Valencia 1973-78
Han pasado los años, y sin embargo, cada vez que abro estas páginas me asomo a un abismo que no deja de arder. La historia que aquí relato no ha envejecido: ha mutado, ha respirado con las voces que la han leído y la han hecho suya. La primera edición de esta novela fue, en su día, un acto de exorcismo. Hoy, al escribir estas palabras para la segunda, comprendo que fue también un acto de invocación. Porque los fantasmas de aquellos años no se han marchado. Siguen aquí, susurrando en la arquitectura quebrada del Carme, en las brumas del Turia, en los adoquines que una vez pisamos con la ilusión de cambiar el mundo.
Prometeo. Siempre él. El fuego robado a los dioses, la llama de la rebeldía, la condena perpetua por atreverse a dar luz a los hombres. Desde el principio supe que esta novela era su herencia. Cada uno de los personajes que desfilan por sus páginas lleva dentro un destello de esa llama. Algunos ardieron con furia y se consumieron. Otros aprendieron a contener el incendio en el pecho y a vivir con él como quien convive con una herida abierta que no quiere cerrar.
La Valencia de los setenta fue el escenario de nuestra tragedia y nuestro rito de iniciación. Una ciudad que despertaba del letargo franquista con un ojo abierto al Mediterráneo y otro clavado en los ateneos, los vinilos, los panfletos, las hogueras nocturnas. Creíamos que podíamos reinventarlo todo: el amor, la política, la familia, el arte, incluso el lenguaje. Y en cierto modo lo hicimos. Pero el precio fue alto.
Recuerdo ahora con una mezcla de ternura y asombro cómo nacieron estas páginas. No fueron concebidas como una crónica ni como una autobiografía, aunque contienen mucho de ambas. Fueron una necesidad: la de recuperar la voz, el grito, la música que nos habitaba. En cada capítulo hay una batalla contra el olvido. En cada escena, un acto de resistencia frente a la desmemoria institucionalizada que se empeña en reducir aquellos años a una nota a pie de página en los manuales de historia.
Lo que aquí se cuenta no es solo la vida de un grupo de amigos enfrentados a su tiempo, sino la eclosión de un paradigma que sigue latiendo. El lector actual podrá encontrar en estas palabras no solo una postal amarillenta de la Transición, sino el germen de muchas luchas que hoy se siguen librando: la defensa de lo común, la necesidad de imaginar alternativas, la urgencia de no pactar con el cinismo.
Esta segunda edición, enriquecida por las lecturas y comentarios de tantos lectores generosos, no pretende corregir el pasado. Pretende celebrarlo, y con él, celebrar la rebeldía como forma de vida. Porque si algo he comprendido en todos estos años es que la contracultura no es un estilo ni una estética: es una ética, una manera de mirar el mundo desde el margen, desde el deseo de lo imposible.
Muchos de quienes aparecen en este libro ya no están. Algunos cayeron por el camino. Otros se perdieron en la maquinaria del sistema. Unos pocos resistieron, sin aplausos ni medallas, y siguen inventando formas de vivir fuera del molde. A ellos dedico esta reedición. A los que no se rindieron. A los que siguen creyendo que es posible encender otra vez la llama de Prometeo, aunque sea con una cerilla mojada en medio del temporal.
Gracias a quienes se han acercado a esta historia no solo como lectores, sino como cómplices. Cada carta recibida, cada conversación después de una presentación, cada crítica sincera, ha sido una brasa más para alimentar este fuego. Que siga ardiendo. Que ilumine. Que duela. Que consuele.
Porque mientras haya un solo joven que se niegue a aceptar el mundo tal como es, esta novela tendrá sentido.
Valencia, primavera del 2025






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