He aprendido en esta vida que hay personas cuya existencia jamás ocupará portadas ni abrirá telediarios (me equivoco), pero que sin embargo sostienen el alma de un pueblo entero. Son faros humanos, invisibles para la estadística, pero imprescindibles para la memoria emocional de una comunidad. Julián Carabanes, al que algunos conocíamos como Julianín, era uno de esos seres irrepetibles. De los que no necesitan levantar la voz para ser escuchados, ni imponerse para ser seguidos. De los que te saludaban con una sonrisa limpia y una mirada sincera que irradiaba una fuerza ancestral, esa que sólo brota de la autenticidad absoluta.

Lo conocí hace más de veinte años, entre ninots, carpas y pólvora, en las Fallas del Marítimo. No era un político, ni una estrella, ni un académico, pero todos los grandes valores de la cultura valenciana estaban encarnados en él con una naturalidad conmovedora. Enseguida comprendí que estaba ante alguien especial, de los que caen bien por una especie de alquimia humana difícil de explicar. Julián era sencillo, sí, pero no simple. Alegre, pero no banal. Cercano, pero jamás invasivo. Tenía esa virtud rara de hacer sentir importante al otro sin aspavientos. Su alegría no era impostada. Su bondad, tampoco. Era, simplemente, un hombre bueno. Y eso, en estos tiempos de cinismo y ruido, es casi un milagro.

Recuerdo verlo entre bastidores, durante las galas de Cultura, organizando, animando, sonriendo. No buscaba protagonismo, pero era el alma de cada celebración. Dirigía sin imponer. Motivaba sin empujar. Inspiraba sin hablar de sí mismo. Cada vez que alguien dudaba, él era el primero en tender la mano. Cada vez que un niño lloraba, él se arrodillaba para hacerle reír. Cada vez que la tensión subía, él desactivaba el conflicto con una broma que desarmaba a todos. Y todo eso lo hacía sin buscar aplausos, sin esperar nada a cambio. Porque para él la fiesta no era un espectáculo, sino una forma de estar en el mundo.

Cuando supe de su caída adornando con una senyera la sede de la Agrupación del Marítimo, sentí un nudo en la garganta. No sólo por la fatalidad absurda del accidente, sino porque intuía —como muchos— que algo más se iba con él. Julián no era un nombre más en la lista de comisiones. Era un símbolo viviente de lo mejor de nuestra cultura popular. Era un hombre-puente, un tejedor de afectos, un transmisor de alegría y compromiso sin dogmas. Representaba esa fibra invisible que sostiene a una comunidad: la del cariño desinteresado, la entrega sin límites, la pasión por lo nuestro. Y su ausencia deja un vacío que no sabremos llenar.

Pero no escribo estas palabras sólo para llorarlo. Escribo para rendir homenaje a una categoría humana cada vez más escasa: la de los imprescindibles sin currículum, los sabios sin título, los generosos sin agenda. Julián era uno de ellos. Era un sabio del afecto, un artista de lo cotidiano, un militante del entusiasmo. Su legado no será un libro ni una escultura, sino algo más profundo: las huellas invisibles que dejó en cada persona que lo conoció. Porque quien deja alegría, deja eternidad. Quien siembra comunidad, vence a la muerte.

En tiempos donde todo se mide en clics y seguidores, Julián nos recuerda que hay otra métrica: la del alma compartida, la del recuerdo que abriga, la del nombre que arranca una sonrisa aunque ya no esté. Su historia es también un manifiesto. En una sociedad que premia la visibilidad y el ego, él eligió el camino del servicio y la sencillez. En una época que glorifica el ruido, él encarnó la armonía. En un mundo cada vez más dividido, él tejió puentes con hilos de humanidad. Y por eso su muerte no es sólo una pérdida: es también una lección.

No me cabe duda de que en algún rincón del más allá —si es que existe— Julián ya estará organizando algo. Quizás una gala celestial, quizás una ronda fallera entre ángeles, quizás un musical donde Broadway se mezcla con la terreta. Lo imagino subido a una escalera de estrellas, colocando con cariño una bandera que no representa a ningún partido, sino a todos los corazones buenos que saben que la vida vale la pena cuando se vive para los demás. Su último gesto, ser donante de órganos, lo confirma: incluso después de partir, quiso seguir dando vida.

Hay muertes que oscurecen. Y hay muertes que iluminan. La de Julián, contra toda lógica, es de las segundas. Porque nos deja el ejemplo. Nos deja la ternura. Nos deja la esperanza de que aún existen personas buenas. Y nos obliga, a quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, a estar a su altura. Que no es una altura de méritos, sino de corazón. Y eso, créanme, es lo más difícil y lo más necesario en este mundo de corazas.

Por todo ello, gracias, Julianín. Por tu risa, por tu pasión, por tu forma de ser. Por recordarnos que la cultura popular no es ruido ni rutina, sino un tejido de amor, memoria y pertenencia. Que no hay tradición viva sin personas como tú. Y que una buena persona, incluso sin quererlo, puede ser más eterna que cualquier monumento. Allí donde estés, sigue iluminando. Aquí, en la tierra que tanto amaste, te seguiremos echando de menos con la misma sonrisa que tú nos regalaste. Y que nunca, nunca se borrará.


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