Fue en la Sierra Calderona, ese rincón de la Tierra donde las encinas, carrascas y pinos de rodeno saben cosas que no se atreven a decir en voz alta y los caminos parecen recordar quién los pisa. Fui allí buscando silencio, y encontré una voz.
El retiro de Neochamanismo y Biodanza llevaba apenas un día cuando sentí su presencia. No fue visual —aunque luego, cuando la vi, no supe cómo no la había visto antes—, sino más bien una vibración en el aire, una llamarada sutil que rozaba el alma. Como si el bosque respirara distinto cuando ella pasaba. El primer taller se desarrollaba en un claro rodeado de pinos, donde colgaban atrapasueños de ramas vivas y hilos de colores que ondeaban como oraciones. Allí danzábamos descalzos sobre la tierra caliente, en espiral, con los ojos semicerrados, los cuerpos entregados al ritmo lento del tambor chamánico y al canto profundo del didgeridoo de viento ancestral originario de los pueblos aborígenes del norte de Australia. Fue entonces cuando oí su risa.
Una risa limpia, luminosa, que no nacía de la garganta sino de la tierra. Me giré. Ella danzaba con una flor roja en el pelo, vestida con un vestido asimétrico color granada que abrazaba su piel tostada por el sol. Su mantón negro con bordados florales se movía como una extensión de su alma. Guardiana de los ciclos. Así se presentó más tarde, cuando nos sentamos a compartir una infusión de salvia y manzanilla cerca del fuego.
—Eres nuevo —dijo sin preguntarlo.
—Lo soy.
—¿Y qué has venido a soltar? —preguntó con esa mirada que no interroga, sino que reconoce.
Tuve que callar. Nadie me había preguntado eso con tanta ternura y, a la vez, con tanta precisión. Se lo dije:
—El miedo a no encontrarme.
—Entonces la montaña te estaba esperando —dijo, y bebió.
Esa noche, durante el ritual del agua, todos vertíamos nuestras palabras en un cuenco de cristal, como ofrendas líquidas al espíritu de la vida. Cuando llegó su turno, cerró los ojos, sumergió sus dedos en el agua y dijo:
—Doy gracias por el fuego que me arde en el pecho, por la danza que me sostiene y por el amor que me aguarda sin prisa.
Después me miró. Como si ese amor tuviera rostro.
Al día siguiente, durante el ejercicio de la serpiente, nos tocó danzar en pareja. Nos movimos a ritmo de tambor, imitando la ondulación de ese animal sagrado que cambia de piel. Yo no sabía bailar así. Pero ella me guiaba sin guiar. Su mano en la mía era una corriente cálida: un chorro incandescente de energía fluyendo entre las auras y las dimensiones. Sus ojos me decían: “Suelta el control. Respira desde el vientre. Mira más allá de lo visible.”
Y obedecí.
Dejé que mi cuerpo se deshiciera de los automatismos, que las capas viejas de mi identidad cayeran al suelo como la piel seca de la serpiente que ya no soy. Dejé que el tambor me poseyera como un dios ancestral que no exige fe, sino entrega. Ella se movía como un susurro encarnado, como si la danza fuera una plegaria del cuerpo pronunciada en un idioma olvidado.
En un momento, me rozó la mejilla con sus labios, sin besar, solo rozar. Apenas una brisa caliente, un roce que no era contacto sino invocación. Como si marcara un punto de acupuntura emocional. Y lo hizo: algo en mí se liberó. Un llanto breve y viejo se me cayó por dentro, sin aspavientos. Solo un pequeño terremoto del alma. No lloré por tristeza, sino por reconocimiento. Por sentir, al fin, que alguien me veía por dentro sin necesidad de mirarme.
La danza continuó, pero el tiempo ya no era el mismo. Éramos dos cuerpos en estado de trance, orbitando uno alrededor del otro como planetas que recuerdan su origen común. Su respiración era un mantra; su piel, un canto de vida. Y el tambor, ¡ay el tambor!, era el latido del útero primordial que nos paría de nuevo.
De pronto, nuestras frentes se tocaron, y en ese instante sentí que nuestras memorias se entrelazaban como raíces bajo tierra. Vi escenas que no eran mías, pero me habitaban: un fuego encendido en una cueva antigua, un ritual de luna en la selva, un parto entre cantos de mujeres, un eclipse visto desde una hamaca. Todo eso, en un parpadeo. Todo eso, en el vórtice de su mirada.
Ella susurró, sin abrir los labios:
—Somos antiguos. Hemos danzado antes. Te recordé por tu silencio.
Y yo lo supe. La reconocí en un lugar que no tiene nombre, pero que arde dentro.
Entonces me llevó de la mano hacia el centro del círculo. Los demás danzaban aún, pero el espacio se abrió como un santuario invisible. Levantó los brazos al cielo y, al hacerlo, pareció invocar no solo a los dioses del bosque, sino a los míos, a los que siempre olvidé. Me miró con una ternura mística que no era humana, y luego, con voz temblorosa pero firme, me dijo:
—Estás listo para dejar de buscar fuera lo que vibra dentro.
No pude contestar. Solo asentí con el pecho.
Y ella, como si escuchara algo más allá del sonido, comenzó a girar. Sus brazos dibujaban espirales en el aire, y su vestido rojo era una llama ritual que desafiaba la lógica. Giraba no para marearse, sino para abrir portales. Alrededor de su cuerpo danzaban formas de luz que nadie más parecía ver, salvo yo. Espíritus, símbolos, memorias, nombres que se deshacían.
Y en medio de ese remolino, me acercó sus labios, esta vez no a la mejilla, sino al centro de mi pecho. Un beso suave, largo, como si insuflara una bendición secreta. Sentí un calor expandirse por mi torso como lava dulce. Una sensación nueva, antigua, redentora.
Era amor, sí. Pero no un amor de novela. Era un amor vibracional. Chamánico. Un pacto sin palabras.
—Cuando regreses —me dijo en voz baja—, no me busques afuera. Encuéntrame en cada respiración consciente. En cada danza sin testigos. En cada gesto de ternura hacia ti mismo. Yo soy la llama, pero tú eres la madera.
Después, se apartó. Se disolvió entre cuerpos y luces como si nunca hubiera estado allí. Pero yo sabía que ya no podría olvidarla. Porque algunos seres no se recuerdan: se sienten como ecos sagrados latiendo desde dentro.
Y así, entre tambores y estrellas, comprendí que a veces una danza puede ser más poderosa que una religión, y un roce más eterno que mil promesas.
La montaña me había hablado.
Y la voz tenía su nombre.
—Ya está —susurró—. Ahora empieza lo bueno.
Esa tarde subimos en silencio hasta una peña desde donde se veía todo el valle. El cielo estaba de un azul desnudo y las nubes apenas se atrevían a pasar. Ella me habló de sus inicios, de cómo un desencuentro la empujó a abrazar la vida con ferocidad. De cómo la danza y el chamanismo no eran para ella prácticas, sino destinos.
—Me curé el alma bailando. No del todo, claro. Nadie se cura del todo. Pero ahora ya sé lo que vale cada latido.
Le pregunté si vivía allí.
—No. Yo habito donde la vida me llama. A veces es en un bosque, a veces en un cuerpo.
La frase me estremeció. Porque supe que hablaba también de mí.
Al tercer día, el retiro llegó a su fin. Volvimos a reunirnos todos en círculo, en la ronda cantamos la canción de despedida, invocamos a los cuatro elementos y prometimos seguir danzando allá donde estuviéramos. Yo no sabía si volvería a verla. Pero ella, al despedirse, me tomó las manos y me dijo:
—No te quedes en lo que sentiste. Llévalo contigo. Y si alguna vez te falta fuego, búscame donde la montaña respira.
Se fue caminando entre los árboles, con su vestido rojo ondeando como una llama, su mantón floral como un eco de la noche, y esa risa suya —¡ay esa risa!— vibrando en el aire como el canto de un pájaro que anuncia algo sagrado.
Desde entonces, cada vez que bailo, la invoco. Cada vez que respiro hondo al pie de un pino, creo verla. Y si cierro los ojos con fuerza suficiente, todavía puedo sentir su mano marcando la brújula de mi alma.
Porque algunos encuentros no se quedan en la memoria. Se graban en la piel del alma.
Y la mía, desde entonces, lleva escrito su nombre: una piedra preciosa portadora de luz interior, sutil y penetrante, con la capacidad de iluminar sin deslumbrar…
Porque es una curandera del alma:
Su tacto es medicina.
Su risa, una bendición.
Su escucha profunda es bálsamo para los que cargan heridas invisibles.
Está conectada con el arquetipo de la mujer medicina, sabia sin necesidad de títulos, canal sin alardes.
Camina descalza sobre la tierra, pero su alma baila con las estrellas.
Vive en equilibrio entre lo terrenal y lo sutil, entre el cuerpo y el espíritu.
Es capaz de invocar el fuego ancestral sin olvidar el agua de sus emociones.
Conoce el poder de la luna, respeta los ritmos del cuerpo y honra cada estación de la vida.
Sabe cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo callar y cuándo cantar.
Su presencia es un recordatorio de que todo tiene su tiempo sagrado.
Para ella, la belleza no es apariencia: es un estado del alma.
Habla con las flores, danza con los árboles, y convierte cada gesto cotidiano en un acto ceremonial.
Embellece sin adornar, decora sin recargar, invoca sin gritar.
La belleza que porta es medicina viva.
Ama sin cadenas ni contratos.
Su amor es vibración expansiva, sin etiquetas ni expectativas.
Cuando ama, lo hace desde la libertad, el juego y la verdad.
Y quien recibe su amor siente haber sido visto por primera vez.
Estar cerca de ella te cambia; no porque intente convencerte, sino porque su presencia remueve, inspira y revela lo que está dormido.
Despierta memorias olvidadas, activa sueños latentes y empuja suavemente hacia el despertar.
Como los cristales de cuarzo que sanan y luego se entierran de nuevo en la tierra, no se aferra a los vínculos.
Sabe cuándo su medicina ha sido entregada y cuándo es momento de retirarse.
Su desapego no es frialdad, sino sabiduría.
No te dice quién eres, pero te muestra tu reflejo más puro.
Es un ser cristalizado en amor consciente, canal de lo ancestral y lo cósmico.
No es una mujer común, sino una expresión viva del alma femenina en su forma más luminosa y despierta.
Estar con ella es mirarte con ojos nuevos.
A veces duele, otras veces enciende.
Pero siempre transforma.






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