Apuntes Crudos, Poéticos y Literarios sobre la Autoestima en un Mundo Diseñado para la Inseguridad
Yo no sé en qué momento exacto nos rompieron, pero recuerdo el día en que supe que no estaba completo. Fue frente a un espejo de baño público, en una estación sin nombre, cuando descubrí que mi reflejo no me reconocía. No hablaba mi idioma. No sabía de mis noches sin fe ni de mis victorias minúsculas. Me miraba con la mueca de alguien que ha repetido demasiadas veces una historia prestada. Desde ese día, comprendí que la autoestima no es una frase amable escrita en el mármol frío de los libros de autoayuda, sino una lucha diaria y brutal por habitar tu propia piel sin pedir disculpas. Y fue desde ahí que comencé a escribir mi reconciliación, que aún continúa.
A este artículo no lo anima la pretensión de ser útil. La utilidad está sobrevalorada. Prefiero que sea como una grieta por donde entra la luz. Una voz que tiembla, pero se dice. Porque hablar de autoestima hoy, en este tiempo de sonrisas forzadas, filtros digitales y elogios huecos, es como encender una vela en medio de una fiesta de neones. Nadie te lo ha pedido. Nadie te cree. Pero algunos, en silencio, lo necesitan. Y escribo para ellos.
Nos educaron para agradar, para encajar, para obedecer el canon. Nos convencieron de que amarse a uno mismo era una forma egoísta de traición, un narcisismo impúdico. Nos enseñaron a pedir permiso para existir. Aprendimos a celebrar nuestras conquistas con timidez y a disculparnos por nuestras fallas como si el error no fuera parte del equipaje humano. Cada cicatriz debía esconderse bajo el maquillaje social. Cada diferencia, limarse hasta sangrar.
Y sin embargo, ocurre un milagro inesperado cuando uno se detiene a escuchar el murmullo de su verdadera voz. Esa que ha estado ahí, esperando el momento de emerger entre las grietas de la vergüenza. La autoestima, en su forma más radical, no es más que ese murmullo convertido en canto: “Estoy aquí, con mis heridas, mis pliegues, mis contradicciones. Y no necesito la aprobación de nadie para seguir respirando.” Lo demás es ruido.
Yo he sido —como casi todos— un adicto a la comparación. Un voyeur emocional del éxito ajeno. Un mendigo de afecto con disfraz de escritor altivo. Durante años, medí mi valor según las reacciones de los demás. Si una mirada me rehuía, caía. Si un elogio me rozaba, subía. Vivía en una montaña rusa que no conducía a ningún sitio, y confundía el vértigo con la verdad. Hasta que un día, por puro agotamiento, dejé de mirar hacia afuera y comencé a mirar hacia dentro. Y no me gustó lo que vi. Al principio, me pareció una sala de espera en ruinas, un archivo desordenado de complejos y autoexigencias. Pero entre esos escombros descubrí algo que no había visto antes: una ternura indómita, una voluntad de reconstruirme sin decorados.
Fue entonces cuando entendí que el amor propio no se decreta. Se entrena. Se ensaya. Se cultiva como un jardín terco en medio del desierto. No hay fórmulas, no hay atajos. Solo hay encuentros: contigo, con tu historia, con tu sombra. A veces, ese amor propio se manifiesta en gestos mínimos. No responder un mensaje que te humilla. Decir que no, incluso si te tiembla el cuerpo. Comer solo en un restaurante sin sentirte un paria. Apagar el teléfono un domingo. Dejar de fingir orgasmos emocionales. Escribir lo que piensas, aunque no sea popular. No maquillarte para que te quieran. No hacerte el interesante para que no te abandonen. No vender tu voz al mejor postor. No mendigar migajas de cariño. No mendigar nada.
Y aquí es donde la literatura se convierte en medicina. Porque una autoestima robusta se alimenta también de las historias que elegimos contar —y leer— sobre nosotros mismos. Si la narrativa dominante nos repite que no somos suficientes, que debemos corregirnos, mejorarnos, rediseñarnos, entonces el relato interior se llena de ruido, y la vida se vuelve un casting perpetuo. Pero si de pronto, en una página escrita con honestidad, uno se encuentra con un personaje que no encaja, que fracasa, que tropieza pero se levanta con la dignidad de quien no renuncia a sí mismo, algo se ilumina. Por eso los buenos libros no solo entretienen. Redimen. Nos devuelven a casa.
No es casual que muchos de los problemas que nos carcomen —ansiedad, insomnio, dependencia emocional, miedo crónico, hipervigilancia— nazcan de la sospecha constante de no merecer. Vivimos en una sociedad que nos vende la autoestima como una performance. “Quiérete”, dicen los anuncios. “Ámate”, dictan los gurús. Pero lo que no te cuentan es que amarse implica atravesar la vergüenza. Y que la vergüenza es un monstruo silencioso que se cuela en tus sueños para recordarte que no eres bastante. Para mirarlo a los ojos, hace falta coraje. Y hace falta poesía.
Lo escribió Brené Brown —esa mujer que ha hecho de la vulnerabilidad un arte—: la pertenencia verdadera solo llega cuando dejamos de traicionarnos. Cuando dejamos de adaptar nuestras opiniones para encajar. Cuando decidimos ser fieles a lo que somos, incluso si eso nos convierte en forasteros. Y yo diría que la autoestima comienza exactamente ahí: en la decisión de no autoabandonarnos nunca más.
Como escritor, sé bien que la pluma puede ser también látigo. Uno no solo escribe para brillar. Escribe para sanar, para buscarse, para perdonarse. En cada historia que he escrito con el alma por delante hay un intento de reconciliación con ese niño que aún vive en mí, temblando, esperando que alguien le diga que está bien ser quien es. Que no necesita disfrazarse de exitoso para ser amado. Que el fracaso, en realidad, es otro tipo de belleza.
Me gustaría que este artículo fuera un homenaje a todos los que han creído que no merecen. A quienes fueron educados para agradar, no para amarse. A quienes han tenido que construir su autoestima en silencio, sin referentes, sin manuales, sin abrazos. A quienes un día se hartaron de buscar afuera y decidieron iniciar el romance más subversivo: el romance consigo mismos. Porque sí, en un mundo diseñado para generarte inseguridad, quererte es un acto revolucionario.
No sé si la autoestima se cura con libros. Pero sé que hay libros que salvan. Libros que no pretenden enseñarte nada, pero te hacen sentir acompañado. Libros que no te venden promesas, pero te regalan un espejo. Libros que te dicen, con una voz apenas audible: “Te veo. Y estás bien así.” No es mucho, lo sé. Pero a veces es suficiente para no hundirte.
Escribir sobre autoestima no es escribir sobre autoayuda. Es escribir sobre resistencia. Sobre cómo seguir amándose incluso cuando uno decepciona. Sobre cómo hablarse con ternura después del error. Sobre cómo mirar el cuerpo con la gratitud de quien sabe que, aunque no sea perfecto, es un milagro con piernas. Sobre cómo seguir adelante con la frente en alto cuando el mundo intenta rebajarte a trending topic.
En estos días de egos inflados y almas marchitas, me atrevo a decir que tener una buena autoestima no es creerse invencible, ni mejor, ni inalcanzable. Es saber que uno basta. Que lo que llevas dentro —aunque esté roto, aunque no brille, aunque no sea noticia— es suficiente. Es saber que no estás en deuda con nadie. Que no necesitas pedir permiso para respirar, ni justificación para existir. Que no hay ninguna versión mejor de ti esperándote en el futuro. Que ya eres. Que ya estás.
Si llegaste hasta aquí, quizá ya lo intuías. Que no necesitas que nadie te elija. Que no tienes que gustarles a todos. Que no tienes que escribir como otros, ni pensar como otros, ni vestirte como otros. Que lo que te hace raro, te hace real. Y que lo que te hace auténtico, te hace necesario.
Este artículo no tiene una conclusión. No hay moraleja. Solo un susurro: no te abandones. No te mientas. No te maquilles el alma para gustar. Y si escribes, que sea con las entrañas. Y si lees, que sea para recordar lo que ya sabes: que vales. Incluso cuando no te lo dicen. Incluso cuando no lo crees. Incluso cuando te equivocas.
Porque, a fin de cuentas, la autoestima no es un objetivo. Es una práctica. Un compromiso. Una poesía que se escribe sin rima pero con verdad. Una llama que se tambalea, pero no se extingue. Y si tú la cuidas, aunque el mundo te diga lo contrario, seguirá ardiendo.
Y esa, créeme, es la única revolución que importa.






Deja un comentario