Despierto cada madrugada con el rumor de un tambor imaginario que late justo detrás de mi esternón; allí convergen mi oficio de narrador y el pulso secreto de la danza, esa ceremonia sin púlpitos donde el cuerpo escribe lo que la lengua no alcanza: así se recoge en mi novela «Miércoles Biodanza«. Desde esa intimidad incendiada redacto estas líneas para “Escritos para una nueva era” de Ubertnia.com, convencido de que la literatura del mañana no saldrá de una biblioteca polvorienta, sino de la connivencia entre la tinta y la piel que se mueve, de la complicidad entre el verbo y la célula que vibra. Hoy os invito a mirar los libros como manuales de latido, a trazar rutas de lectura que atraviesen el diafragma y resuenen en el pericardio, a cuestionar el canon con la respiración agitada del baile, a inaugurar un territorio híbrido donde las metáforas suden y los párrafos respiren.

He comprobado en mis propios huesos que un giro de cadera puede sustituir a cien páginas de ensayo sobre la alegría, y que un abrazo de grupo —ese instante en que la espina dorsal canta— posee más trama que ciertos tratados de estética. Por eso propongo a mis colegas de pluma temas radicales, cargados de molla, que osen bordear el precipicio afectivo: la novela como partitura cinética, el ensayo como coreografía cenital, el cuento breve como pulsación cardiaca narrada a contratiempo. ¿Qué pasaría si evaluáramos a Flaubert por la elasticidad de sus tendones? ¿Y si leyéramos a Clarice Lispector con los párpados cerrados, dejando que la música interna de sus frases nos mueva antes de entenderlas?

Resulta urgente discutir la ética del contacto en tiempos de pantallas: cómo rescatar en un club de lectura la caricia furtiva del pie bajo la mesa, cómo legitimar en una firma de libros el temblor visceral que antecede a la dedicatoria. Quiero escribir, y que otros escriban, sobre la poética del abrazo como subversión narrativa, sobre la mirada sostenida que rompe el pacto tácito de la indiferencia urbana, sobre la ternura feroz que reclama lugar entre comillas. La Biodanza, al recordarnos que la vida se pronuncia en presente continuo, nos enseña que la literatura necesita descalzarse: ningún texto que pretenda perdurar puede permanecer ajeno al barro que mancha los tobillos cuando llueve sobre un verso.

Sugiero investigar la estructura dramática de una sesión vivencial: la entrada en silencio que preludia la lectura, el clímax de la rueda grupal como punto de giro obligado, la integración final como epílogo catártico. De ahí brotan posibilidades narrativas fascinantes: novelas construidas como rondas de cabecera; memorias que se despliegan al ritmo de una bossa nova que sube y baja como la tensión interna del personaje; crónicas que se escriben con los latidos sincronizados de un colectivo. En mi cuaderno tengo ya esbozos de un poemario que solo cobrará sentido cuando sea leído danzando en penumbra, a la luz oblicua de un proyector que dibuje sombras sobre la respiración de los asistentes.

El lector del siglo XXI busca experiencia, no apenas argumento; demanda sudar junto al protagonista, oler el vértigo de su pánico, sentir cómo el aire se caldea cuando dos biografías colisionan. Por eso, invoco la figura del facilitador literario: un autor que, más que contar historias, orquesta vivencias textuales, convoca músicas que disparan neurotransmisores, crea atmósferas donde cada frase es pasaporte hacia la biocentricidad. ¿Nos atreveremos a diseñar clubes de lectura donde la crítica se exprese en gestos, y la disidencia se marque con el pulso del tambor? ¿Nos acercaremos a la infancia recuperando la ingenuidad con que un niño garabatea mundos mientras da vueltas sobre sí mismo?

Como escritor, declaro obsoleta la noción de “público sentado”. Aspiro a auditorios que se muevan, a presentaciones de libros que inicien con un círculo de respiración conjunta y concluyan en silencio reverencial, no por academicismo, sino porque el corazón se nos haya ensanchado de pura vida. Quiero que mis lectores hurguen en la palabra “vitalidad” y encuentren no un concepto, sino la hormona que acelera la cicatrización del escepticismo. Quiero que comprendan que la Biodanza no es un lujo para gourmets espirituales, sino una barricada contra la entropía afectiva que amenaza nuestras ciudades, nuestros hogares, nuestros médiums narrativos.

Si algo he aprendido danzando es que la trama más compleja se reduce a dos ejes: acercamiento y retirada, sístole y diástole, inspiración y exhalación. Todo conflicto literario cabe en ese parpadeo eterno que sostiene el universo. Por ello me obsesiona la metáfora del pulso como arquitecto invisible del texto: cada capítulo, una contracción; cada diálogo, una dilatación; el desenlace, esa larga exhalación que nos deja exhaustos, aunque lúcidos. Así, propongo investigar la noción de “respiración narrativa”, medir la capacidad pulmonar de un párrafo, cuantificar la oxigenación cerebral que produce un plot twist bien calibrado. Imagino tesis doctorales donde se analice la correlación entre la frecuencia cardiaca del lector y la posición exacta del punto y aparte.

Y hablemos del crítico: ese ente adusto que suele rondar los bordes de nuestras fiestas creativas. Invoquémoslo al centro de la pista, pidiéndole que opine mientras gira sobre sus talones, que dictamine mientras su pelvis marca el compás. Desconfiemos de la erudición que no sude; premiemos la exégesis que se impregne de vida. Nada más subversivo que un reseñista bailando a la luz del neón mientras desmenuza la semántica de un haikú.

Me resta ya poco espacio, pero la invitación queda lanzada: abro las puertas de esta página para recibir relatos que nos devuelvan el temblor de la carne, crónicas que celebren la fisiología de la esperanza, ensayos que desmonten la arrogancia cerebral y rescaten la sabiduría del peristaltismo. Que cada palabra palpé la piel del lector, que cada metáfora le deslice la yema del dedo por la nuca, que cada argumento roce el músculo psoas donde anida la emoción primera.

Así concluyo, con el cuerpo aún resonando, convencido de que la literatura que viene no será escrita: será danzada, susurrada entre costillas, impresa en la memoria táctil de quienes se atrevan a cerrar los ojos y dejarse mecer por la música de las palabras que respiran. Ubertnia.com será nuestro salón de baile textual, nuestro laboratorio de latidos, la biblioteca viva donde el verbo se hace carne… y baila.


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