De la Editorial al Abismo, del Bosque al Clic.

Yo no escribo para gustar. Escribo porque no sé vivir de otra forma. Lo que digo se gesta en una garganta áspera que no se acostumbra al silencio ni a las consignas. Escribo desde la grieta, desde la contradicción, desde la sospecha. Y si me piden hoy que reflexione sobre el mundo del libro —ese artefacto que aún late entre algoritmos, apocalipsis climáticos y espectros de Franco— no puedo hacerlo desde la distancia aséptica del experto, sino desde el temblor de quien aún cree que una página bien escrita puede contradecir una época entera.

Estamos, nos guste o no, en un punto de inflexión: por un lado, el planeta se recalienta como una olla sin tapa y los libros nos alertan, nos sermonean, nos predican cambios que nadie parece dispuesto a ejecutar; por otro lado, las redes sociales —ese nuevo Aleph donde todo sucede y todo se olvida— han transformado para siempre la manera en que leemos, recomendamos, prescribimos y, sí, escribimos. Las dos realidades coexisten como capas tectónicas: la urgencia del desastre y el simulacro de la conexión permanente. Y en medio de ese estruendo, la literatura, si quiere seguir siendo arte y no solo ornamento, debe aprender a mirar hacia el fuego sin desviar la mirada.

Vivimos una era en la que los libros que de verdad necesitamos no son los que nos hacen sentir bien, sino los que nos incomodan. No los que nos enseñan a reciclar con culpa ni los que nos pintan la naturaleza como una postal bucólica, sino los que nos obligan a recordar que somos parte del barro, del bosque, del caos orgánico, y que todo lo que le hagamos al planeta nos lo haremos también a nosotros. Libros que recuerden que no somos el centro de nada, que el ser humano no es el fin sino apenas un síntoma, y que si la vida aún canta es porque el musgo, las ballenas y los hongos no han olvidado su partitura.

Pero mientras los glaciares se deshacen como recuerdos en una mala novela y los incendios bailan sobre continentes sin recursos, la industria editorial sigue funcionando con lógica de espectáculo. Hay más títulos que nunca, más novedades que nunca, más premios, más ferias, más influencers literarios, más reseñas en TikTok. Pero menos tiempo para leer, menos criterio para elegir, menos espacio para voces verdaderas que no se dejen moldear por la moda. ¿Cómo no rendirse al cinismo cuando ves cómo un libro sobre “cómo abrazar árboles para sanar tu ansiedad” vende cien mil ejemplares mientras una novela escrita desde la intemperie, con una prosa que cruje y muerde, se queda en cinco mil?

Y sin embargo, no todo está perdido. Porque entre el algoritmo y el colapso, entre el bosque que arde y el post de Instagram con la taza de café humeante sobre un libro recién comprado, hay algo que resiste. Lo veo en algunos lectores que no siguen tendencias, sino que las sospechan. Lo leo en ciertas obras que no piden permiso, que no se maquillan para agradar, que nacen del dolor, del exilio, de la periferia, y que llegan como flechas al centro de nuestra conciencia. Lo escucho en voces como la de Olivia Teroba, que se atreve a poner nombre a la trampa: el romanticismo pobre del escritor mártir, el centralismo que invisibiliza a quien escribe desde la orilla, la precariedad sistémica que convierte la escritura en un acto de riesgo más que de creación.

Desde mi propia trinchera —lejos de Madrid, lejos de Barcelona, lejos del mapa que los editores recitan como mantra— he aprendido que escribir también es posicionarse. Que la palabra es una herramienta política, incluso cuando habla del amor o del mar. Que no hay neutralidad posible cuando el sistema te ofrece la invisibilidad como única alternativa. Y que si queremos que la literatura vuelva a importar, debemos comenzar por escribir desde la verdad, incluso si esa verdad es incómoda, oscura, irreverente o suena como un rugido en una sala donde todos susurran.

En estos últimos años hemos hablado hasta el hartazgo de “libros sobre el cambio climático”. Pero ¿cuántos de ellos son, en realidad, un canto que despierte? ¿Cuántos son, más bien, un bálsamo moral para lectores con conciencia verde pero hábitos de consumo irrenunciables? Lo que necesitamos ahora son libros que no solo denuncien la catástrofe, sino que imaginen otra forma de estar en el mundo. Libros que nos devuelvan al tacto, al sentido del límite, a la pertenencia con lo no humano. Que reencanten lo sagrado sin caer en la cursilería. Que nos recuerden que la Tierra no es un fondo de pantalla, sino un cuerpo vivo que late, que gime y que, quizás, aún espera que aprendamos a pedir perdón.

Mientras tanto, la conversación literaria se ha desplazado. Ya no se da en suplementos culturales, sino en canales de YouTube, en perfiles de TikTok, en grupos de lectura virtuales que no conocen la palabra “canon” pero sí saben reconocer una voz que tiembla con verdad. Nos guste o no, los nuevos prescriptores están aquí. Y no todos son frívolos. Algunos leen mejor que muchos críticos de sillón. Algunos aman los libros con una pasión que desborda lo académico. Y si queremos que nuestros textos lleguen al corazón de estos nuevos lectores, debemos aprender su idioma sin perder el nuestro. No se trata de disfrazarnos de influencers, sino de ser fieles a nuestra voz mientras aprendemos a amplificarla en los nuevos escenarios.

Porque eso es, al final, lo que está en juego: no solo el planeta, no solo la industria editorial, sino el alma misma de la literatura. Su capacidad de decir lo que no se puede decir. De construir un refugio. De mostrar el crimen. De dar consuelo sin anestesiar. De recordar que cada ser vivo, humano o no, tiene derecho a existir sin ser aplastado por la lógica de la productividad.

Y por eso, desde este rincón —llámese blog, bitácora o grito digital— seguiré escribiendo. No para ganar premios. No para figurar. No para ser trending topic. Escribiré para invocar. Para sembrar preguntas. Para leer el mundo mientras se cae. Para acariciar con palabras las heridas de un lector que aún cree, como yo, que un buen libro puede salvarlo todo. Aunque sea por un momento. Aunque sea solo a uno. Aunque el bosque arda y el mercado no perdone. Porque mientras haya alguien leyendo, hay esperanza. Y mientras haya esperanza, merece la pena escribir. Aunque sea desde la periferia. Aunque sea contra el ruido. Aunque sea a solas. Siempre.


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