Manual íntimo de desobediencia del corazón: lo que aprendí danzando en Ordesa

Todavía llevo bajo la piel un rumor de agua fría y piedra antigua, como si los Pirineos hubieran decidido permanecer en mí con la testarudez silenciosa de los glaciares. Fueron cinco días y, sin embargo, no hay medida lineal que pueda contenerlos. Éramos treinta y tres corazones latiendo al unísono, y a esa cifra le encuentro un simbolismo obstinado: un compás secreto, una alquimia de voces que encontró su centro de gravedad en la danza, en la escucha, en el cuidado. Subimos y bajamos senderos hasta pozas y cascadas cristalinas; casi todos nos cubrimos de arcilla y permitimos que el barro nos recordara que el cuerpo no es un obstáculo para el espíritu, sino su gramática.

Noches creativas, cantos, risas, silencios compartidos; días amplios con piscina y sombras generosas, bosques profundos, praderas donde el cansancio se tumbaba a dormir junto a nosotros como un perro fiel. Y esa precisión delicada con la que Rosabel Lacoma condujo el viaje: no como quien dirige un ejército, sino como quien sostiene un fuego sin invadir las llamas, guardiana de ritmo y ternura. Su presencia fue una música que regulaba el clima interior del grupo. Y yo, que escribo, me descubrí menos como narrador y más como herramienta: un punzón para grabar en lo sensible lo que el pensamiento apresurado suele olvidar.

En estos cinco días he comprendido la Biodanza como una tecnología de libertad. Lo digo con toda la consciencia de que la palabra tecnología suele confundirse con hierro y circuito; pero una tecnología, antes que un aparato, es un modo de producir efectos en el mundo. La Biodanza produce el efecto más subversivo en un tiempo que administra hasta el último gesto: devuelve al cuerpo su soberanía. Si Foucault nos enseñó que el poder moderno se imprime en los cuerpos —los disciplina, los normaliza, los convierte en diagramas obedientes—, la Biodanza me reveló una biopolítica al revés: un arte de des-normalizar la obediencia, una práctica concreta de la libertad que no se declama, se ejercita. Esa inversión no es un concepto abstracto; es la experiencia inmediata de moverte sin que el ojo ajeno te fabrique un pequeño policía interior. Cuando el movimiento no tiene que rendir cuentas al espectáculo, deja de ser coreografía y vuelve a ser verdad.

Lo que llamo verdad aquí no es la exhibición de una autenticidad romántica, sino el contacto lúcido con la vivencia. Marcuse habría dicho que el Eros descoloniza a la persona del imperio del rendimiento. Lo sentí un atardecer (todavía lo recuerdo) mientras mi espalda encontraba, en un masaje lento, la distancia exacta entre la confianza y el respeto: el cuerpo se desarmaba de vigilancias, y en ese desarme se volvía inteligente, sensible, creador. Me di cuenta de hasta qué punto la productividad que aplaude el mercado muere y renace cada vez que bailo con alguien sin la urgencia de producir nada. Produce otra cosa: atención, presencia, una belleza que no puede monetizarse sin traicionarla y que, sin embargo, multiplica de forma real mi salud y mi capacidad de trabajar con sentido cuando regreso a mi sitio. En ese cruce entre cuidado y acción encuentro una economía secreta que ninguna contabilidad convencional registra: la economía de la energía bien orientada, la riqueza de un sistema nervioso que ya no arde a destiempo.

Jung me acompañó como un interlocutor invisible durante estos días. Entre árboles y sombras generosas, la arcilla sobre mis manos me habló del arquetipo de la tierra: matriz, sostén, paciencia. Al zambullirnos en las pozas, el agua filmó sobre nuestros músculos el arquetipo de lo femenino que limpia sin preguntar de dónde proviene la herida. En las noches de cantos, el aire se volvió puente entre gargantas distintas, recordándome que toda voz humana es una analogía del viento: no lo inventa, lo deja pasar. Y el fuego —cuando el grupo se enciende y aúna su calor en risas, en escucha profunda, en una mirada que sostiene— no es un elemento exterior, sino un fenómeno interior que reorganiza la psique. Confieso que, al bailar sobre la hierba con el sol recortándose contra las agujas de los pinos, tuve la impresión nítida de que mi inconsciente y el inconsciente del grupo estaban ejecutando un pequeño rito de reparación: cosíamos algo. No sé si era una costura privada o una puntada social, pero la aguja atravesaba piel, memorias y mitologías con la naturalidad de lo necesario.

Harari diría que las grandes cooperaciones humanas se sostienen en ficciones compartidas. Aquí podría parecer que la Biodanza fabrica otra ficción; sin embargo, la experiencia me conduce a lo contrario: desactiva ficciones para afinar una evidencia. Cae el mito de que somos individuos aislados, autosuficientes; cae el cuento de que el cuerpo es una máquina desechable al servicio del intelecto; cae, incluso, la narrativa de que el amor es un acontecimiento privado. Lo que emerge no es una fábula nueva, sino una constatación: nos conectamos. Lo que hago con mi respiración modifica la respiración de quien tengo al lado. Lo que no digo, si lo callo desde la dureza, pone hielo en la sala; si lo guardo desde la escucha, calienta. El grupo aprende a coordinarse en un nivel primario —humano— que no necesita manuales de liderazgo ni bibliografías interminables: se regula bailando. Esa regulación no es magia; es una inteligencia colectiva que se despierta cuando la presencia reemplaza al ruido.

Como escritor, vengo de la tiranía de la silla. Mi oficio exige horas de quietud, una disciplina que tiene el riesgo de convertir el cuerpo en el sirviente anónimo del texto. En Ordesa —con los Pirineos centrales respirando a plomo sobre nosotros, con la piscina como espejo contenido del cielo y las zonas verdes ofreciéndonos catedrales de sombra— el cuerpo dejó de ser un medio para volverse un mensaje. Descubrí que también se escribe con la espalda, con el cuello, con las rodillas. Se escriben frases cuando un abrazo busca límites y los encuentra sin violencia; se redactan epígrafes cuando la arcilla seca marca un relieve sobre la piel como un mapa; se revisa un párrafo cuando canto y oigo que mi voz también tiene erratas que el grupo corrige con su afinación, sin juicio, con alegría. No exagero si digo que cada uno de los treinta y tres puso una palabra en mí que no existía antes. Y eso, para quien vive de encontrar palabras que todavía no nacen, equivale a un milagro.

En el plano filosófico, vuelvo a Foucault para situar lo vivido. Existen “técnicas de sí” que hacen del yo un campo de experimentación ética. Bailar, tocar, cantar, observar con suavidad —todo eso— fue una ética aplicada que me obliga a replantear mis automatismos. El poder más feroz de nuestra época no es el de las leyes visibles, sino el de los hábitos invisibles. La Biodanza aborda ese poder con una mezcla de ternura y precisión. Ternura porque no humilla; precisión porque no se pierde en vaguedades. Tú entras, respiras, miras, escuchas, te mueves; y en menos de una hora tu anatomía afectiva ha cartografiado regiones que la vida cotidiana mantiene fuera de servicio. El resultado no es una catarsis abrumadora, sino un ajuste, la calibración de un instrumento. Ese instrumento eres tú.

El agua, la tierra, el aire y el fuego no fueron metáforas; fueron profesores. En una de las caminatas hacia una cascada, escuché cómo el agua discutía con la piedra el asunto del tiempo. El agua insistía en la paciencia y la piedra insistía en la forma. En la orquesta de ese desacuerdo aprendí que la disciplina que busco para escribir no puede ser cemento, tiene que ser cauce. Un cauce firme, pero vivo, capaz de aceptar los giros del terreno sin renunciar a su dirección. Luego, la arcilla. Mientras los demás se cubrían el torso y los brazos, algo dentro asentía: los seres humanos necesitamos reintroducir el ritual sin miedo al ridículo. No para escaparnos de la modernidad, sino para modernizar la profundidad. Lo siento así: un mundo sin ritos acaba fabricando supersticiones; en cambio, un rito bien hecho —bailar con atención, entonar con cuidado, tocar con respeto— limpia las supersticiones y afina lo real.

En las noches creativas descubrí algo que Harari subrayaría con una sonrisa: la creatividad no es propiedad de una élite iluminada. Brota cuando el contexto deja de castigar el error. Recitábamos versos improvisados, jugábamos con nuestras voces, nos atrevíamos a desafinar con elegancia. Las risas no eran evasión; eran una herramienta para desactivar la autocensura. En ese laboratorio de juego aprendí una lección que me llevo a la página: escribir con alegría es más exacto que escribir con miedo. El miedo siempre adelgaza el pensamiento y lo vuelve servicial; la alegría, en cambio, le pide precisión sin someterlo. Y cuando digo alegría no hablo de un optimismo crónico, sino de una posición del ánimo que se atreve a estar vivo.

Me interrogo por el dispositivo completo que hizo posible lo que vivimos. Montañas que recortan dos tercios del cielo, árboles que estiran sombras como manteles, una piscina olímpica que permite flotar sin metáfora, praderas suficientes para que el cuerpo encuentre su distancia, una guía —Rosabel— con el don de escuchar la energía antes que las palabras, y un grupo dispuesto a firmar un pacto no escrito: aquí no venimos a impresionar, venimos a encontrarnos. Si uno de esos elementos falla, el dispositivo se resquebraja. Por eso esta experiencia no puede convertirse en un producto estándar que se vende en porciones. El cuidado no se industrializa. Se cultiva.

A mis lectores, que a veces me preguntan por qué insisto en la Biodanza como si se tratara de una religión, les contesto con una distinción esencial: no es una creencia, es una práctica. Como la lectura lenta, como la meditación, como el amor. No exige fe; exige presencia. Y cuando hay presencia, la evidencia aparece sola: duermes mejor, discutes menos, agradeces más, te enfermas menos, trabajas mejor. ¿Y la situación económica? También mejora, aunque no de la forma que el utilitarismo ansioso quisiera. Mejora porque el tiempo bien vivido se organiza con inteligencia; porque descubres qué trabajos sostienen tu vitalidad y cuáles te la drenan; porque aprendes a decir que no sin rencor y a decir que sí sin deuda. Esa claridad, que parece filosófica, es biológica: un sistema nervioso regulado toma mejores decisiones.

No pretendo idealizar. Hubo momentos de cansancio, de pequeñas fricciones arcillosas, de viejas heridas asomando por entre las costuras de una dinámica intensa. Pero fue precisamente ahí donde el método demostró su madurez: nada de dramatizaciones, nada de abandonos. Sostener la incomodidad sin estetizarla, mirarla a la cara, bailar con ella hasta que se le gastaran las uñas. Lo aprendí de una compañera que, en vez de retirarse con su enfado, decidió respirar dentro de él y pedir un abrazo. En esa petición no había claudicación; había coraje. Ahí entendí que la valentía no siempre ruge: a veces entona una nota sostenida y espera a que el grupo la sostenga con otra nota, y otra, hasta formar un acorde.

Como escritor, me llevo además una ética editorial que no se aprende en los manuales: la ética de la exactitud afectiva. Llamo así a la manera responsable de nombrar lo que nos sucede sin caricaturizarlo ni magnificarlo. Esa exactitud define la calidad de una página tanto como la precisión gramatical. En Ordesa, al mirar a los ojos a cada uno de los treinta y tres, identifiqué matices de humanidad que me faltaban: una timidez luminosa, una serenidad que no presume, un humor que repara, una tristeza que no pide excusas. Si cuento esto, es porque sospecho que el futuro de la literatura no pasa solo por enormes tramas y grandes dispositivos narrativos, sino por la pericia para registrar variaciones ínfimas del alma sin convertirlas en tópico. Biodanza, en mi caso, ha sido un taller de esa pericia.

Si yo creyera en las revelaciones, diría que hubo una: frente a una cascada, con el estruendo pulverizando el aire en millones de microgotas, abrí las manos y supe, con una simplicidad casi infantil, que el amor es una técnica. Y no se me malinterprete: no hablo de estrategias de seducción, hablo de una forma practicable de mirar, escuchar, tocar, responder. Una forma que se entrena, que se olvida, que se recupera, que se perfecciona. Esa técnica no pertenece a nadie: se ofrece a quien la practica. En Biodanza se entrena como quien vuelve a aprender a hablar después de un largo silencio. Pones una sílaba —gracias—, luego otra —perdón—, luego otra —estoy—. Y cuando te das cuenta, la lengua viva ha vuelto a encender el mundo.

Penélope abraza árboles como quien vuelve a casa sin hacer ruido: apoya la mejilla en la corteza, ordena el aliento, y deja que la savia le recuerde la edad paciente de la vida. No hay prisa en su gesto; hay escucha. Con los ojos cerrados, lee en los anillos del tronco una biografía que no necesita palabras y, en ese instante, su corazón se calibra con el pulso hondo de la tierra. A veces susurra el nombre del árbol como si fuera el de un viejo amigo; otras, solo agradece. Cuando se separa, no se va del todo: una parte de ella queda cuidando el bosque y otra se lleva, limpia y luminosa, la certeza de que el mundo respira también por nosotros.

Cierro con un agradecimiento y una toma de posición. Gracias, Rosabel, por sostener el círculo sin adueñarte de él; gracias a cada compañero y compañera por la valentía de mostrarse sin artificio; gracias, Pirineos, Ordesa y Monte Perdido, por el rigor mineral de vuestras lecciones. Mi posición es sencilla y radical a la vez: defiendo la Biodanza como un humanismo práctico en tiempos de deshidratación afectiva. Un humanismo que no teoriza sobre la dignidad, la encarna; que no discursa sobre la libertad, la regula en el gesto; que no pronuncia sermones, organiza encuentros. Si algo en mí mereciera un premio —literario o de cualquier otra índole— no sería la belleza de estas frases, sino la belleza de las vidas que, al rozarse, se transforman un poco. Ahí está el mérito, ahí la promesa. Y si alguien me pregunta por qué vuelvo a escribir sobre esto, respondo con la humildad de quien ha encontrado un oficio más amplio que la escritura: cuidar la llama. No es mía. Es nuestra. Y arde mejor cuando bailamos.


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