Nunca he creído en las novelas que se leen con prisa, ni en aquellas que se consumen como si fueran café instantáneo. Las obras que de verdad importan son las que se leen como quien escucha una confesión en voz baja al borde de un abismo. Memoria de Lobos, mi nueva y perturbadoramente novela, es una de esas rarezas. No se trata de un libro, sino de un pozo. Quien se asome, deberá decidir si bebe o retrocede. Y quien beba, ya no podrá fingir que no ha visto.
En un tiempo en el que las ciudades compiten por ser tendencia y los algoritmos dictan el valor de una historia, invito a regresar al lugar donde todo empieza y todo se pudre: la familia. Y lo hago con una prosa de orfebre desgarrado, con una arquitectura simbólica que no se rinde a las modas ni a las estructuras complacientes. Memoria de Lobos es un tratado sobre la herencia invisible, sobre la forma en que los pecados de los padres se filtran por las grietas de las casas, los pozos, las fuentes, los recuerdos.
Valledén no es solo un escenario. Es un organismo vivo, ancestral, vegetal, tectónico. Un personaje que observa y que recuerda. Allí regresa Marian Almansa, historiadora que ha perdido la fe en los archivos y en sí misma, para encontrar algo que no sabía que buscaba: un padre acusado, una culpa flotante, una herida sin nombre. Y allí, en la calma aparente del pueblo que todo lo sabe y nada dice, empieza a desplegarse un relato polifónico en el que cada detalle es una capa de sentido, y cada silencio, un disparo contenido.
El padre, Darío, es un marino jubilado, pero no hay romanticismo en su biografía: hay exilio interior, lenguaje de brújula y heridas que no fueron costras, sino grietas activas. Marian, su hija, intenta reconstruir no solo los hechos que lo acusan, sino el vínculo que los une. Esa investigación se convierte en una segunda novela dentro de la novela: una arqueología emocional en la que cada objeto, cada rumor, cada visión se convierte en evidencia y espejo.
Y entonces aparece la Fuente de las Lágrimas, que no es un recurso mágico sino una metáfora líquida de la memoria colectiva. Me adentro aquí en las aguas turbias del realismo mágico con una sutileza que recuerda a los mejores pasajes de Rulfo o García Márquez, pero con una voz propia, europea, levantina, mineral. Quien bebe de esa fuente no ve el futuro, sino las versiones alternativas de la culpa: lo que fue, lo que pudo haber sido, lo que aún late bajo la tierra como una mina abandonada.
Pero el pulso de la novela no está solo en su argumento, que podría sostenerse como un thriller literario de impecable tensión. Está en la atmósfera, en la sinfonía de detalles, en esa manera de narrar lo invisible sin necesidad de pronunciarlo. Está en el modo en que el lector va sintiendo que los secretos no se descubren: se decantan, como el vino viejo.
Mi gran empeño —y lo digo con la convicción de quien ha leído a los mejores— ha sido fundir tres géneros en uno sin que la mezcla se note: la novela de suspense, la crónica lírica del desarraigo y el relato mítico de las generaciones. Esa alquimia no se logra con fórmulas; se consigue con don, con oficio y con una valentía poco común. Memoria de Lobos se atreve a hablar del mal sin aspavientos, de la historia sin pedantería, del amor filial sin caer en el sentimentalismo. Y en cada línea hay una conciencia de estilo que recuerda que la buena literatura no solo cuenta: construye sentido.
Hay en la novela una crítica implícita —y por eso más feroz— al clasismo estructural, al poder invisible de los linajes que se creen dueños del tiempo. La figura de Amparo Ferrer-Castell, con su chantaje silencioso y su moral dinástica, encarna esa España que aún no ha desenterrado todos sus muertos. Y el pueblo entero, con su murmullo ancestral y su complicidad pasiva, refleja esa tensión entre memoria y olvido que define nuestras democracias heridas.
Pero Memoria de Lobos no quiso ser solo un artefacto literario: también es una brújula ética. Planteo preguntas sin respuesta fácil: ¿Qué hacemos con las culpas que no cometimos pero heredamos? ¿Cómo se limpia una conciencia cuando la verdad ya ha sido deformada por el tiempo y la conveniencia? ¿Dónde termina la lealtad a la sangre y empieza la fidelidad a uno mismo?
He intentado escribir una novela ambiciosa sin ser pretenciosa, honda sin ser solemne, luminosa en su oscuridad. Aspiro a que Memoria de Lobos sea un clásico instantáneo, una obra destinada a perdurar más allá de las modas, y a ser releída como se releen los textos sagrados: no para entenderlos, sino para entendernos.
Si en Damas Nómadas celebraba la libertad femenina y el nomadismo emocional con una voz jazzística y seductora, aquí entrego su reverso mineral, mi lado submarino. Memoria de Lobos es la novela que uno escribe cuando ha visto demasiado, cuando ya no hay tiempo para fingir. Porque, al final, todo escritor escribe sobre su propia fuente de las lágrimas. Yo, esta vez, la he convertido en literatura.






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