Llevo tu nombre como quien lleva una herida abierta en el tiempo. Y como quien, por fin, decide convertir esa herida en palabra.
Te escribo este artículo como quien escribe una carta definitiva. La más difícil. La más necesaria. Mañana, 12 de septiembre de 2025, se cumplen 85 años de tu muerte. O deberíamos decirlo con todas sus letras: de tu fusilamiento en Paterna, junto a otros compañeros republicanos, en aquella maldita saca del 12 de septiembre de 1940. No hubo juicio justo. No hubo defensa. No hubo perdón. Hubo pólvora, paredón, y silencio. Un silencio que pesó sobre nuestra familia durante generaciones. Y que yo, ahora, intento romper. No para llenar el pasado de ruido, sino para devolverle su dignidad. Para que el eco de tu nombre, Enrique, vuelva a escucharse, no como víctima, sino como ser humano íntegro y libre.
Eras ciclista profesional, abuelo. Lo sé porque me lo contaron, pero también porque lo intuyo. Porque en tus fotos —esas que aún conservo, en sepia y con el brillo del esfuerzo en los ojos— hay una especie de hambre de horizonte. El mismo que, con el paso de los años, se volvió hambre de justicia. No competías y ganabas carreras solo por vencer en las carreteras polvorientas de los años treinta. Competías contra la inercia, contra la sumisión, contra la injusticia. Eras uno de esos hombres que no sabían vivir sin dignidad.

Cuando llegó la República, decidiste bajarte de la bicicleta y ponerte al servicio de tu pueblo. Te eligieron alcalde de Izquierda Republicana, de una población cercana de Valencia. Pero no para hacer carrera política, ni para cosechar aplausos. Te eligieron porque eras honesto. Porque eras de los que escuchaban. De los que se remangaban. De los que no gritaban más que el pueblo, sino que hablaban como el pueblo. Y eso, en tiempos de odio, era más peligroso que portar un arma. Por eso te marcaron. Por eso te encerraron. Por eso te mataron.
Durante años, tu historia fue apenas un susurro en mi familia. Tu rostro estaba enmarcado, sí, en alguna pared. Tu nombre se decía con respeto, casi con miedo. Pero la historia concreta, tu voz, tus decisiones, tus últimos días… todo eso era un vacío. Un pozo. Un abismo. Hasta que un día decidí bajar a ese abismo.
Ese día nació Cartas a Libertad, mi novela más íntima. Más necesaria. No como ficción, sino como restitución. Como intento de escucharte por fin. Porque no es verdad que los muertos no hablen. Solo necesitan que alguien esté dispuesto a prestarles oído. Cartas a Libertad es eso: el oído que te faltó. El puente que no pudiste cruzar. La carta que escribiste a tu hija —mi madre— y que yo, 85 años después, me atrevo por fin a contestar.
Tu hija se llamaba Libertad. Y no es metáfora. Es literal. Libertad. Ella era mi madre. El nombre que más miedo daba a quienes te juzgaron. El nombre que decidieron aniquilar. Tenía apenas dos años cuando te fusilaron. Nunca escuchó tu voz. Pero guardó tus cartas como si fueran reliquias. Y yo crecí escuchándolas leídas en familia. Recuerdo aquellos domingos amargos. El silencio espeso. El pan sobre la mesa. Y la voz grave de mi tío rompiendo la tarde con tus palabras desde la cárcel.
“Querida Libertad…” Así empezaban todas. Y así comenzaba también nuestro nudo en la garganta.
Tu cuerpo fue silenciado, pero tu espíritu sobrevivió en esas cartas. Te escribiste a ti mismo en el umbral del fin. No con odio. No con rencor. Sino con una ternura que asusta. Con una dignidad que desarma. Con un amor que ni los barrotes, ni los interrogatorios, ni los uniformes pudieron arrancarte. Hablabas del futuro. De una España justa. De una hija feliz. De una familia libre. Y no lo hacías como quien se consuela: lo hacías como quien cree de verdad.
Hoy, yo te devuelvo la palabra, abuelo.
Porque tu historia no es solo una tragedia familiar. Es una advertencia. Es un espejo. Es una brújula. Vivimos un tiempo en que la memoria vuelve a ser incómoda, en que algunos intentan igualar al verdugo y a la víctima, en que se habla de reconciliación sin justicia, de olvido como virtud. No. No estamos aquí para vengarnos. Pero tampoco para mentirnos. Lo que te hicieron fue un crimen. No tiene otro nombre. Y no habrá democracia completa en este país hasta que tu nombre, y el de tantos otros, vuelva a ser pronunciado sin miedo.
Te fusilaron por “adhesión a la rebelión”, cuando los rebeldes eran ellos. Los que se alzaron contra la legalidad. Los que convirtieron las cárceles en mataderos. Los que hicieron de Paterna, del Puig, de San Miguel de los Reyes, de Sagunto, de Valencia, no solo lugares de reclusión, sino de exterminio planificado. ¿Cómo se llamaba eso sino terrorismo de Estado? Y sin embargo, aquí estamos: todavía buscando fosas, todavía desenterrando huesos, todavía luchando por una memoria que no debería ser lucha, sino verdad compartida.
Tu ejecución no fue solo una muerte. Fue un intento de borrado. De ti, de tus ideas, de todo lo que representabas. Por eso tu historia debía ser contada con el detalle, el amor y la exactitud que mereces. Por eso me pasé años desenterrando archivos, leyendo informes, buscando testigos, hurgando en los pliegues del silencio. No para quedarme en el dolor, sino para convertirlo en sentido. En testimonio. En escritura viva.
Escribirte ha sido mi manera de encontrarte. De abrazarte sin verte. De saberte mío. De entender por qué, incluso sin conocerte, siempre te he amado. Te fusilaron el 12 de septiembre. Hoy, 85 años después, sigo escribiendo en tu nombre. Sigues vivo en cada línea. Porque las palabras salvan lo que el plomo no puede destruir.
En tu recuerdo, abuelo, celebro la vida. La tuya. La que me regalaste sin saberlo. La que yo ahora entrego a quienes leen esta carta. Porque tú no eres solo parte de mi pasado: eres el corazón de mi presente. Y mientras yo viva, tu lucha seguirá latiendo.
Tu nieto,






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