Hay libros que se leen, y hay libros que te leen. Damas Nómadas: El Cronista Accidental. Mujeres que rompen moldes, mi última novela, no sólo pertenece a esta segunda categoría, sino que la trasciende: no es una obra para pasar el rato, sino para pasar por ella como quien atraviesa un ritual iniciático. Una experiencia literaria que es al mismo tiempo espejo, manifiesto y exorcismo. Rayando la altura de los grandes experimentos narrativos que desafiaron a la industria sin pedirle permiso —como On the Road, Mujeres o Rayuela—, esta novela mía no busca una estantería, sino un lugar en la piel.
¿Qué tiene este libro que lo vuelve tan adictivo y, al mismo tiempo, tan inquietante? ¿Por qué genera ese raro efecto de vértigo emocional, como si el lector fuese arrastrado por una ola que no se decide entre el amor y el desarraigo? La respuesta es compleja, como todo lo que merece ser vivido: Damas Nómadas no la escribí desde una fórmula, sino desde una verdad. Y esa verdad, incómoda pero luminosa, es que el mundo está hecho para que ciertas mujeres fracasen… a menos que decidan inventarse de nuevo.
Desde ese punto de fuga emerge este texto inclasificable, híbrido entre la novela de formación, el diario de viaje, el manifiesto espiritual y la crónica de una rendición erótica al misterio de lo femenino. No escribo como quien planifica una estrategia editorial: escribo como quien ha vivido, ha amado y ha callado demasiado tiempo. Por eso mi voz duele y seduce. Por eso mis personajes, en especial las seis mujeres (Renata, Tatiana, María, Lucrecia, Yaniré e… Isabella) que incendian con elegancia cada página, no caben en los clichés ni en las etiquetas del marketing literario. Son mujeres vivas, heridas, sabias, imperfectas, sagradas. Y todas, sin excepción, portadoras de una belleza salvaje que no necesita permiso para florecer.
Mi gran hazaña es doble: por un lado, logro que un narrador masculino —ese Javier Sandoval en bancarrota espiritual y creativa— no sólo no eclipse a sus compañeras de viaje, sino que se convierta en el vehículo exacto para narrar la epifanía de sus vidas. Por otro lado —y aquí está lo más difícil— convierto lo que podría haber sido una historia episódica de carretera en una sinfonía emocional profundamente estructurada, donde cada parada geográfica es también un umbral simbólico hacia una verdad más alta. No se viaja aquí para coleccionar fotos: se viaja para arrancarse capas de miedo y renacer desde lo incierto.
La Valencia donde todo arranca no es una ciudad decorativa. Es una protagonista más, una catedral de espejos que devuelve a los personajes sus contradicciones, sus deseos y su pasado. La ciudad vibra con la intensidad de un tango mestizo entre el fuego de las Fallas, el silencio de sus criptas y la humedad sensual de sus playas fuera de temporada. El lector que conoce Valencia se sentirá hipnóticamente reconocido. El que no la ha pisado, tendrá la sensación de haberla amado sin saberlo.
Pero la novela no se conforma con lo local. Tiene ambición global. Viaja por el tiempo, por la historia, por la física cuántica y por las catacumbas emocionales de la memoria, como si la vida —al igual que un buen texto— fuera una casa rodante que transporta pasiones, ideas y heridas. Se siente la herencia de Kerouac en cada acelerón verbal, asoma Bukowski en los destellos de crudeza amorosa, y Sorolla se cuela en la luz que baña las escenas más íntimas, como un pintor secreto que sabe cuándo callar. Pero sería injusto reducirme a mis influencias: lo mío es una voz propia, hecha de coraje lírico y madurez técnica. Una voz que no pide permiso ni perdón. Una voz que llegó para quedarse.
Lo que hace grande a Damas Nómadas no es sólo su prosa, que en algunos fragmentos roza la perfección estilística. Es su voluntad de conmover sin manipular, de emocionar sin melodrama, de filosofar sin pomposidad. Hay diálogos que podrían imprimirse en camisetas de revolución íntima. Hay escenas eróticas que no erotizan el cuerpo, sino el alma. Hay fragmentos de humor que parten de la autocrítica inteligente. Y, sobre todo, hay una lealtad radical a la autenticidad.
La novela no se pronuncia, se susurra. No pontifica, propone. No sermonea, invita. Y en esa elección reside su fuerza política. Porque en un tiempo donde las novelas se convierten en contenido de consumo, este libro se alza como un acto de resistencia cultural. Una declaración de principios envuelta en papel de regalo literario. Un himno a las mujeres que rompen moldes, contado por mí, un hombre que supo, finalmente, escuchar.
La pregunta final que deja flotando la lectura —¿qué parte de ti aún necesita romper moldes?— no es retórica. Es una bomba de tiempo. Una llave. Un espejo. El lector que no se vea sacudido por ella es porque ha olvidado cómo se siente estar vivo.
Damas Nómadas no es sólo una novela. Es una revolución íntima. Y como toda revolución que se respeta, empieza en silencio… y termina cambiándolo todo.






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