El misterio de la Fuente de las Lágrimas y el Monstruo de Valledén

La pequeña población de Valledén apenas figura en los mapas, y cuando aparece lo hace como una mancha verde entre los pliegues de las Sierras de Espadán y Calderona junto al soplo salino del Levante. Quien llega por primera vez percibe un silencio que no es vacío, sino rumor subterráneo: acequias que arrastran siglos, campanas que parecen repicar dentro del pecho, grietas en la cal que susurran genealogías. A ese paraje vuelve Marian Almansa, historiadora que ha perdido la brújula al mismo ritmo que su familia se disgregaba: un divorcio que le dejó la casa hueca, dos hijos que buscan sentido lejos, una vida académica que de pronto le sabe a archivo muerto. Su regreso no es triunfal ni nostálgico; es la maniobra de una náufraga que nada hacia el único faro que recuerda. Allí la espera Darío, su padre, lobo de mar jubilado, cuya biografía cabe en un puñado de coordenadas y cicatrices, y que arrastra un error antiguo como un lastre. Entre ambos hay afecto y distancia, raíces y silencios; sobre todo silencios. Y Valledén, que nunca olvida a los que vuelven —ni lo que dejaron sin decir—, los recibe con la doble cara que todo pueblo guarda: la fiesta de campanas y el zumbido de cuchicheos que corre más rápido que la pólvora.

La conflagración íntima se vuelve pública la mañana en que la Guardia Civil sube por la calle Mayor para detener a Darío. La orden habla de “indicios graves” en la muerte de un prohombre local quince años atrás, un caso archivado que reaparece con la obstinación de los fantasmas. El pueblo se agita como un hormiguero. Marian, aún descolocada por el seísmo doméstico, tiene que improvisar un mapa nuevo: defender la inocencia de su padre o, al menos, sostener su dignidad, mientras recompone la propia. Descubre pronto que la acusación no nace del azar, sino de una vieja rencilla con los Ferrer-Castell, estirpe que convirtió el cotilleo en dogma y el privilegio en derecho natural. Amparo, matriarca férrea, exige la Casa del Mar —mansión familiar— a cambio del simple gesto de retirar la querella. El chantaje pone a prueba la lealtad de los Almansa.

A tres kilómetros del campanario se abre un barranco en sombra diagonal donde mana la Fuente de las Lágrimas. El agua brota blanca de frío y, al tocar el aire, se tiñe de reflejos metálicos que parecen memorias licuadas: dicen que quien bebe de ella ve tanto lo que anhela como lo que teme. Marian, urgida por su padre y una mezcla de desesperación y curiosidad científica, cede a la tentación. La visión que recibe —mitad oráculo, mitad condena— la obliga a preguntarse por la responsabilidad que se hereda sin saberlo. Su hija Coral, más intuitiva que cartográfica, capta que el manantial no muestra futuros, sino versiones de la misma culpa que llevan siglos cambiando de nombre.

Bajo las montañas, corredores de minas abandonadas conectan la memoria del pueblo con los secretos más modernos. Allí se almacenan barriles cuyo contenido nadie describe con precisión, y cuya existencia es negada. Se dice que un buque mercante fondeó frente a la costa para descargar un cargamento que el mar no quiso tragar; que la operación salió mal y alguien pagó el error con la vida; que el silencio se compró con sustancias más adictivas que el dinero. Ninguna versión coincide, pero todas huelen a sarmiento mojado y a documentos quemados a medias. A medida que Marian y los suyos se acercan a esa gruta de ecos metálicos, los rumores adquieren fuerza: una criatura que el miedo popular ha convertido en mito marino de brazos interminables, dicen, acecha las galerías inundadas.

Memoria de Lobos entreteje thriller, realismo mágico y saga familiar para explorar un dilema universal: ¿cómo se lava una culpa que se hereda como apellido? Cada familia guarda un monstruo bajo la cama; lo decisivo es atreverse a mirarlo antes de que despierte.


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