Yo no escribo para que me lean. Esa es la verdad incómoda que me taladra cada noche, cuando el cursor parpadea como un electrocardiograma en la pantalla de un mundo que se desangra. Escribo porque si no lo hiciera me pudriría por dentro. Porque cada línea es un gesto de insubordinación contra el vómito diario de mentiras que empapa la vida pública, contra la corrupción sistémica que se ha convertido en rutina, contra la anestesia emocional que promueve este sistema con la precisión de un verdugo silencioso. No escribo para gustar, ni para complacer, ni para subir en rankings de Amazon. Escribo para resistir.
España arde por dentro con la serenidad de quien ya ha normalizado el incendio. Basta leer los periódicos, si es que aún queda alguien con estómago para hacerlo: corrupción en las altas esferas, nombramientos a dedo, cloacas del Estado convertidas en departamentos de recursos humanos del poder, jueces politizados hasta el tuétano, y un cinismo que ha pasado de ser excepción a regla. Políticos que roban, mienten y ríen en directo mientras un pueblo cada vez más anestesiado les ríe las gracias. En esta tragicomedia de quinta, ¿qué puede hacer un escritor? ¿Seguir hablando del amor en primavera, del dolor lírico de los atardeceres, del desamor entre paréntesis?
Yo no. Yo elijo escribir con rabia. Elijo que mi literatura sea trinchera. Porque cada línea bien escrita puede convertirse en un cuchillo, en una bengala, en una linterna que alumbra la mugre que otros prefieren tapar con discursos de autoayuda o hashtags de cartón. Y no hablo de panfletos ni de consignas disfrazadas de novela. Hablo de literatura con alma, con carne, con sangre. De esa que incomoda, que molesta, que escuece. La que no se deja reducir a meme ni puede ser resumida en una story.
La literatura es hoy, más que nunca, un acto de resistencia. Porque escribir es negarse al silencio. Es sostener la mirada mientras todo el mundo gira la cara. Es decir lo que nadie quiere oír, justo cuando más falta hace. No escribo desde la esperanza, que me parece una emoción demasiado cara para estos tiempos. Escribo desde la necesidad. Desde la consciencia brutal de que lo que no se nombra, no existe. Y yo quiero que exista la rabia. Quiero que exista la vergüenza. Quiero que exista esa lucidez que arranca máscaras.
Fuera de nuestras fronteras, la tempestad es igual de sucia, aunque cambien los rostros de los titiriteros. Trump, ese personaje siniestro que convirtió la mentira en moneda de curso legal, vuelve a cabalgar con ínfulas mesiánicas sobre los restos de una democracia que se desangra entre mitines y redes sociales. Israel e Irán juegan al ajedrez con cadáveres. Ucrania sigue envuelta en un conflicto que ya no interesa a nadie porque no cabe en el algoritmo. La muerte se ha vuelto banal. La guerra, espectáculo. La injusticia, tendencia pasajera. Todo es ruido, y en medio de ese ruido, la palabra escrita puede ser la única forma de recordar que hay otra manera de mirar, de contar, de vivir.
Por eso escribo. Porque cuando el mundo te empuja al abismo de la indiferencia, cada frase bien construida es un grito de dignidad. Porque en un planeta devorado por la codicia y gobernado por marionetas sin alma, la única revolución posible empieza en la palabra. La poesía no salvará al mundo, pero puede salvar a quien la escribe. La narrativa no detendrá una bomba, pero puede evitar que dejemos de sentir el impacto. El ensayo no cambiará un régimen, pero puede exponerlo con una claridad que hiera.
Y esa herida, ese pinchazo de conciencia, es lo único que nos queda.
No me interesa escribir para entretener. Me interesa que mis libros sean martillos. Que destruyan certezas. Que incomoden las sobremesas. Que incomoden incluso al lector que los ama. Porque el arte, cuando es arte de verdad, nunca es cómodo. No acaricia, sacude. No justifica, acusa. No embellece, revela.
Es por eso que no puedo escribir como si nada pasara. Como si las guerras fueran una nota al pie. Como si el ascenso de la ultraderecha fuera un accidente estadístico. Como si el desmoronamiento del pacto social fuera culpa del clima. Como si los muertos de Gaza o los desplazados de Kiev fueran solo cifras. No. Yo los nombro. Porque nombrar es devolver humanidad. Es dignificar. Es resistir.
Y en este país donde la cultura se convierte cada vez más en un escaparate de vanidades o en un engranaje de la propaganda, yo elijo el margen. Elijo la literatura que se hace sin subvención, sin palmaditas, sin trending topics. Elijo el sudor de quien escribe sin saber si alguien lo leerá, pero aún así escribe. Elijo la voz que no se doblega. Elijo la palabra que no sirve para nada, salvo para recordarnos que no todo está perdido.
Porque si hay algo que no pueden arrebatarnos es la capacidad de decir no. De alzar la voz. De escribir la verdad cuando todo el mundo calla. De construir belleza incluso en medio del fango. De llorar con dignidad y de amar con furia. De mirar al lector a los ojos y decirle: yo también estoy perdido, pero no me he rendido. Y tú tampoco deberías.
Así escribo. Así resisto. Con cada palabra como escudo. Con cada párrafo como barricada. Porque escribir ya no es un lujo, ni un oficio. Es un deber. Un acto político. Una forma de no desaparecer. Una manera de decir: estoy aquí. Y mientras quede una sola persona que lea con el corazón abierto, con la mirada limpia y el alma dispuesta a dejarse sacudir, la literatura no habrá muerto.
Yo, por lo menos, seguiré escribiendo como si el mundo dependiera de ello. Porque tal vez, solo tal vez, aún lo haga.






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