Desde que releí las primeras páginas de Entre Naranjos de Blasco Ibáñez, he tenido la sensación de caminar con los pies todavía húmedos por un valle que no termina de escurrirse. Blasco me devuelve a una Alzira, una Valencia, que no es solo paisaje: es un organismo respirando a ras de naranjo, con el Xùquer (Júcar) entrando como un vecino antiguo que conoce todas las llaves. La frase golpea como una campana de barro: el río peinando “sus aguas fangosas y rojizas en los machones del puente”, ese rumor que parece arrastrar no solo ramas sino certezas. Yo avanzo ahora, más de un siglo después, sobre calles donde la DANA rompió la música del otoño y la convirtió en letanía. Hay mañanas en que aún me llega el olor de la madera mojada y la electricidad humedecida, y vuelvo a abrir la novela como quien consulta un mapa del alma: no para encontrar consuelo, sino para nombrar aquello que el agua se empeña en borrar. También me imagino el tono del pincel de Blasco, al pintar Entre Naranjos, si hubiera vivido lo suficiente para reflejar todos los grises bruma de la riada de Valencia de 1957.
Siempre he sospechado que la literatura, cuando toca un lugar verdadero, se convierte en memoria preventiva. En Entre Naranjos, el Xùquer (Júcar) no es telón, es personaje: una voluntad que observa a los hombres que levantan casas y proyectos en la llanura de inundación y que, de tarde en tarde, reclama su derecho de paso. Lo que entonces era intuición —esa extraña sabiduría de los mayores que miraban nubes y meandros— hoy se confirma en informes, gráficos y calendarios rotos. Pienso en el 29 de octubre de 2024, cuando la atmósfera decidió estacionarse sobre nosotros como una amenaza quieta, y la DANA descargó lo que en algunos pueblos parecía un año entero de lluvia comprimido en unas pocas horas. La palabra “extraordinario” se volvió literal, con registros que todavía me cuesta aceptar: Turís marcó un récord de 184,6 litros por metro cuadrado en una sola hora, y el total del día rozó los 772. Ese día aprendimos de nuevo que el Mediterráneo no llueve: a veces cae. Y que el valle citrícola, tan bello, tan abierto, es también una invitación para las aguas desatadas.
Cierro los ojos y veo todavía la línea marrón en las paredes. Ese zócalo de barro que quedó como horizonte testigo en los comedores, en los portales, en los colegios. La cifra de las vidas perdidas empezó siendo un murmullo indeciso, luego creció hasta convertirse en una magnitud insoportable: 229 fallecidos, decenas de dependientes atrapados entre cables y silencios, barrios enteros con la respiración contenida, el 112 colapsado, la geografía convertida en un tablero que ya no obedecía. Uno intenta que el número no deshumanice, que cada cifra sea un nombre, un objeto, una silla vacía. Yo, que escribo, me obligo a pronunciar la tragedia en singular: una puerta que se quedó atascada, un teléfono que no sonó, un vecino que llamó por última vez, un perro que ladró hasta quedarse sin voz. Así he caminado estos meses: con las botas de la memoria, pisando el lodo que no se ve.
Hubo instantes en que las palabras técnicas —mesoescala, retorno de mil años, laminación— se me pegaron a la lengua con la misma obstinación que el barro al tobillo. Los técnicos han dicho que lo que ocurrió supera los patrones conocidos, que la lluvia se autoregeneraba sobre el mismo lugar como si hubiera aprendido a replicarse contra nosotros, y que el mapa de vulnerabilidades estaba mil veces dibujado y otras tantas ignorado. Me lo repito en voz baja: en el Turia funcionaron defensas; en el Magro, a medias; en la rambla del Poyo, sin una actuación ejecutada, el daño fue mayor y la muerte encontró su pasillo. En ese contraste, tan seco, tan cruel, descubro la verdadera sintaxis de una catástrofe: no es solo la nube, es la decisión. Y detrás de cada decisión, una economía, una prioridad, una forma de mirar el territorio como si fuera infinito y dócil. El día 29 aprendimos lo contrario. El territorio tiene memoria y se defiende.
La noche de la DANA yo la pasé pegado al móvil, a las radios que iban y venían, a los mensajes de amigos que no podían salir del garaje, a la fotografía de una barca improvisada sobre la avenida que no había sido nunca un cauce y, sin embargo, lo fue. Más tarde llegaron las preguntas que se encienden cuando la corriente se retira: por qué no saltó a tiempo la alerta, por qué tantos dependientes se quedaron esperando instrucciones que nadie les dio, por qué los canales de comunicación se comportaron como diques que también se rompían. Recuerdo la primera vez que leí que la AEMET no tenía constancia de haber sido consultada por la Generalitat sobre avisos específicos para 37 dependientes conectados a teleasistencia; sentí que aquello pinchaba la piel con una aguja fina y fría. La política, tan veloz para el titular, llegaba aquí tarde, jadeante, a veces negándose a mirar el agua en los ojos. Y en ese teatro, la literatura de Blasco bajaba como una linterna: ¿de qué sirve un puente si no recordamos el río? ¿De qué sirve un cargo si no se oye el rumor del cauce cuando amanece?
He vuelto muchas veces al puente. Al de la novela y al de verdad. Un puente no es un objeto: es una promesa de paso. En Entre naranjos, Rafael se asoma y el Xùquer (Júcar) le contesta con ese color de oxidación y sedimento que huele a vida y a amenaza. En mi ciudad, el 29 de octubre, los puentes se convirtieron en balcones impotentes desde los que se miraba un agua que subía con la paciencia de un verdugo. La novela nos enseña que el desbordamiento es un acto moral: expone lo que estaba mal distribuido. Igual que en los capítulos de Blasco, hubo barrios que pudieron rehacerse con la fuerza de su capital; y otros que quedaron a la intemperie, esperando ayudas que tardaron tanto que parecían una ironía cruel. El barro nunca cae sobre todos del mismo modo. La lluvia es democrática; el desastre no.
Los días siguientes fueron un catecismo de heridas. Se habló del colegio con el techo vencido, de puentes clausurados, de pasos cortados, de un sistema eléctrico que estuvo a punto de dejar la ciudad en tinieblas y que se sostuvo gracias a decisiones de emergencia en las centrales, a ingenieros que manejaron válvulas y nervios al mismo tiempo. Se habló de facturas iniciales, de cuantificaciones provisionales que se quedaron cortas, de pequeños negocios que guardaron el olor de la inundación como se guarda el duelo en un pañuelo. Y yo, que soy escritor, empecé a recorrer los barrios como quien toma notas para un libro que preferiría no escribir nunca: los zócalos mordidos, las cajas de fotos salvadas en alto, los frigoríficos amarrados con cinchas para que no flotaran en la cocina, las manchas de humedad dibujando archipiélagos en los techos. La ciudad parecía decirnos: mirad mejor dónde vivís, escuchad mejor lo que os dice el río cuando solo es un rumor.
Desde entonces, la conversación pública ha entrado en un segundo acto: el de las responsabilidades. El Congreso ha aprobado un plan de trabajo para una comisión que escuchará a víctimas, expertos y responsables políticos; el calendario marca un funeral de Estado el 29 de octubre y las primeras sesiones a inicios de noviembre. No escribo esto con afán de rencor; lo hago con la convicción obstinada de que los nombres propios importan cuando la cronología es tan exacta como el nivel de una regla en la pared. Hay comparecencias que no buscan el espectáculo, sino la verdad que permita reparar con justicia. Me pregunto si seremos capaces de sostener esa atención más allá del ruido, si podremos convertir este dolor en políticas que no dependan del capricho del calendario electoral, si esta vez nacerá, por fin, una ética del cauce.
He tratado de no convertir la DANA en una abstracción. Cuando viajé a Alzira después del desastre de la Pantaná, entendí que la relación con el río es íntima. La novela de Blasco lo sabía: en Alcira, la gente no vive “junto” al río, vive “con” el río. Si el agua sube, sube también la temperatura de las conversaciones, se restaña la ferocidad de los prejuicios, se blanquea la sospecha y se revela lo que somos capaces de sostener en común. Aquellos días, la solidaridad fue más veloz que cualquier sirena: los vecinos que improvisaron cadenas, los jóvenes que entraban hasta la cintura para rescatar a ancianos, los dueños de furgonetas que se convirtieron en ambulancias improvisadas. Yo mismo llevé garrafas y guantes a casas que no conocía, y en cada descanso abría la novela por cualquier página como quien consulta el evangelio del lugar. En Entre naranjos está escrito —un siglo antes— que ninguna belleza es inocente: todo paisaje hermoso es también una responsabilidad.
Hay una imagen que aún me despierta de madrugada. Un salón sumergido hasta la mitad del aparador, y en lo alto, sobre la madera hinchada, una fotografía de boda que parecía flotar sin mojarse. No sé por qué me hizo pensar en esa otra escena de la novela, cuando la barca pintada se va a pique en la orilla. En ambos casos, lo que cae bajo el agua no es un objeto; es una cierta idea de futuro. Por eso la reconstrucción duele tanto: porque reclama una confianza renovada en el territorio, en las instituciones, en los vecinos y en la propia capacidad de resistir. La DANA nos forzó a preguntarnos no solo por las obras hidráulicas, sino por la arquitectura moral de la convivencia: por qué construimos donde construimos, por qué dejamos crecer la ciudad como si el río no existiera, por qué la voz de quienes advierten —ingenieros, geógrafos, agricultores viejos— suena siempre como una molestia menor hasta que se vuelve imprescindible.
A veces paseo por la ribera de Blasco —como si lo hiciera por la Zona «0» de la DANA— cuando ya ha anochecido y la humedad dibuja una luz tenue alrededor de las farolas. En esos paseos veo la similitud y vuelvo a escuchar la frase de Blasco y a ponerle detrás los registros del radar, las horas de la cronología, las alertas que saltaron y las que no, los correos de la Confederación avisando de umbrales superados, la cascada de decisiones que se tomaron o se omitieron mientras el agua subía un peldaño más en las escaleras. Aprendí, leyendo y caminando, que un territorio no se salva solo con máquinas y protocolos; necesita también un relato compartido. La literatura, cuando es verdadera, participa de esa mecánica: anota los errores para que no se repitan, fija en la memoria lo que podría volver a ser negado, recuerda que los ríos tienen nombre y que no existe un invierno sin biografía.
Sé que habrá quien piense que mezclar la tragedia con una novela es un gesto retórico. Yo no lo siento así. Entre naranjos no embellece el desastre; lo explica. Nos recuerda que vivimos en una llanura que fue huerta antes que barrio, que el Xùquer (Júcar) no pasa, sino que permanece; que cuando el agua reclama, no está “rompiendo” nada: está diciendo su nombre. En 2025, con otra DANA llamada Alice rondando de nuevo nuestra costa y encendiendo avisos rojos, me parece más urgente que nunca sostener una memoria escrita que obligue a los responsables a responder y a nosotros a no bajar la guardia. Uno no puede vigilar cada nube, pero sí puede construir una cultura que sepa leer el cielo y cuidar el cauce. Y vuelvo a la novela para buscar las palabras que me faltan, porque la voz de Blasco no es una reliquia: es una brújula.
Un día, mientras caminaba por Alzira, un anciano me contó que su padre ya hablaba de riadas como quien habla de santos patronos: con respeto, con miedo, con un pacto implícito de convivencia. Ese pacto se rompió el 29 de octubre. Tal vez porque confundimos la normalidad con la seguridad, tal vez porque olvidamos que toda ciudad mediterránea es un diálogo con el agua, tal vez porque hemos delegado en la técnica lo que también es decisión política y cultura ciudadana. El anciano señaló con el bastón una marca en la pared: aquí llegó el agua en el 82. Me quedé unos segundos mirando esa escala de lutos, como si fueran rayas en la inocencia. Me dijo: “El agua no perdona el olvido”. Yo asentí en silencio, pensando que el olvido es la verdadera llanura de inundación.
Escribir esto hoy, a mediados de octubre de 2025, tiene algo de promesa y de reclamo. Promesa de que seguiremos insistiendo en que la memoria se convierta en política; reclamo de que la Comisión que ha nacido en el Congreso no se quede en tertulia, de que cada declaración sea una piedra puesta en el lugar adecuado, de que cada documento sirva para redibujar el mapa de las responsabilidades y de las protecciones. Yo no quiero otra literatura del desastre: quiero una literatura de la prevención. Quiero que, cuando volvamos a leer a Blasco, podamos decir que hemos aprendido algo y que esa lección se ve no solo en los papeles, sino en los cauces y en los barrios. Quiero que el agua, cuando regrese, nos encuentre vigilantes, no incrédulos. Quiero una ciudad que sepa hablar el idioma del río.
Y si me preguntan por qué escribirlo en primera persona, contesto que no sé hacerlo de otra manera. Porque en mi calle hubo una línea de barro, porque llevé cajas de comida cuando aún olían a agua las escaleras, porque abracé a desconocidos sobre un rellano donde el aire sabía a humedad y a gas, porque lloré con una mujer que no encontraba a su gato y porque escuché a un niño explicar que ya no quería que lloviera nunca más. Escribir así es mi forma de no dar por cerrado un duelo que no debe cerrarse hasta que la prevención tenga rostro. Es mi modo de tender un puente —otro más— entre Entre naranjos y la vida de ahora, entre el río de entonces y el nuestro. Me gustaría que estas palabras, alojadas en una página web, tuvieran la consistencia de una ribera bien plantada. Que fueran una defensa más. Que, cuando suba el agua, permanezcan. Porque la literatura, a veces, también sirve para eso: para que la memoria no se la lleve la corriente.
Si algún día te acercas al puente y miras hacia abajo, no verás solo un cauce. Verás una historia que nos precede y nos juzga, una promesa que nos obliga. Yo seguiré volviendo a esta orilla con el libro en la mano y la ciudad en el corazón, para recordar que el agua, cuando reclama su nombre, nos convoca a ser mejores. Entre Naranjos y bajo el mismo cielo roto, todavía podemos aprender a vivir con el río sin que el río nos arranque la vida. Y quizá entonces, cuando llegue el próximo otoño, el rumor del agua nos encuentre más sabios que la víspera. Sólo entonces Blasco, desde su orilla, nos mirará con una sonrisa leve, como quien siente que por fin hemos entendido la lección más antigua del Mediterráneo.






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