Hay noches en que el cielo se convierte en un altar primitivo. En que las constelaciones respiran como cicatrices abiertas sobre la carne del universo. Anoche fue una de esas noches. 11 de julio de 2025. La Luna del Ciervo se alzó sobre el horizonte con una majestad antigua, como si hubiera regresado de un largo exilio más allá del tiempo para recordarnos algo que siempre hemos sabido… y temido.
La vi desde la terraza de mi casa, una construcción envejecida por el viento y las decisiones equivocadas, enclavada en las afueras de Valledén, ese pueblo inventado por mis libros y también por mis pesadillas. El bosque que la rodea parecía inclinarse hacia ella, como un rebaño de sombras reverenciando a su reina. Ni una hoja osaba crujir. Ni una lechuza se atrevía a interrumpir el ritual. Era como si incluso los espectros del lugar se hubieran quedado inmóviles, embobados ante esa esfera inflamada que crecía en el cielo como un ojo encendido en cólera. Un ojo que ve más allá de lo visible.
La llaman Luna del Ciervo. Pero no tiene nada de pacífica. Nada de dócil. Es una luna que camina sobre pezuñas antiguas, que arrastra por las noches el rumor de huesos rotos y ramas partidas. En los antiguos calendarios indígenas marcaba el inicio del crecimiento de las nuevas astas. Pero yo no vi promesa alguna en su fulgor. Vi advertencia. Vi señales. Vi a los ciervos huyendo despavoridos hacia la espesura. Vi un ciervo albino detenido en el claro frente a mi casa, con la mirada fija en mí, como si supiera que yo —un simple escribidor de cuentos— estaba a punto de invocar algo más grande de lo que podía comprender.
Y escribí.
—Estás de vuelta —susurré, sin saber si me dirigía a la luna o al ciervo. O a algo más.
Fue entonces cuando empezó a bajar la temperatura. No como lo hace la brisa. No como lo dicta el clima. Fue un descenso espiritual, como si algo se hubiera filtrado desde el otro lado, un aliento gélido que atravesaba las páginas, los pensamientos, el alma.
Mi perro, el viejo Bruce, se escondió debajo del sofá. Los relojes se detuvieron. El teléfono fijo —sí, todavía tengo uno— sonó tres veces y luego enmudeció, como si alguien hubiera marcado desde el fondo de un lago. Pero yo no me moví. Estaba escribiendo, y eso me protegía. O eso quería creer.
La Luna del Ciervo no era solo una fase. Era un umbral.
A las tres de la madrugada, el portátil dejó de responder. El cursor parpadeaba como un corazón inquieto en mitad de la pantalla negra. Entonces, sin que pulsara tecla alguna, las palabras comenzaron a escribirse solas.
—Estás viendo la Luna, ¿verdad? Esa luna no te pertenece solo a ti. No del todo. También me habla a mí.
Firmado: Stephen King.
Me congelé. No era una firma digital. Era su letra. La misma que había visto en una vieja dedicatoria de The Stand. Irregular, intensa, ligeramente inclinada hacia la derecha. Auténtica.
Pensé que era una broma. Que alguien me había hackeado. Pero al levantar la vista, lo vi.
No a través de la pantalla, no en la bruma del bosque. Lo vi en mi estudio. Estaba allí, de pie, con una chaqueta vaquera desgastada y una taza de café en la mano. Más alto de lo que imaginaba. Más flaco. Más presente.
—No te asustes —dijo Stephen, como si eso fuera remotamente posible.
—¿Eres tú? —susurré, con una mezcla de temor reverencial y vértigo.
—No en el sentido literal —respondió—. Pero tampoco soy una alucinación. Llámame… una proyección narrativa. Estoy aquí porque tú me invocaste. O, mejor dicho, ella me trajo.
Señaló hacia la ventana. La luna seguía allí, colgada como una sentencia sobre el horizonte. Pero ahora parecía girar muy despacio sobre sí misma. Y no era una ilusión. Las manchas lunares se movían como engranajes de una máquina celestial. Y en su superficie… vi a alguien más. Una sombra encorvada, que se arrastraba con una pluma ensangrentada en la mano.
—He escrito sobre muchas cosas —continuó King—. Monstruos, casas poseídas, niños con el don. Pero hay algo que siempre supe y nunca quise confesar del todo: hay ficciones que no se inventan. Se revelan. Como ésta.
Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, y sacó del bolsillo interior de su chaqueta una vieja libreta de cuero. La abrió por la mitad.
—Esta historia no empieza contigo. Empezó conmigo. En Maine. En 1982. La primera vez que soñé con la Luna del Ciervo.
Pasé saliva.
—¿Por qué nunca la escribiste?
—Porque no me dejó. Me lo prohibió.
—¿La luna?
—La historia. Hay relatos que, si los terminas, te matan. Y hay otros que, si no los terminas, matan a otros.
Un silencio denso como alquitrán llenó la estancia.
—Ahora te ha elegido a ti —añadió King—. Pero no estás solo. Yo te ayudaré… hasta donde pueda.
Se levantó y me entregó la libreta. Su tacto era áspero, como si las páginas hubieran sido arrancadas de un animal vivo y luego cocidas a mano. Dentro había dibujos. De ciervos con ojos humanos. De hombres con astas. De lunas que lloraban tinta negra. Y al final, una nota:
«Cuando el escritor contemple la luna y vea su doble reflejo —en la bestia y en sí mismo— sabrá que el relato ha comenzado a escribirse desde fuera de la realidad.»
Al día siguiente, intenté buscar en internet alguna alusión a aquella aparición, a un fenómeno lunar extraño, a una noticia. Nada. Todo estaba en calma, como si la noche anterior no hubiera existido. Como si la luna no hubiera bajado a la Tierra a beberse el alma del mundo.
Volví al cuaderno. Había nuevas páginas escritas. Con mi letra. Pero yo no recordaba haberlas escrito.
Una escena mostraba a un joven en los años 80, perdido en un bosque de Maine, perseguido por una criatura con cráneo de ciervo y cuerpo de humo. El joven se llamaba Stevie.
Y en otra página, una anotación con caligrafía diferente:
«Si lees esto, es porque ya estás dentro del cuento. No intentes salir. Escribe hasta el final. O el ciervo vendrá por ti.»
—S.K.
Desde entonces, Stephen King aparece cada noche. No siempre físicamente. A veces en sueños. A veces en el reflejo de los cristales. A veces en la radio rota del coche, murmurando frases suyas mezcladas con sonidos que parecen salidos de una caverna. Me guía. Me advierte. Pero jamás responde una pregunta: ¿cómo termina?
Anoche me susurró al oído:
—Hay un motivo por el que esta luna se llama del ciervo. Y no es biológico. Es ritual. Desde el primer escritor que osó levantar la pluma bajo ella, el ciclo se repite. El que cuenta la historia vive… mientras la historia le obedezca.
Ahora lo sé. No estoy escribiendo una novela. Estoy escribiendo un exorcismo. Una invocación. Un pacto.
La Luna del Ciervo no ilumina. Consume.
Y en su fulgor anaranjado, entre la bruma de los bosques, Stephen King y yo somos apenas dos faros que tiemblan, contando historias para no ser devorados por ellas.
¿Quieres que siga escribiéndola contigo? Porque si lo hago, tendremos que asumir algo:
Esta historia no quiere ser solo leída. Quiere ser vivida.
Y a veces, para terminar una historia… hay que entrar en ella.
Porque cuando llegue la próxima Luna del Ciervo, puede que tú seas el que despierte con astas invisibles creciendo desde tu frente. O puede que seas el que mire hacia arriba y vea tu propio rostro reflejado en ella.
Y entonces será tarde.
Entonces ya serás parte del rebaño.






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