El Silencio Inmobiliario del Talento No Nacido en Atocha o Sants

Yo nací lejos del kilómetro cero. Ni mis calles huelen a metro de línea histórica ni mis paseos de infancia fueron en el Retiro ni me eduqué entre librerías con nombre de conde o escaparates boutique del Gótico barcelonés. Nací y crecí donde las avenidas no desembocan en editoriales y donde el nombre de tu pueblo aún se escribe entre chistes o silencios. Escribo desde ahí. Desde la Valencia de la Dana y el barro. Desde esa orilla que no es moderna ni mítica. Desde la periferia de todo: geográfica, económica, política, social, simbólica. Y cada línea que he publicado ha sido una hazaña contra la lógica perversa de un sistema editorial diseñado para concentrar prestigio, premios, visibilidad y recursos en dos focos hegemónicos: Madrid y Barcelona. El resto, si acaso, somos decorado. Exotismo. Paisaje. El eco distante de un acento que tal vez suene bien en voz alta si no habla demasiado alto.

He vivido la experiencia con el ceño fruncido y los dientes apretados: presentas tu manuscrito con honestidad, con una voz limpia, que no imita a nadie y que ha nacido en el polvo de una estación de autobús o en la humedad de una pensión del interior. Y la respuesta es siempre la misma: “nos encanta, pero no encaja con nuestra línea”. ¿Y cuál es esa línea? Te lo dicen sin decirlo. La línea es la que sigue las modas del Eixample y de Malasaña. La línea es la que narra una autoficción light, el trauma de clase alta, las dudas existenciales de un community manager del Raval o los placeres culpables de una editora divorciada con plantas. Todo legítimo, por supuesto. Pero es un mundo cerrado sobre sí mismo. Un pliegue narcisista donde los márgenes no tienen lugar salvo para aportar color. Y el color, ya se sabe, se agradece, pero no se premia. El color decora, no dirige.

Hablar de centralismo editorial en este país no es una queja: es una evidencia. Madrid y Barcelona han construido no solo un dominio material del libro —distribución, eventos, contratos, entrevistas, portadas, traducciones— sino también un imaginario excluyente. La literatura que no nace en esos radios concéntricos debe justificar su existencia con un doble esfuerzo: demostrar su calidad y, además, explicar por qué no ha salido del centro. Somos siempre algo raro. Una promesa con acento. Un hallazgo inesperado. No una apuesta sostenida. Y mientras tanto, se reproduce el círculo vicioso: el escritor de la periferia debe migrar al centro para que lo miren, o resignarse a ser un autor regional, como si ser de un lugar ya fuera una categoría que limita la universalidad de su experiencia.

Lo viví en carne propia. No había pisado Madrid con frecuencia hasta que comencé a publicar. A la tercera visita entendí que el ecosistema cultural no es solo geográfico: es un idioma. Un protocolo. Una red de nombres, de contactos, de saludos impostados y clubes informales. Y vi cómo algunos que escribían peor que yo —y lo digo sin falsa modestia— se encaramaban a portadas, a reseñas, a premios, a festivales. Porque sabían a quién llamar. Porque sabían dónde cenar. Porque su primer lector era el editor de su amigo. Y yo, que venía de más lejos, tenía que justificar cada coma. Cada palabra. Cada decisión narrativa. Cada tema. Cada paisaje. Cada elección formal. Porque lo mío no era neutro: era periférico.

Y luego está el lector. Al lector lo educan también. Se le enseñan los nombres que debe venerar. Se le colocan en vitrinas las caras que importan. Y así, sin saberlo, termina reproduciendo esa misma lógica. Cuando uno escribe desde fuera del foco, tiene que resistir no solo el olvido editorial, sino también la desconfianza del lector que ya viene con un mapa hecho. La periferia no es solo una distancia geográfica: es una sospecha. Como si la literatura verdadera sólo pudiese emerger desde la plaza de Santa Ana o desde el Born, entre librerías de diseño y lecturas en terrazas con vino natural. Lo demás es lo otro. Es tierra de nadie.

Pero escribir desde la periferia también es un acto político. Porque uno elige —y sí, es una elección— narrar desde ese lugar con todas las implicaciones que ello conlleva. Es elegir no disimular el acento, no vestir el paisaje de otra ciudad, no fingir que nuestras calles son solo telón de fondo. Es asumir que, aunque no tengamos torre Agbar ni Círculo de Bellas Artes, nuestra literatura también merece ser leída. Y no como una excentricidad, sino como una voz legítima. Como una mirada necesaria.

Por eso admiro a escritoras como Olivia Teroba. Porque han puesto el cuerpo y la palabra al servicio de un discurso incómodo. Porque se niegan a romantizar la precariedad. Porque entienden que escribir es un trabajo. Que el talento no justifica el hambre. Que la vocación no debe ser un boleto para la autoflagelación. Y porque, además, saben que la palabra es también una forma de territorio. Y que Tlaxcala —como tantas otras regiones de este mundo hispano olvidado por sus propios narradores— no es un decorado: es un epicentro. Un sismo. Un grito.

En mi caso, escribir desde la periferia ha sido también un modo de resistir la homogenización de las voces. Me niego a copiar la cadencia de las editoras urbanitas que te corrigen el texto diciendo que “eso suena raro”. Claro que suena raro, le contesto. Porque no soy tú. Porque vengo de otro lado. Porque mi literatura no necesita parecerse a la tuya para ser válida. Porque no quiero que mis personajes hablen como tus amigos. Porque mi lector ideal no es el que compra por inercia lo que la prensa cultural le receta. Mi lector ideal se reconoce en lo extraño. En lo torcido. En lo que no encaja.

En estos años, he aprendido a confiar en ese lector. A no mendigar su atención, sino a merecerla. A no suplicar entrevistas en suplementos culturales que solo promocionan los libros de su camarilla. A no supeditar mi escritura a las tendencias de Twitter o a los dictados de las mesas de novedades. A sostener mi voz como un faro, aunque no alumbre las avenidas centrales. Porque lo que escribimos desde la periferia puede que no esté en las listas, pero está en las venas. Y eso, al final, importa más.

Hace falta una revolución editorial. No solo en la manera de publicar, sino en la forma de leer. Hay que enseñar a leer sin prejuicio centralista. Hay que recuperar la mirada crítica que vaya más allá del “me gustó” o “no me gustó”. Hay que preguntar: ¿por qué este libro incomoda? ¿Qué lugar social revela? ¿Qué heridas expone? ¿Qué omisiones denuncia? ¿Qué acentos rescata? Porque no hay escritura inocente. Y la de la periferia menos que ninguna.

Es hora también de que los premios, los festivales, los medios culturales, salgan de su zona de confort. De que busquen las voces que escriben desde la trinchera, desde el campo, desde el margen, desde la frontera. No como gesto inclusivo. No como cupo simbólico. Sino porque ahí están algunas de las narrativas más necesarias de nuestro tiempo. Las que no están domesticadas. Las que no suenan a plantilla. Las que no imitan el tono neutro del editor madrileño promedio. Las que aún conservan el riesgo.

Y si no lo hacen, no pasa nada. Porque nosotros seguiremos escribiendo. Desde la provincia. Desde el desvío. Desde el hueco. Desde el pueblo que no sale en los mapas. Desde el internet más lento. Desde la última fila del congreso de escritores donde nadie nos invitó a hablar. Pero escribiremos. Porque el texto, cuando es verdadero, se abre camino. Tarde o temprano. Porque no hay centralismo que pueda contener una voz que arde.

Esto no es una queja. Es una advertencia. No estamos esperando vuestro permiso. Estamos escribiendo nuestras propias reglas. Estamos construyendo otra cartografía. Con palabras. Con historias. Con rabia. Con ternura. Con los pies en el polvo y la mirada en la tormenta. Y un día, cuando ya no os quede nadie que os diga lo que queréis oír, vendréis a buscarnos. Y entonces, si queréis escuchar, tal vez os contemos lo que callasteis durante décadas.

Pero para eso, primero, habrá que aprender a escuchar a los que escribimos desde fuera. Desde el borde. Desde lo que aún no tiene nombre. Desde donde todo empieza. Desde el barro.


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