Acudí, no hace mucho, a una conferencia del Club Ágora de Filosofía en Valencia titulada “La Filosofía de una frontera invisible: La era de la Postverdad”. No sabía entonces que saldría de allí con la certeza de que lo invisible —eso que no se ve porque está por todas partes— se ha vuelto más real que lo real. Hablaron de la posverdad, del colapso del hecho frente a la emoción, de esa demolición sutil pero constante de la realidad común en la que generaciones enteras aprendieron a fiarse de lo verificable. Y lo que más me golpeó no fue la exposición académica de sus ponentes, sino la intuición silente, esa punzada en la nuca, de que esa frontera de la que hablaban —invisible, movediza, líquida— ya la hemos cruzado todos, sin darnos cuenta. O peor aún: la hemos aplaudido.

La posverdad no es una invención mediática, ni una moda intelectual. Es el nombre último de una mutación ontológica. No estamos ante una era donde simplemente se miente más. Estamos ante una era donde el concepto de verdad ha sido erosionado, desplazado, sustituido por otra cosa. La posverdad es, como decía Eduardo, el presentador del evento, una forma de manipulación que ni siquiera se molesta en ocultarse. No busca convencer mediante argumentos. Busca afectar, sacudir, envolver emocionalmente. Si los hechos contradicen tu emoción, peor para los hechos.

En esta dislocación de lo verdadero, el lenguaje ya no es vehículo del mundo, sino su ventrílocuo. Ya no nos expresamos para decir lo que hay, sino para producir versiones personalizadas de lo que conviene que haya. El algoritmo, ese demiurgo digital que todo lo ve, ha aprendido no sólo a clasificar nuestras búsquedas, sino a anticipar nuestros deseos. Así, lo real ha dejado de ser colectivo para fragmentarse en un mosaico infinito de micro-realidades, cada una alimentada por su propia lógica emocional, su sesgo de confirmación, su burbuja semántica. En esta Babel, ¿quién necesita la verdad?

La posmodernidad ya nos había advertido: no existe una única verdad, sino relatos, narrativas, discursos. Derrida, Lyotard, Foucault… todos señalaron la arbitrariedad del signo, la trampa del poder incrustada en cada declaración. Pero lo que era una advertencia crítica, una llamada a desenmascarar los dispositivos de dominación, ha devenido en coartada para la indiferencia. Donde antes se desmontaban verdades absolutas para liberar la palabra, hoy se niega cualquier posibilidad de una verdad común. El resultado no es libertad, sino desarraigo. No es empoderamiento, sino desconexión.

Heidegger escribió que “la esencia de la verdad es la libertad”, y sin embargo hoy asistimos al espectáculo inverso: la pérdida de una noción compartida de verdad ha reducido nuestras libertades a simulacros gestionables. La libertad, sin un suelo común donde se fundamente, se convierte en capricho. Y el capricho es el principio del caos.

La tecnología, por supuesto, no es culpable en sí misma. No lo es el algoritmo, ni la inteligencia artificial, ni las redes sociales. El problema es el uso que hemos consentido. En lugar de alfabetizarnos digitalmente, de construir una ética de la información, nos hemos rendido con la facilidad de quien entrega las llaves de casa a su secuestrador a cambio de entretenimiento gratuito. La IA, en vez de expandir el horizonte del conocimiento, ha empezado a sustituir el esfuerzo de pensar. Y el pensamiento, como sabía Jung, no es un lujo, sino una forma de supervivencia espiritual.

¿Y qué hacemos los escritores? ¿Cuál es el lugar de la literatura cuando la palabra ha sido prostituida, cuando la ficción y la mentira se confunden en un carnaval de likes y realidades paralelas? Es aquí donde, paradójicamente, el oficio de escribir recobra su carácter sagrado. Porque la literatura no es una fábrica de historias. Es, en su forma más alta, una búsqueda radical de sentido. No de “la” verdad, pero sí de verdad, sin adjetivos. La que emerge cuando uno desciende hasta el núcleo incandescente de su conciencia y escucha lo que realmente hay ahí. Lo que duele. Lo que no encaja. Lo que no se puede negociar ni borrar con un tuit.

Frente a la era de la posverdad, yo apuesto por la posficción. No una ficción que simula la realidad, sino una que la expone, la interroga, la obliga a rendir cuentas. Una ficción que no busca evadir, sino revelar. Porque el escritor, en este siglo de pantallas, debe ser más que nunca un cartógrafo de lo invisible, un recolector de lucidez, un contrabandista de lo esencial. Que otros vendan consuelo. Yo prefiero sembrar preguntas.

Pero resistir no basta. Es necesario también reconstruir. Si queremos recuperar un mínimo vínculo con la realidad, debemos educar la mirada. Debemos restaurar la capacidad de pensar críticamente, de dudar sin caer en el cinismo, de verificar sin convertirnos en burócratas del dato. La filosofía, lejos de ser una reliquia de biblioteca, es hoy una necesidad de primer orden. Y no hablo de repetir a Kant o a Platón, sino de vivir filosóficamente: de ejercitar la sospecha, de cavar en lo profundo, de pensar el pensamiento.

La verdad no es una cosa. Es una práctica. Una forma de estar en el mundo. Una disciplina del alma. Y si hay algo que he aprendido en estos tiempos confusos es que la única manera de habitar dignamente la incertidumbre es con rigor, con compasión y con coraje. El coraje de decir no. De sostener una idea aunque sea impopular. De escribir un libro sin saber si alguien lo leerá. De seguir defendiendo la belleza de un texto trabajado cuando todo invita a la banalidad instantánea.

Hoy, más que nunca, necesitamos menos influencers y más sabios. Menos ruido y más palabra. Menos consumo de contenidos y más digestión de significado. Porque en medio de esta tormenta de espejismos, quien encuentra su verdad y la habita con firmeza no solo sobrevive, sino que enciende una luz. Y yo, como escritor, me aferro a esa llama.

La frontera invisible no es el lugar donde termina la verdad, sino donde comienza nuestra responsabilidad. Que se hable de posverdad no debe ser motivo para rendirse, sino para elevar el tono. Y quizá, como decía Harari, no hay futuro sin relato. Que ese relato no sea el de los algoritmos, sino el de quienes aún creemos que la palabra, cuando nace del silencio lúcido, puede volver a construir un mundo habitable. Aunque sea uno pequeño, aunque sea uno entre dos. Aunque sea, por ahora, solo una página.

Y antes de cerrar este manifiesto de urgencia y tinta, quiero levantar también la voz en defensa de la ciencia y de sus instituciones, hoy injustamente puestas en entredicho por la marea turbia de la desinformación y el relativismo emocional. Porque si la literatura nos enseña a imaginar otros mundos posibles, la ciencia nos ofrece el instrumental para comprender este en su complejidad asombrosa.

En tiempos donde la posverdad erosiona la confianza en lo verificable, donde una ocurrencia viral tiene más impacto que décadas de investigación rigurosa, es imperativo recuperar el prestigio del pensamiento científico como una de las más nobles conquistas de la humanidad. No, la ciencia no es infalible, pero su grandeza reside precisamente en su capacidad de corrección, en su humildad estructural, en su método paciente que antepone la evidencia a la ocurrencia, el dato al delirio, la razón al ruido.

Defender la ciencia hoy no es solo cuestión de progreso, es un acto de resistencia contra la barbarie de la postverdad. Porque cuando la verdad se vuelve difusa, necesitamos más que nunca a quienes aún se atreven a buscarla con microscopios, telescopios, ecuaciones y preguntas honestas. La ciencia no es una verdad cerrada: es el camino —el más noble que hemos inventado— hacia la verdad compartida. Y eso, en estos tiempos líquidos, es ya una forma de redención.


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