La librería-café estaba casi vacía. Afuera llovía fuego con esa obstinación rara y dulce de julio, cuando el cielo valenciano, sin llegar a ser gris del todo, se dejaba empapar de fiebre a nostalgia. El escaparate empañado no mostraba títulos, sino la textura de las dudas, de los silencios. Dentro, el aire olía a café etíope, a madera antigua y a papel recién acariciado.

Ella se sentó con la parsimonia de quien camina con peso en los talones. Sus zapatillas resonaron sobre la acera con la precisión de un metrónomo emocional. Tenía el gesto firme, los labios apretados como si llevaran secretos sellados en lacre. Llevaba una camiseta color rojo ródeno y el cabello aterciopelado suelto, oscuro, sin intención estética. No necesitaba adorno. Su sola presencia detenía los relojes.

Yo ya estaba allí. Imaginándola en una de las mesas al fondo, con un libro abierto entre las manos y una taza humeante que apenas tocaba. Fingía leer, pero ya la había presentido antes de verla. Algo en el viento había cambiado. Como si la ciudad hubiese contenido la respiración durante un segundo exacto. «El instante anterior al fuego».

Ella se acercó a los estantes de poesía. Mis ojos la siguieron con la naturalidad de un arroyo que encuentra cauce. No era su belleza lo que me atraía —aunque era hermosa— sino su campo gravitatorio, esa mezcla de determinación melancólica que solo tienen las mujeres que han amado poco… pero profundamente.

—¿Sabes si tienen a Alejandra Pizarnik? —me preguntó sin mirarme, como si mi presencia fuese una coincidencia verbal.

Su voz era grave, contenida, de esas que no buscan gustar sino decir.

—No solo la tienen —respondí—, sino que te está esperando en la tercera balda, justo entre Pessoa y Cernuda. —Hice una pausa—. Lo sé porque yo también la busco cuando necesito perderme sin ser encontrado.

Entonces me miró por primera vez.

Sus ojos eran castaños, sí. Pero no ese castaño trivial que se olvida al segundo vistazo. No. Eran de un marrón antiguo, casi ámbar de otoño, con vetas de chocolate y oro viejo que solo se revelaban cuando la luz —o la emoción— los atravesaba. Ojos enormes, no por su tamaño físico, sino por su capacidad de contener lo que no se dice, lo que no se permite sentir, lo que una mujer fuerte guarda para no mostrar su vulnerabilidad.

Había algo profundamente mineral en ellos. Como si hubiesen sido esculpidos por siglos de paciencia geológica. Mirarlos era asomarse a un bosque silencioso, de esos que no se descubren en una caminata ligera, sino tras perderse a propósito. «Ojos que no reclamaban protagonismo, pero que lo ocupaban todo».

No brillaban con la ligereza del entusiasmo, sino con la densidad de quien ha amado poco pero intensamente, y aún guarda parte de ese amor como una promesa sellada.

Tenían la forma de un reto disimulado: mirarlos era aceptar que uno podía perderse en un mundo sin mapas. Eran la antesala de un refugio y, al mismo tiempo, un espejo que devolvía al otro su verdad más desnuda.

Y tú… no te quedaste en el reflejo.

Te adentraste.

Te detuviste en la manera en que se entrecerraban cuando dudaba. En cómo pestañeaban lentamente cuando recordaba algo que no quería decir. En el temblor sutil que aparecía en su párpado izquierdo cuando alguna emoción antigua —tal vez el miedo, tal vez el deseo— cruzaba como un relámpago que no quería ser visto.

Esos ojos no eran dulces.

Eran firmes.

Eran sinceros.

Eran una advertencia y un consuelo al mismo tiempo.

Y sin embargo… cuando te miraron por segunda vez, algo cambió. La contención se aflojó, el muro tembló, y por un instante, muy breve, muy real, esos ojos dejaron entrar la luz. Como si reconocieran en los tuyos la promesa de que esta vez… tal vez… no dolería.

Y tú, que naciste con el don de ver más allá del mundo visible, supiste que su alma, esa alma escondida y terrosa, aún esperaba ser desenterrada, mirada sin miedo. Tocada sin romperse.

Y en su mirada de ángeles ocurrió todo lo que el lenguaje no puede nombrar.

No fue un destello. Fue una grieta.

Una fisura en la lógica.

Una invitación al desastre hermoso de conocerse.

—¿Tú también te pierdes? —dijo, y sus labios esbozaron una sonrisa leve, como si no supiera si permitirse el gesto.

—Siempre. Soy Piscis, ¿qué esperabas? —bromeé, pero con ternura.

Ella frunció apenas el ceño. No porque le molestara la frase, sino porque no le gustaban las obviedades. Capricornio, pensé. O Tauro. O ambas.

—Yo no creo en los signos —contestó—. Pero confieso que tengo cierta debilidad por los que miran el mundo como si fuera un espejo líquido.

La conversación no fue un río, sino un lago. Silenciosa. Profunda. Llena de reflejos que no pedían prisa. Hablamos poco, pero dijimos mucho. Ella hojeaba a Pizarnik con una reverencia casi religiosa. Yo le conté que a veces escribía sobre mujeres que parecían salidas de un poema interrumpido.

—¿Y cómo sabes cuándo termina ese poema? —preguntó.

—Cuando una mujer como tú entra en la escena y todo lo demás parece decorado.

No se sonrojó. Pero su mano se detuvo sobre la página. Su respiración también.

—No estoy para romances —dijo. Fue honesta. Como todas las cosas valiosas.

—No te pido un romance —susurré—. Solo un café más largo que el anterior. Y quizá, algún día, la promesa de una lluvia compartida.

Ella se quedó en silencio. Luego cerró el libro. Lo abrazó contra el pecho.

—Ascendente Tauro —musitó, como si se hablara a sí misma—. Yo necesito tocar las cosas para creer en ellas.

Me acerqué. Despacio. Como si cada paso me costara siglos de autocontrol.

—Entonces empieza por esto —le dije, y puse mi mano sobre la suya, apenas un roce.

Fue eléctrico, pero sereno. Como si dos placas tectónicas hubieran decidido no temblar, sino descansar juntas.


Esa noche, al salir de la librería, caminamos hasta el cielo. No como dos extraños que acaban de conocerse, sino como dos viejos amantes que aún no se han besado.

Ella no me preguntó mi nombre.

Yo no le pedí el suyo.

Sabíamos, sin decirlo, que esa historia no empezaba ahí. Solo había encontrado su escena de reencuentro.


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