por qué la violencia sin relato necesita espectáculo y cómo la cultura lo desarma. Y uno más, «El halcón y la lúnula»: símbolos que enseñan a mirar desde la altura y a no olvidar desde la carne. No serán hilos de autoayuda; serán ejercicios de ciudadanía sensible.

SAGVNTVM ha sido para mí un laboratorio de responsabilidad. He intentado que cada diálogo esconda capas: lo que se dice y lo que se calla; la política que usa las palabras como andamio y la fe que las usa como agua. He perseguido una prosa que sirva a los dos lectores que llevo dentro: el que quiere sentir el olor a pez y resina de una plaza sitiada, y el que necesita entender el fundamento filosófico de un gesto. Hay escenas en las que el destino se decide con un cuchillo; en otras, con una palabra sostenida a tiempo. El límite lo marca siempre la hospitalidad. Nadie puede llamarse libre si consiente en entregar al que se acogió a su mesa. La ley de Arse me parece, hoy, la prueba más severa y más bella de esa libertad.

Lo que me conmueve, al cerrar el libro y levantar la vista del teclado, es una certeza incómoda. La grandeza de Sagunto no consiste en haber peleado mejor, sino en haber entendido a tiempo que la dignidad, cuando se abraza hasta el final, transforma incluso la derrota. Es fácil decirlo sin hambre; es otra cosa vivirlo cuando un ejército trabaja día y noche a la puerta. En esa distancia entre el discurso y el acto reside, creo, la tarea del escritor. Yo no estoy llamado a dar órdenes ni a repartir pan; sí a construir relatos que sostengan la respiración de una ciudad. Si la literatura sirve, sirve para esto: para convertir la memoria en algo más que luto; para volver habitable el presente sin negar la verdad de sus sombras; para elegir, cuando haga falta, arder de pie.

He caminado de la mano de viejos textos y de piedras modernas. He discutido con quienes exigen fidelidad filológica absoluta y con quienes confunden épica con ruido. De todos he aprendido. A los primeros les concedo que el rigor importa; a los segundos, que sin corazón no hay verdad. Mi apuesta ha sido la de un escritor de esta tierra que no se conforma con rezar el nombre de Sagunto mientras el castillo se desmigaja. Quiero exigir, con voz clara, recursos y cuidado; pero también ofrecer lo que sé hacer: un libro que ayude a pensar por qué nos merece la pena salvar ciertas cosas y no otras. Si Troya nos enseñó que el deseo y la política se confunden, Sagunto nos recuerda que una ciudad que protege a sus suplicantes está decidiendo el tipo de humanos que quiere engendrar.

Cuando comparto fragmentos en mis redes, no busco escándalo ni trending topic; busco aliados morales. Quien entra en esta historia se reconoce, tarde o temprano, en una pregunta que no se agota: ¿de qué lado deseo estar cuando el mundo me pida el sacrificio de mi relato? No necesito que todos respondan igual; necesito que esa pregunta les impida dormirse. Si lo consigo, aunque sea en uno de vosotros, la novela habrá cumplido su oficio.

Termino como empecé, con la imagen que más me interroga. Un halcón inmóvil sobre la ciudad, como si la gravedad no le concerniera. Debajo, hombres y mujeres que cargan agua, atan vendas, discuten medidas, deciden destinos. Me gusta pensar que ese círculo es también la forma mínima de la esperanza: un movimiento sin agotamiento, una mirada que no se rinde al primer humo. Yo escribo para acercarme a ese ojo, para no dejar que la Sombra decida el vocabulario de mis días, para que, cuando me toque elegir, no lo haga por miedo, sino por fidelidad. Si alguna vez me pierdo, volveré a la vara del codo, al cuenco de agua, a la lúnula sobre el pecho. Y seguiré escribiendo, porque en esa obstinación, modesta y feroz, he encontrado la única solución digna de ese nombre: vivir a la altura de lo que digo.


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