La noche se abría sobre Valencia como una sábana tibia recién sacada del tendedero. Las últimas luces del barrio caían sobre los adoquines con un brillo de aceite, y el Mediterráneo se oía de lejos, como una respiración que acompasa todo lo vivo. Yo caminaba con esa calma que a veces confunden con indecisión, pero que en mí es otra cosa: un modo de escuchar. Había aprendido que el mundo habla antes de que uno pregunte, y que entre palabra y palabra hay un silencio generoso donde caben todos los presagios.

Cuando vi a P. cruzar la esquina del café —su melena de fuego, el paso rápido, los ojos encendidos— supe que el aire iba a cambiar de temperatura. Era Aries: una forma de entrar en la realidad como quien empuja una puerta que nadie se atrevió a abrir. En su piel ardía algo que no se apagaba ni con la lluvia. A mí, Piscis, me ocurría lo contrario: yo miraba el vaso medio lleno, medio vacío, medio cielo; necesitaba sumergirme un poco antes de cada cosa para sentirla de verdad.

—Llegas antes que el reloj —dije, cuando se aproximó a la mesa junto al ventanal.

—El reloj llega tarde a casi todo —contestó con esa sonrisa suya que te prende el pecho—. ¿Has pedido ya?

—Te estaba esperando. Es una superstición dulce que tengo: no llamar a nada hasta que llegas tú.

—Entonces llámame café —se rió—. Doble. Sin azúcar. Hoy vengo en modo volcán.

Lo dijo sin presumir. Como quien apenas constata que el día la había obligado a atravesar cinco incendios seguidos y seguía entera. Le hice una seña al camarero. Las tazas llegaron humeantes. En su rostro había un brillo eléctrico; en el mío, supongo, ese reflejo acuoso de quien disfruta contemplando hasta que las cosas cuentan lo que tienen que contar.

—¿Sabes lo que me pasa contigo? —dijo, de pronto.

—Me encantan las preguntas que empiezan sin miedo.

—Que contigo no me explico, me sucedo. Me voy descubriendo mientras hablo. Me da vértigo y me fascina a la vez.

—Yo aprendí a nadar oyendo a mi padre recitar sermones de pescador —sonreí—. Supongo que estar contigo es como encontrar una corriente cálida en mitad del mar: cambias el ritmo del nado sin darte cuenta.

—¿Y si te arrastro?

—¿Hacia dónde?

—Hacia donde va la lava cuando no sabe ser montaña y decide ser camino.

—Entonces te prometo mar —respondí—. Ni dique ni apagador. Mar. Que abrace y deje pasar.

Nos quedamos un rato sin hablar. Ella bebía de un sorbo largo; yo, a pequeños tragos, como si la cafeína fuese una música que necesitara modularse. Fuera, las motos zumbaban una nota metálica; adentro, el mundo se hacía estrecho y claro como un latido.

—Quiero que me beses —dijo, sin mirar el reloj que nunca espera—. Pero no aquí. No para cualquier ojo.

—Conozco un sitio —contesté—. A dos calles de aquí. Un patio que huele a jazmín incluso cuando no florece.

—Llévame.

Pagamos y salimos. La noche tenía esa temperatura exacta que te permite olvidarte de la temperatura. A medida que caminábamos, sus dedos buscaron los míos con una naturalidad casi feroz. Dicen que la ternura es un animal orgulloso: no se ofrece a cualquiera. En su apretón había algo de desafío y de entrega; en el mío, la promesa de no soltarla ni cuando ella quisiera correr.

El patio estaba como siempre: paredes encaladas, una fuente mínima, dos macetas supervivientes en un alféizar. El eco de nuestros pasos se quedó flotando en el aire; y entonces supe que lo importante iba a ocurrir sin pedir permiso.

—Y bien —dijo, posando la espalda contra la pared—. ¿Qué haces cuando la lava toca el agua?

—La escucho —respondí—. Primero hierve, luego canta. Después se vuelve roca y camino a la vez.

—Eres un poeta del hervidero —se acercó un paso—. A ver si me lo demuestras.

La besé. No con prisa, sino con esa precisión que tienen las mareas cuando hacen y deshacen la orilla. Ella me sostuvo la nuca como quien sujeta un relámpago para mirar dentro; yo le rocé los labios con paciencia de ola que no necesita llegar al final para saber que ha empezado. En su boca había una inquietud templada, un deseo que no pedía permiso pero sí memoria. La pared, de pronto, fue un lugar ofrecido y no un límite.

—No huyas del fuego —susurró, con una media risa que me atravesó el esternón—. A veces quema bonito.

—No huyo —le dije, y sentí que mis manos ya conocían su cintura—. Te propongo que arda lo que tenga que arder y que lo demás florezca.

El patio respiró con nosotros. Algún vecino cerró una ventana. La fuente en el centro dejó caer su gota puntual, como si el mundo hubiese aprendido a medir el tiempo con pequeños acuerdos.

—Dime algo que no le digas a nadie —pidió de repente.

—Que a veces me da miedo acertar demasiado.

—¿Por qué?

—Porque cuando aciertas, el mundo te pide consistencia. Y yo soy un hombre de agua: prefiero la verdad movediza a las certezas talladas.

—Entonces te daré un fuego que no pida dogmas —dijo—. Solo presencia.

—Y yo un mar que no ahogue la chispa.

Nos reímos los dos, no por huir de la densidad, sino por acunarla. El humor es una manta breve que calienta a tiempo.

—Ven —le dije—. Quiero mostrarte la ciudad desde la azotea.

Subimos por una escalera angosta. Las terrazas de Valencia se tocaban con los dedos en la penumbra, cada una con su humilde reino: una cuerda con ropa, una silla solitaria, una planta que se había hecho durar. Desde allí, el cielo parecía un cuenco de tinta con salpicaduras. Ella se adelantó, coronándose en el filo de la barandilla.

—¿Ves ese brillo al fondo? —señaló—. Es el rastro de un avión. Podría ser el de Bisila, que saltará de un continente a otro mientras nosotros aprendemos a estar quietos.

—Y sin embargo —dije—, hay viajes que no necesitan billete. A veces uno atraviesa el mundo en dos pasos, si el paso es hacia el otro.

—No digas más o te beso aquí arriba —se rió—. El barrio no está preparado para esta clase de metáforas.

—Hay barrios que necesitarían manuales de instrucciones para metáforas —bromeé—. Pero no se imprimen a tiempo.

Nos sentamos en el suelo, espalda con espalda, y nos quedamos así un minuto largo. El silencio, compartido, tiene la delicadeza de un pacto secreto. Sentí el peso ligero de su cabeza recostándose en mi hombro.

—A veces pienso —dijo— que vine al mundo a abrir puertas, y que me acostumbré tanto a abrir que se me olvidó entrar.

—Por eso estoy aquí —contesté—. Para recordarte que entrar no es rendirse; es elegir un interior donde el fuego también alumbre.

—Dímelo otra vez.

—Entrar no es rendirse. Es elegir dónde arder sin quemarse.

Se giró, me miró con ese brillo de niña y de reina alternadas, y me besó otra vez. Ese beso tuvo otro ritmo: el de lo que ya sabe su nombre y se dice en voz baja para escucharse mejor. Sentí que mi respiración y la suya encontraban un compás común, ese intervalo en que el cuerpo abandona su caparazón y la piel entiende.

—Quiero que me cuentes un miedo —dijo, con la frente pegada a la mía.

—Temo no estar a la altura del milagro.

—¿Cuál milagro?

—Este: que alguien como tú me elija un día y otro, incluso cuando yo me pierda en mis mareas.

—Entonces escucha —su voz fue una brasa suave—: te elijo ahora. Mañana ya veremos, pero ahora te elijo como quien enciende una lámpara sin preguntarse si habrá aceite para toda la noche. Y eso, E. , también es una forma de fe.

—Yo te elijo como quien abre las ventanas para que entre la brisa —respondí—. Y si cambian los vientos, las vuelvo a abrir.

—¿Ves? —rió—. Me hablas de ventanas y me dan ganas de tirarlas todas abajo y construirte un porche con vistas al mar.

—No hace falta tirarlas —le dije—. Basta con correr las cortinas.

—Me vas a matar de ternura.

—Resucitar de ternura es el mejor oficio.

El tiempo se recogió en nosotros. A ratos hablábamos de cosas mínimas —una anécdota del trabajo, el sabor raro de una fruta, el nombre que le pondríamos a una mascota imaginaria— y luego regresábamos a esa frase que siempre volvía: fuego y agua, Aries y Piscis, velocidad y deriva. Desde abajo, la ciudad subía olores: pan, gasolina, tierra mojada en patio pobre. Todo mezclado. Todo verdadero.

—Bajemos —propuse—. Quiero caminar contigo hasta el río.

En el antiguo cauce del Turia, ahora inmenso jardín, la noche siempre es distinta. La ciudad late alrededor, pero allí el latido es más hondo, como si un animal antiguo durmiera bajo la grava. Caminamos en paralelo, a un palmo de distancia, como dos niños que todavía no han inventado el rubor. Ella pateaba de vez en cuando alguna hoja seca, yo trataba de adivinar el dibujo que haría el viento con lo que iba quedando de otoño.

—Dices que eres agua —empezó—, pero no eres un lago quieto. Eres mar con corrientes. A veces me pierdo en tus remolinos.

—Y tú dices que eres fuego —repuse—, pero no eres incendio. Eres cocina, eres hoguera alrededor de la cual se cuenta. Me calientas lo justo para comprender que puedo salir de mis cuevas.

—¿Sabes qué me asusta? —preguntó—. Que corra demasiado y te deje atrás.

—Yo no camino detrás —le dije—. Camino contigo. Y si te adelantas, te veo mejor. Me das perspectiva.

—¿Y si me tropiezo?

—Entonces recoges tu orgullo, me das la mano, y seguimos como si tropezar hubiera sido otra forma de avanzar.

—Qué fácil lo dices.

—Es que el amor es una cosa difícil que se dice fácil para que el mundo no nos dé vergüenza.

Se detuvo. Me miró con una seriedad casi lúdica.

—¿Esto es amor?

—Lo que siento no cabe en otra palabra que no suene a préstamo.

—Entonces no le pongas nombre todavía —sugirió—. A ver qué hace sin el bautismo.

—Hará lo que ya hace: encender y mojar —sonreí.

Nos acercamos a un banco. Ella se sentó de lado, con una pierna cruzada sobre la otra, y me invitó a colocarme enfrente, demasiado cerca para el protocolo. Sus dedos jugaron con los míos, ensayando posiciones, como si nuestros nombres estuvieran aprendiendo su propia gramática.

—Cuando era niña —me contó—, corría descalza por el campo y creía que el mundo era una llanura infinita. Si había un muro, lo saltaba; si había espinos, aprendía a poner el pie entre las púas. De mayor creí que esa era la única forma de vivir: saltar. Y ahora contigo descubro que también se puede abrir una verja y pasar suave.

—Yo, de niño, miraba los charcos después de la lluvia —dije—. Veía el cielo dado vuelta y me parecía que ahí arriba había otro mundo. Me gustaba pisar justo al borde, ver las ondas multiplicarse. De mayor quise seguir tocando los bordes de todo. Contigo, por primera vez, apetece meter el pie entero.

—Mételo —sonrió—. Te prometo que no te tiraré del resto sin pedirte permiso. Me bastará con que quieras.

—Quiero.

Nos besamos otra vez. Más lento. Más cierto. En su cuello encontré ese pulso que los poetas suelen exagerar y que, sin embargo, existe. Mis manos, cuidadosas, fueron paisaje; las suyas, geografía. El mundo podría haber terminado en ese minuto y, con todo, seguiríamos allí, escribiendo el epílogo con los dedos.

—Tengo una idea —dijo, de pronto, con ese brillo de travesura que me gusta tanto—. Vamos a jugar a que nos conocemos hace veinte años y hemos quedado por primera vez.

—Es fácil —respondí—. Llevo veinte vidas esperándote.

—No hagas trampa —se rió—. Empieza tú.

—Buenas noches —dije, fingiendo torpeza—. Siento llegar tarde, el tráfico estaba insoportable y mi destino no dejaba de dar vueltas en las rotondas.

—Buenas noches —respondió, teatral—. Yo soy P. Me dijeron que vendría alguien que sabe escuchar.

—Yo soy E. Me dijeron que vendría alguien que sabe arder.

—Entonces —concluyó—, arde conmigo un rato y luego me cuentas qué oíste.

—Trato hecho.

Nos quedamos así un buen tiempo, jugando a repetirnos con palabras nuevas, como si cada variación nos acercara a un centro secreto. De vez en cuando pasaba una bicicleta; alguien paseaba a un perro que olía la noche con profesionalidad. Nosotros habíamos fundado una pequeña república en ese banco: dos sillones viejos, una lámpara cálida, y una mesa invisible donde se sirven la risa y el temblor.

—Tengo otra pregunta —dijo, recogiendo su pelo en un gesto que siempre me desarma—. ¿Qué harás cuando me enfade por cualquier tontería?

—Esperar a que pase la llamarada. No por miedo, sino por respeto. Y cuando quede la brasa, acercar mis manos para calentarlas.

—¿Y si te digo algo injusto?

—Te escucharé. Luego te diré que fue injusto, para que no te acostumbres. Pero te seguiré queriendo mientras tanto.

—¿Y si yo tengo miedo?

—Te recordaré que tu miedo es un animal hermoso que solo necesita un nombre y un cuenco con agua.

—¿Y si un día no quiero correr?

—Entonces te cargo a la espalda y caminamos despacio. Que también es una forma de llegar.

—Me gusta —asintió, con los ojos brillantes—. Me gusta la idea de que no todo dependa de mi velocidad.

—Y a mí me gusta la idea de que no todo dependa de mi paciencia.

La madrugada empezó a hacerse notar con su frescor. La ciudad, por debajo, comenzaba a bostezar. Pensé en todas las veces en que había sentido que la vida me pedía elegir entre arder o fluir, y supe que quizá el secreto no estaba en elegir, sino en aprender el modo exacto de la mezcla.

—Te propongo un pequeño rito —dije—. Un pacto sin firmas.

—Acepto antes de saber —rió—. Pero cuenta.

—Cada vez que uno de los dos sienta que su elemento gana demasiado —dije—, lo dirá. Si se me va la ola y todo se vuelve humedad, tú me lo dirás. Si tu llama se nos sube al tejado y empieza a quemar las vigas, yo te lo diré. Sin culpa. Sin reproche. Con cariño y con mano firme.

—Me gusta —asintió—. Es un pacto de jardineros: cuidar el agua y el sol para que no se nos mueran las plantas.

—Exacto.

—Entonces firmo —hizo un gesto teatral, como si estampase su nombre en el aire—. Y ahora, llévame a casa. Quiero dormirme con el olor de tu voz en el pelo.

Caminamos de vuelta, más en silencio que antes, pero un silencio habitado. Frente a su portal, el mundo se hizo otra vez pequeño y perfecto, como una cajita musical que acaba de darse cuerda.

—Esta noche —dijo— me he descubierto en maneras que desconocía. Siento que he corrido y me he detenido al mismo tiempo. No sé cómo lo has hecho.

—No lo he hecho —contesté—. Sucedió al vernos. Tú encendiste, yo abracé. Y el resto lo hizo la noche.

—El resto lo hiciste tú, E. O esa parte tuya que no es de nadie. Gracias.

—Gracias a ti por arder sin pedir perdón.

—Me niego a pedir perdón por estar viva —sonrió.

—Prométeme otra cosa —añadí.

—Dime.

—Que si un día dudas, lo dirás. Que no apagarás nada en silencio.

—Te lo prometo. Y tú prométeme que si te pierdes bajo el agua, golpearás el borde de la piscina hasta que te oiga.

—Prometido.

Nos miramos un segundo más de lo que la educación recomienda. Y entonces, sin ceremonia, nos besamos con la naturalidad de quien se reconoce en su idioma; como si el mundo acomodara la geometría para el beso exacto. Cuando se separó, apoyó la frente en la mía y respiró muy hondo, como quien guarda una imagen en el lugar donde no se desdibuja.

—Buenas noches, mi agua —susurró.

—Buenas noches, mi fuego —respondí.

La puerta se cerró con un clic pequeño, de relojería. Bajé la calle con la sensación de que la ciudad había aprendido una palabra nueva. En el cielo, un avión dejó otra cicatriz luminosa que se deshacía con lentitud. Pensé en Bisila volando entre continentes y en nosotros aprendiendo la gramática humilde de arder y fluir; en cómo, a veces, las vidas más intensas son las que se atreven a habitar una azotea, un patio con jazmines, un banco junto al río.

Ya en casa, me descalcé sin encender la luz. El piso conservaba el frescor de la tarde. En el vaso de la cocina quedaba un dedo de agua. Lo bebí como si fuese un brindis. Antes de dormir, escribí en una libreta pequeña —esa en la que apunto lo que no quiero olvidar— una frase que me llegó sin esfuerzo, como llegan las cosas que por fin se nombran a sí mismas: “Hoy el fuego aprendió a respirar bajo el agua, y el agua encendió una lámpara en el fondo del mar”.

Apagué el mundo. Y dormí con la certeza alta de que, por primera vez, no tenía que elegir. Que la vida, a veces, si la escuchas, dice: haz sitio. Y tú haces sitio, y entonces cabe el incendio y el océano, la prisa y la pausa, la risa y el temblor. Caben los dos. Cabemos. Y qué milagro. Y qué simple. Y qué infinito.


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