Me he pasado media vida huyendo de un estrépito que los demás llaman simplemente rutina, ese ajetreo que se cuela por las rendijas del amanecer y se adhiere a las horas como una telaraña viscosa. Durante mucho tiempo pretendí doblegarme a su dictado, fingí disciplina en el trajín de las oficinas y acepté que el temblor del teléfono marcase el compás de mis latidos. Pero, en el fondo de mi pecho, ardía un bramido que exigía otra cadencia: un pulso desnudo de relojes, una grieta por donde escaparme al margen de la algarabía. Fue entonces cuando comencé a trazar ―sin saberlo del todo― la senda del ermitaño moderno, una ruta que no respondía a la caricatura romántica del anacoreta vestido de harapos, sino al llamado urgente de un escritor que necesitaba desmantelar el mundo para reconstruirlo con palabras.
Mi primera tentativa de retiro se consumó en una cabaña alquilada a orillas de un embalse . Llevé apenas un cuaderno, un termo de café penetrante y el propósito de escuchar, quizá por primera vez, el zumbido exacto de mi cerebro al amanecer. El dueño de la finca me advirtió de los silencios cortantes y de la soledad compacta que anidaba en aquellos parajes: «Hay quienes no aguantan dos noches ―dijo―; el silencio golpea más fuerte que cualquier ciudad furiosa». Sonreí con suficiencia, convencido de que mi vocación literaria bastaría para domesticar los fantasmas del aislamiento. Pero la noche inaugural, cuando el viento crujió en la techumbre como un animal moribundo, supe que la soledad auténtica no es la imagen amable que invoca el folleto de un retiro espiritual; es un abismo que nos escudriña y nos devuelve, amplificados, todos los supurantes murmullos que evitamos en la civilización.
Durante los primeros días, me abracé a la disciplina: me levantaba con el grito azulado del alba y escribía largos pasajes empapados de un lirismo que, en mi euforia, juzgaba sublime. No tardé en descubrir que buena parte de aquellos textos eran espejismos: en lugar de ahondar en mi centro, me había limitado a revestir de naturaleza la misma neurosis que me acompañaba en la ciudad. Comprendí, con cierto espanto, que retirarse no equivale a mudarse; exige desplomarse adentro, rasgar las capas de la identidad hasta toparse con la médula palpitante. Fue esa idea ―la del silencio que no admite escapatorias― la que me obligó a purgar mis manías. Dejé de medir la jornada por la cantidad de páginas logradas y empecé a calibrar el valor de cada frase por su temperatura visceral. Lo que antes eran líneas correctas pero huecas empezó a mutar en estallidos de autenticidad, en párrafos atravesados por el temblor gozoso de la confesión sin antifaz.
Sin embargo, pasados doce días, el aislamiento se volvió un hierro candente. El eco de mi respiración retumbaba más que las cascadas del embalse, y el cuaderno, testigo implacable, yacía expectante mientras yo forcejeaba con imágenes que se rehusaban a zambullirse en el papel. Convertí la cabaña en un laboratorio de introspección; recorría el suelo desnudo, recitaba versos de Hölderlin y de Alejandra Pizarnik buscando compañía en voces extintas. Descubrí entonces que la soledad productiva es, ante todo, un pacto con el terror: hay que tolerar la sensación de disolución, la certeza de que quizá no quede nada a lo que aferrarse cuando el mundo exterior calla. Quien no soporta esa intemperie termina fabricando escapes: en mi caso, la tentación se vistió de noticieros que sintonizaba con una raquítica radio de bolsillo, ansioso de injertar el clamor mundano en mi burbuja. Bastó un día de aquella contaminación para advertir que el retiro se había agrietado; la marea de voces ajenas asfixiaba la corriente subterránea que apenas comenzaba a brotar.
Regresé, pues, a la abstinencia informativa y, tras una semana de rebote emocional, sentí el clic sutil con el que el cerebro se resigna a la desnudez: el ruido interior disminuyó y emergió algo parecido a un manantial silente, un fluir que no necesitaba alardes ni afectación. Lo que escribí a partir de ese momento me superó: era como si una entidad antigua dictase metáforas, obligándome a rendirme a un dictado tan extraño como familiar. Terminé la estancia con un manuscrito fervoroso, un temblor de cien páginas que no habría nacido sin ese forcejeo con la oscuridad.
No obstante, aprendí también que el retiro prolongado conlleva el riesgo de una disociación sutil: volver a la ciudad implicó un choque sensorial que casi me despedazó. El tráfico, las pantallas, la conversación trivial de los ascensores me resultaron insoportables. Comprendí entonces que la senda del ermitaño moderno no puede sustentarse en una huida continua: es un péndulo que vibra entre la retirada y el regreso, entre la caverna interior y la plaza pública donde la obra debe pronunciarse. Aislarse sin fecha de retorno es, a la larga, un escapismo ilusorio; nos condena a un solipsismo que esteriliza la voz y la separa del latido colectivo.
Con esa lección a cuestas, ensayé una modalidad distinta: la habitación oscura en pleno centro urbano. Renté un diminuto estudio con paredes gruesas y persianas blackout que exterminaban la luz del mediodía. A mi alrededor, la ciudad hervía con sus rutinas, pero dentro reinaba una penumbra de confesionario. Este contraste me enseñó a conjugar la soledad productiva con la temperatura humana que vibra detrás del tabique. Sabía que bastaba un paso para sumergirme en el hormiguero de avenidas; esa consciencia me servía de recordatorio: escribo para quienes deambulan ahí fuera, aunque lo haga desde el vientre de la sombra. En esos encierros diurnos descubrí la elasticidad de la concentración: podía trabajar tres horas como si fueran doce, iluminado por una lámpara pobre que apenas rozaba la mesa, mientras el arrullo distante de los cláxones fungía como metrónomo discreto.
Lo decisivo fue imponer rituales. Cada mañana, sellaba el móvil en una caja metálica ―literalmente― y lo enterraba bajo libros para que su vibración no me sedujera. Semejante gesto parecerá extremo, pero me salvó de la pulsión constante de verificar mensajes. Al cabo de una semana, el síndrome de abstinencia cedió y descubrí, con asombro, la vasta llanura de tiempo que se abre cuando el teléfono deja de acaudillar nuestro pulso. Contaba las horas no por pitidos, sino por la progresión de la luz que, tímida, se filtraba en la rendija de la persiana. En aquella penumbra urbana logré cincelar relatos más breves, con la precisión de quien escucha el chisporroteo de su propia sangre. Y, al final de cada sesión, salía a la calle para empaparme de humanidad: me sentaba en cafeterías populares, oía discusiones banales y chismes de barrio, que nutrían un archivo mental donde el retiro se entrelazaba con la marea social.
Así distinguí, con claridad, la frontera entre la soledad productiva y el escapismo. La primera es un instrumento quirúrgico: corta vínculos superfluos para que broten otros más hondos, internos, duraderos. El segundo es un narcótico: da la apariencia de libertad mientras nos amarra a la fantasía de que todo problema proviene de afuera. En el retiro genuino, el escritor encara su propio ruido y lo decanta; en la fuga ilusoria, se limita a cambiar de escenario, replicando una neurosis ambulante. Aprendí, a fuerza de tropiezos, que la señal de alarma que delata la evasión estéril es la incapacidad de dialogar con la vida después del encierro; si tu obra no sabe respirar con la polis, tu retiro no fue lámpara sino sepulcro.
Hoy, cuando aconsejo a quienes desean seguir esta senda, resalto tres pactos imprescindibles. Primero: delimita tu coto de silencio con la misma firmeza con que un alquimista traza el círculo donde incubará su piedra filosofal. Puede ser una buhardilla, una biblioteca desierta o unos audífonos con ruido blanco; lo crucial es blindar la mente contra la avalancha de notificaciones. Segundo: establece un retorno. Señala la fecha en que volverás a la multitud para que tu soledad no se pudra en vanidad. Tercero: acepta que el silencio no siempre es beatífico; con frecuencia será un verdugo que desentierra tus miedos. Cuando eso ocurra, no huyas: ahí comienzan las frases que pueden atravesar una época.
Sigo, claro, necesitando mis escapadas. Algunas toman la forma de una casa prestada frente al mar invernal, donde el oleaje escribe himnos en la arena y me recuerda mi pequeñez. Otras, de un viaje sin mapa en trenes anónimos, donde el vaivén y el rumor de rieles componen un mantra de acero. Pero siempre retorno, portátil en mano, para compartir con los lectores el botín de mis cavernas. Porque la senda del ermitaño moderno no reclama renunciar al mundo, sino tensar un arco entre la introspección radical y la plaza tumultuosa. Ese arco, vibrante y precario, sostiene toda obra que aspire a conmover a la tribu sin sacrificar la voz interior.
En los tiempos que corren, cuando cada segundo se oferta en el mercado de la atención, retirarse un poco es un acto político y casi herético. Apagar el dispositivo, cerrar la puerta, escuchar el latido que nadie monetiza: eso basta para sabotear el engranaje que nos quiere dóciles. Pero hacerlo para parir un texto que ilumine a otros es, además, un gesto de benevolencia. Los lectores, aunque no lo sepan, sueñan con una voz que haya atravesado la noche del silencio y regrese con la piel luminosa. En esa travesía se cifra la auténtica mística literaria: apartarse para habitar la palabra desnuda, volver para entregarla como un puñado de brasas aún latiendo. Yo, por mi parte, seguiré tomando trenes hacia ninguna parte y alquilando cuartos ciegos en el centro de la ciudad, cargando siempre la certidumbre de que la soledad, bien trabajada, no es guarida ni celda: es un mediador feroz entre el caos del mundo y la música secreta que pugna por nacer en el papel.






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