Me cuesta no vomitar cada vez que paseo por una gran librería. No por los libros —esos, aunque cada vez menos, aún huelen a papel, a infancia y a los viejos dioses que una vez susurraron desde la cima de los estantes—, sino por lo que los rodea, los tapa, los engulle. La estantería de novedades parece un vertedero disfrazado de paraíso: rostros repeinados de plató, influencers hormonados con título de autoría estampado en letras doradas, y editoriales que en otro tiempo publicaban a Cortázar, a Sábato o a Gamoneda, convertidas hoy en fábricas de humo mediático. Es un espectáculo grotesco. Duele. Porque uno se pasó media vida luchando por aprender a escribir, por domar la palabra como un domador que se respeta, para ver que ahora cualquier celebrity con el pulso suficiente para enviar un audio al negro de turno puede llamarse escritora.

Yo no tengo problema con la vanidad, faltaría más. La conozco de cerca y la cultivo, como todo escritor con sangre. Pero hay un límite. Un umbral. Y ese umbral se ha dinamitado con la indiferencia de un editor que solo pregunta: “¿cuántos seguidores tiene?” No “¿qué ha leído?”, ni “¿qué demonios quiere contar?”, ni “¿sabe construir un personaje?” Nada de eso. El editor de hoy es un cazador de carne fresca, que mide a los autores como los supermercados miden los tomates: ¿lucen bien?, ¿venden rápido?, ¿caducan pronto? Da igual. Se sustituyen por otros más coloridos. La literatura, ese arte que alguna vez pretendió asomarse a lo sagrado, ha sido arrojada al mismo saco que las cremas antiarrugas y las dietas milagro.

Jeosm, como cuenta con acierto Arturo Pérez-Reverte, es apenas un ejemplo entre miles. Porque sí, colegas, esto es ya norma, no excepción. Te llaman, te endulzan el oído, te ofrecen adelantos obscenos para que pongas tu cara en la portada y firmes una historia que no escribirás jamás. El ego hace el resto. “¿Por qué no? Total, todo el mundo lo hace.” Pero detrás de ese “todo el mundo” hay escritores de verdad que no tienen hueco. Tipos que se rompen la columna leyendo a los rusos, que trabajan como camareros, que no piden favores ni venden humo. Esos no interesan. No aparecen en la tele. No arrastran followers. Su única ambición es escribir algo que valga la pena. Y eso, amigo, no cotiza.

No quiero sonar como un viejo amargado —aunque quizás lo sea—, pero uno asiste a esta parodia editorial con una mezcla de estupefacción y asco. Porque no es solo una cuestión de calidad —aunque también—, sino de ética. ¿Desde cuándo el libro se convirtió en una excusa para lavar la imagen de un personaje público o en una simple línea más en la biografía de una celebridad? ¿Desde cuándo publicar dejó de ser un acto literario para convertirse en una maniobra de marketing? No se escribe ya por necesidad interior, sino por oportunidad de mercado. Y eso es obsceno.

He visto cómo chavales con talento, con esa luz cruda que aún no saben usar, son rechazados porque “no tienen tirón”. Les falta exposición. Les sobra literatura. Y mientras ellos corrigen su quinta novela con las yemas sangrantes, una presentadora de magazine dice en la radio que ha escrito su primera novela en los descansos del plató. “Una historia de empoderamiento y superación”, dice, sin pudor. Y vende, claro que vende. No por la historia, que suele ser una fotocopia de fotocopias, sino por el rostro que la firma. Las editoriales saben que el lector medio —o al menos, su lector objetivo— no busca literatura, sino identificación. Quiere leer a alguien que ve en Instagram, que le cae bien, que le resulta “cercano”. Aunque lo que lea sea una papilla prefabricada sin alma ni estilo.

Todo esto —no hace falta decirlo— no sería posible sin el papel cómplice del lector. Y eso, reconozcámoslo también, es lo más doloroso. Porque, en última instancia, una cultura tiene los libros que merece. Si una masa elige como referente a un personaje cuya única relación con la escritura es que sabe encender un MacBook, la literatura está perdida. Pero no toda, claro. Porque en la oscuridad aún hay fuegos. Fuegos pequeños, pero reales. Fuegos que escriben sin saber si serán leídos. Que no se venden, que no se callan, que no firman pactos con el vacío. Y ahí, en ese margen, en ese borde que aún resiste a la demolición del criterio, estamos los que escribimos porque no sabemos hacer otra cosa. Porque nos duele el mundo. Porque creemos que una buena historia puede ser más peligrosa que un trending topic.

Yo escribo para ellos. Para los que leen con los dientes apretados, buscando una frase que les devuelva el aliento. Para los que no compran un libro por la cara de la portada, sino por la cadencia del primer párrafo. Para los que aún se emocionan con un diálogo bien escrito o un personaje que se desangra en silencio. Para ellos va este texto, y para ellos deberían ir las mesas de novedades. Pero no. Las mesas están copadas. Copadas de humo, de cartón pintado, de papel sin sangre. Y nadie —salvo unos pocos— parece dispuesto a barrer.

¿Y qué hacer entonces? ¿Llorar en la esquina del desencanto? ¿Encerrarse en la torre de marfil y desdeñar el mercado? No. Esa sería una derrota silenciosa. Lo que hay que hacer es justo lo contrario: escribir mejor. Más hondo. Más feroz. Más sincero. Aunque no nos publiquen. Aunque nos digan que no tenemos nicho. Aunque nos releguen a la autopublicación o a la marginalidad editorial. Porque si algo tiene la verdadera literatura es que no necesita permiso. Es un virus. Un fuego. Una grieta en el muro. Y tarde o temprano, si está bien hecha, encuentra su hueco. A veces tarda años. A veces siglos. Pero llega. Porque la verdad —esa verdad que sólo el arte puede rozar— no caduca. Y eso no lo puede comprar ninguna celebrity por muchos followers que tenga.

Este artículo no es una queja. Es un manifiesto. Una invitación a resistir desde la palabra. A no pactar con la estupidez. A recuperar la literatura como oficio, como arte, como búsqueda, como puñetazo. Porque todavía hay lectores que esperan algo distinto. Algo real. Y todavía hay escritores dispuestos a ofrecérselo.

El negocio editorial, como lo conocíamos, está podrido. Pero la literatura sigue viva. Y si ustedes me lo permiten, yo seguiré aquí, escribiendo desde este rincón, con los nudillos rotos, la mirada en carne viva, y la dignidad intacta. Porque escribir, en este siglo de humo, es un acto de fe. Y porque aún creo —a pesar de todo— que una sola frase bien escrita puede encender una revolución. O al menos, evitar que nos ahoguemos del todo.


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