Peregrinas del Vértigo: Liturgia de la Reinvención
He aquí mi confesión: cada vez que una historia me salva de mi propio naufragio, siento que ha nacido una patria portátil. “Damas Nómadas: El Cronista Accidental. Mujeres que rompen moldes” germinó así, en el borde afilado de un silencio creativo, cuando cuatro viajeras irrumpieron en mi vida como sílabas de un alfabeto nuevo. Yo —escritor al filo de la inanición literaria— observé primero, anoté después y acabé dejándome poseer por la corriente que ellas desencadenaron. He pasado meses destilando esa materia incandescente, preguntándome, como Foucault ante los pliegues del poder, qué sucede cuando el cuerpo decide ser su propio pasaporte y la piel rehúsa toda frontera.
Valencia, mi laboratorio de espejos, me obligó a mirar la ciudad con ojos migratorios. En sus mercados descubrí que un grano de azafrán puede contener la memoria de diez imperios, y en los paseos marítimos comprendí que la ceniza de las fallas no es polvo: es promesa de transfiguración. Allí, las damas nómadas —Yaniré, María, Tatiana, Lucrecia y Renata— hilvanaron sus relatos como quien borda mapas en una noche sin luna. Marcuse habría identificado en ellas la raíz de una desobediencia erótica, un rechazo radical a la lógica del rendimiento que reduce el deseo a mercancía. Jung susurraría que sus sueños compartidos no son más que arquetipos de un ánima colectiva, despertando en la penumbra del miedo contemporáneo a pertenecer.
Mientras viajaba con ellas, descubrí que todo pasaporte es una herida y todo país, una cicatriz en la psique. Cada aduana recordaba nuestra fragilidad; cada sello, nuestra capacidad de reinvención. No eran musas sino cartógrafas del extravío: coleccionistas de ex-amores millonarios, sí, pero sobre todo expertas en demoler la arquitectura del prejuicio. Mi cuaderno se llenó de versos sucios y teorías limpias: que la casa más sólida es la conversación; que el lujo empieza donde termina la culpa; que la genealogía de la libertad se escribe con sangre, risas y un puñado de verbos en futuro.
Permitidme una escena: —«¿Y si mañana vendemos todo y compramos tiempo?», propone Tatiana con la naturalidad de quien pide sal. —«El tiempo no se compra», respondo. Ella alza la copa de vermut mediterráneo: —«Entonces alquilémoslo a la muerte». Bajo el fulgor jazzy de un saxofón callejero, entendí que aquello era una tesis existencial. Allí nació el pulso narrativo que vertebra la novela: el vértigo necesario para que la identidad deje de ser cárcel y se convierta en danza.
Harari afirma que sólo las ficciones compartidas mantienen unida a la especie; yo añado que las historias que desmantelan nuestras certezas la mantienen viva. “Damas Nómadas” se ofrece como esa grieta luminosa: un pacto para cuestionar la propiedad del deseo y conjurar la brutal honestidad de saberse inacabado. Relato, de paso, cómo la industria editorial quiso encerrar esta furia lírica en moldes predecibles: portada pastel, moraleja dócil. Preferí incendiar contratos y asumir el riesgo, igual que mis protagonistas queman puentes para iluminarse el rostro. No escribo para complacer algoritmos; escribo para entregarle al lector una brújula que apunte al norte indómito de su anhelo.
Queda poco para agosto, y ya puedo sentir latir la impaciencia de quienes me leen. Al presentar aquí la novela, no os invito a un simple lanzamiento: os convoco a un éxodo interior. Reservad vuestro asiento en Amazon; no por estrategia de marketing, sino porque deseo que cada ejemplar sea un billete sin retorno hacia esa tierra sin nombres donde las certezas se derriten como cera. Imaginad abrir el libro y escuchar una banda sonora secreta: rancheras que confiesan deseos clandestinos, fados que lamen viejas heridas, electrónica balcánica que sacude el esternón. Imaginad descubrir un club de lectura ambulante que aparca su casa rodante a la puerta de vuestra duda para ofreceros hogueras de palabras.
Cierro con una certeza: la única patria legítima es la complicidad que brota cuando dos miradas reconocen la misma intemperie. Yo he hallado esa complicidad en las damas nómadas y ahora la ofrezco a quien desee llevarse la ceniza del viaje en la yema de los dedos. Porque si el mundo se empeña en amurallar cuerpos y sueños, responderemos con más carretera: con frases que viajen ligeras, con historias que ensanchen los pulmones de la esperanza. A partir de agosto, la maleta está lista; la llave está en vuestras manos. Nos vemos en la página uno, en ese preciso instante donde todo lo que creíais inamovible empieza, por fin, a moverse.






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