El Amor como precisión Ética y el Testimonio como forma de supervivencia del Sentido
Lanzamiento Octubre 2025
Escribo estas líneas con la calma deliberada con que se talla un patrón de medida antes de abrir la puerta a los mercaderes. No es una metáfora ornamental: si algo he aprendido en mi oficio es que la palabra sin medida se vuelve ruido, y el ruido —cuando se legitima— acaba ocupando la plaza pública, el foro, la sala donde debería escucharse lo que de verdad merece el aire. Relanzo SAGUNTUM, CRUOR ET FLAMA: la sacerdotisa de Arse y el círculo del Halcón no para agitar una novedad entre otras, sino para reinstalar en mi propia casa literaria un estándar que no pienso negociar: la hospitalidad como ley inviolable, el amor como precisión ética y el testimonio como forma de supervivencia del sentido. Todo lo demás —las torres, las máquinas, los decretos de vencedores— pasa; lo que permanece es la exactitud con que nombramos.
Arse/Sagunto es, para mí, más que un episodio de la Antigüedad: es un banco de pruebas donde coloco a la vista, con crudeza ritual, la tensión entre dos sistemas que desde entonces disputan nuestro destino. En uno, el cálculo —ese ingeniero infatigable— dicta la conveniencia: qué conviene ceder, qué conviene callar, qué conviene olvidar. En el otro, la hospitalidad sostiene que la dignidad de un nombre, de un pacto, de una mujer o de un extranjero no entra en subasta ni con hambre ni con miedo. Cuando vuelvo a 219 a. C., no busco un museo de mármoles; convoco un experimento para mirar el presente. Las máquinas de Hanníbal —esas tecnologías de asedio que suben por rampas, cavan minas, ven por encima de las casas— son hoy nuestros algoritmos de atención: afinados, eficaces, implacables. Como entonces, lo decisivo no es quién tiene más hierro, sino qué ciudad interior resiste el trueque de su alma.
Se dirá que exagero, que una novela no detiene un ejército. Es verdad. Pero una novela puede reinstalar la medida, y sin medida no hay ciudad, solo recinto. Por eso elegí la voz de Isandro de Focea: un escriba que no manda desde la abstracción, que aprende y se compromete, que distingue la contabilidad de los granos del conteo de los juramentos, porque sabe —o aprende a saber— que no se usa la misma unidad para el pan y para la palabra. Nada me interesaba menos que un narrador omnipotente; necesitaba un hombre capaz de avergonzarse de sus primeras razones, de cambiar el ángulo desde el que mira, de dejarse atravesar por una lúnula colgada al cuello que no pesa como oro sino como obligación luminosa. Isandro escribe para dejar constancia, sí, pero también para someterse a una disciplina: la de no deformar por comodidad lo que vio y lo que no supo ver a tiempo.
La figura de Berenice, Sacerdotisa de Arse —Neria para la intimidad que no requiere espectadores— no nació de un capricho de exotismo sacerdotal. Es, en mi mapa psíquico, la guardiana del límite. No me refiero a la contención gélida, sino a ese poder difícil de sostener lo doble sin desgarrarse: rito helénico y raíz indígena, ley pública y verdad íntima, deseo y exactitud. En su cintura hay una unidad de medida que no inventé: el Codo con que Arse regula las transacciones y la pureza de los sacrificios. Yo lo trasladé a su cuerpo porque necesitaba recordar en cada capítulo que la justicia empieza en la piel y se extiende al mundo si encuentra manos que no tiemblen. Su manera de amar no es concesión sentimental: es la decisión de no permitir que el amor sirva de coartada al autoengaño. Quien la ha leído sabe que Berenice no pide promesas imposibles; pide precisión. Y en eso se parece al halcón que me acompaña desde el primer párrafo: no firma contratos, sobrevuela y ve. Su círculo no es adorno; es el diagrama de una vigilancia moral que nos falta.
Rituales, símbolos, aparatos: la novela trabaja con todos ellos porque vivimos entre todos ellos. He preferido mostrar el rito no como folklore, sino como tecnología de atención colectiva. La Triple Antorcha que recorre la ciudad no es un espectáculo para distraer; es una gimnasia de la demora y del discernimiento. Hemos olvidado que la mente humana necesita ceremonias discretas para no sucumbir a la velocidad; sin ellas, lo importante se degrada en urgente y el urgente se fabrica por encargo. Cuando el rumor de una trágula que hiere a Hanníbal se expande, cuando las catapultas limpian las almenas y el hambre hace su trabajo lento, Arse (Sagunto) instituye un muro interior y un orden de prioridades: primero los vulnerables, luego los capaces, siempre los suplicantes. Llamo a esto política de la mirada: decidir quién ocupa el centro del campo visual, a quién concedemos el foco, a quién dejamos en sombra. Ninguna ciudad es neutral en esta coreografía; ninguna red social, tampoco.
Releo ahora las escenas de negociación con Edeta y noto cómo Selma —la hija que desfila entre la obediencia a su madre y la exigencia de su conciencia— entrega la pequeña carga de mulas como si encendiera una lámpara al final de un corredor. No redime nada, me dicen. No importa: ilumina. Y cuando, ya en el tramo final, Philaura arroja su collar al fuego, la ciudad reconoce en ese crepitar el sonido de otra contabilidad: la única que entiende que hay pérdidas que ganan sentido. De nuevo, no hago literatura de museo. Escribo desde un barrio donde se compra y se vende respeto al precio de la visibilidad; donde la gentrificación maquilla con colores amables una expropiación; donde cada semana alguien propone sacrificar una biblioteca para ganar un aparcamiento. ¿Qué aprende ese barrio de la hoguera de Arse? A recordar que los tesoros son peligrosos cuando defienden la ciudad de todos los enemigos menos del enemigo más íntimo: el miedo a no valer si no brillamos.
Me preguntan con frecuencia si este relanzamiento trae cambios. Sí, trae una más alta exigencia de limpieza en la respiración del texto. He ajustado el pulso de las batallas para que no opaquen el temblor de las salas interiores. He afilado los silencios de Berenice, porque en el silencio —no en la exhibición— reside su mandato. He dado a Isandro dos instrumentos con los que no contaba en la primera edición: un instante para corregirse en público y un lugar para callar a propósito. No son caprichos formales: creo que una novela histórica que aspire a durar debe enseñar a su lector una cortesía con la verdad que no se negocia con aplausos. Mientras escribo estas líneas, imagino al lector ideal: aquel que no se siente halagado por la épica; aquel que acepta la incomodidad como parte del viaje; aquel que sale al balcón después de cerrar el libro y se pregunta qué hay en su vida que no vendería ni por hambre ni por miedo.
Quería, además, que este texto entregara ideas fértiles, capaces de salir de la pantalla para tocar la vida. Pienso, por ejemplo, en una práctica quincenal que podríamos inaugurar juntos: encuentros al atardecer en lugares de la ciudad que todavía conserven la temperatura de lo vecinal —una plaza modesta, una biblioteca, un lavadero, una pequeña ermita abierta— para leer en voz baja el capítulo de la noche última, y terminar preguntándonos qué sería hoy una pira que no destruya cuerpos, sino hábitos que nos quitan aire. Nada de exhibiciones, nada de fotos de postureo; quien venga que se lleve una tarea mínima: revisar un gesto de cálculo en su semana y sustituirlo por hospitalidad concreta.
En el territorio de las redes, prefiero las provocaciones lentas. Propongo una serie de piezas que llamo Las Antorchas: tres vídeos breves de una misma escena contemporánea —un desahucio, una cola de regularización, un aula donde faltan profes— miradas desde tres ángulos distintos: el deber, el cuidado, la memoria. No como espectáculo, sino como invitación a la elección madura. Propongo también cartografías caminadas: superponer la geometría de Arse a la trama de Valencia y recorrerla a pie con lectores, discutiendo en cada esquina qué se juega hoy allí. El foro bajo la bóveda de un mercado; el adarve en una azotea desde donde la ciudad se mira sin prisa. Propongo, por último, un pequeño compromiso de escritura compartida al que llamo El Juramento: en cien palabras exactas, cada participante cuenta un acto de hospitalidad que lo haya dejado distinto. Publicaremos solo lo que no suene a autoelogio. No necesitamos exhibirnos; necesitamos contarnos bien.
Hay quien me pide que traduzca la moral que late bajo el romance de Berenice e Isandro. Lo haré con una escena desnuda. Imaginemos que la ciudad —ya sin diadema— ha encendido sus dos fuegos y que la voz de Isandro tiembla como tiembla el metal que por fin dice su temperatura verdadera. Él retrocede porque la voluntad de ella ha ordenado su huida. Ella no negocia su estola ante el depredador; la luz la protege menos de lo que la dignifica. ¿Qué hago yo como autor? No los convierto en héroes de postal. Les permito la valentía que más cuesta: separarse para que uno sea testigo. Hay amores que se miden por la intensidad del abrazo; este se mide por la exactitud de la renuncia. No es martirio: es lucidez. Y ahí está, a mi juicio, una enseñanza que la literatura tiene el deber de devolvernos en tiempos de exhibicionismo: la intimidad no es lo que se muestra, sino lo que sostiene el mundo sin pedir aplauso.
El lector que ha llegado hasta aquí quizá espere mi interpretación más ceñida, mi tesis definitiva. La ofrezco con la prudencia de quien desconfía de las conclusiones tajantes. Este libro —en su nueva respiración— afirma que la verdad no es un enunciado que se lanza contra el enemigo, sino una forma de estar con los propios cuando todo invita a ceder por cansancio. La hospitalidad no es un barniz buenista; es una arquitectura que define qué tipo de personas produce una ciudad. El amor no es un extra para suavizar el bronce de la historia; es la técnica más depurada que hemos inventado para no engañarnos con grandes palabras. Y el símbolo —el halcón, la lúnula, la antorcha— no es un juguete de estetas: es un instrumento para organizar la percepción. Si logro que el lector vea su propio mundo con un centímetro más de altura y un milímetro más de precisión, la novela habrá hecho su trabajo.
Vuelvo al principio: el halcón no firma contratos. Sobrevuela y, al sobrevolar, nos recuerda que la claridad necesita distancia. Siento, mientras ajusto este relanzamiento, que la distancia justa no se mide en metros sino en preguntas. Me pregunto, por ejemplo, qué “portus clausus” oculto opera hoy en nuestras vidas: qué puerto tenemos cerrado por miedo, por orgullo, por un cálculo que ya ni cuestionamos. Me pregunto quiénes son nuestros Alorcus —quienes traen una paz honrosa que nadie escucha— y quiénes nuestros Aelius —quienes con modales exquisitos introducen el veneno de la conveniencia—. Me pregunto, sobre todo, qué haríamos con nuestro tesoro si sonaran trompetas en nuestras murallas: qué arrojaríamos al fuego para no entregarnos enteros. Acepto que estas preguntas no se resuelven con slogans ni con tendencias; reclaman conversación y práctica. Una novela no cambia el mundo; puede, sin embargo, cambiarnos el modo de estar en él.
No he querido hacer de este artículo un panfleto, sino una invitación. Quien entre a SAGUNTUM, CRUOR ET FLAMA encontrará épica, rigor y un romance que no se humilla ante la utilidad. Encontrará política y ritos, batallas y símbolos; sí, pero sobre todo encontrará una forma de medir. Si al cerrar el libro escucha un aleteo —no el de la propaganda, sino el de una lucidez que le pide mirar desde más arriba para no mentir abajo—, entonces sabrá que no ha pasado por una ficción, sino por una escuela de exactitud. Me gustaría que, a partir de ahora, mi comunidad de lectores fuese conocida por esa disciplina: gente que conversa sin gritar, que nombra sin decorar, que ama sin poseer, que acoge sin contabilizar méritos. Gente que entiende que la dignidad de una ciudad se prueba cuando el hambre y el miedo hacen de la contabilidad una tentación.
Hay una última imagen que deseo dejar como conclusión. En el amanecer después del fuego, Hanníbal —victorioso entre ruinas— ordena lo que ordena el vencedor que no sabe qué hacer con su victoria. La historia escribe su giro; Roma encuentra su pretexto; las piedras esperan siglos para volver a decir su nombre. Isandro camina con la lúnula al pecho, no como reliquia romántica, sino como nivel de albañil. Cada aldea por la que pasa se convierte, por un instante, en obra en construcción; cada palabra que elige, en plomada. Ese es el oficio que asumo: poner el hilo y la plomada donde el viento de la época desordena. No prometo victorias; prometo exactitud. No prometo consuelo barato; prometo una compañía que no abandona en la noche del asedio. Y si de algo sirve un relanzamiento, que sirva para recordarnos que la literatura no es un lujo que adorna, sino una herramienta que endereza.
Quien quiera acompañarme en este tramo sabe lo que pido: no ruido, sino atención; no idolatría, sino conversación; no trending, sino memoria. Podemos encontrarnos en la plaza lenta de una lectura, en la caminata que superpone mapas, en el pequeño juramento de escribir sin mentirnos. Allí, cuando el aire se temple, cuando la luz deje de deslumbrar y empiece a mostrar, escucharemos quizá —sobre nuestras cabezas y también dentro— el mismo trazo circular del halcón. No vendrá a salvarnos, porque no es su oficio. Vendrá a recordarnos la altura exacta desde la que vale la pena mirar para que la palabra, al fin, pese lo que debe.






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