He oído el rumor de una herida que recorre la piel de las sociedades. Una herida abierta, palpitante, que a cada tanto alza su rugido de desesperanza en forma de crisis colectivas. A veces se viste de catástrofe económica, a veces adopta el manto de la guerra o de la opresión. Otras veces, se disfraza de hambre, de exilio, de indiferencia política que se cuela por cada grieta. Y, como un testigo obligado, descubrí en la escritura el único espacio de resistencia donde mi propia voz cobró un sentido tangible. Fue un momento febril en el que me pregunté: ¿qué puede una línea frente al estruendo del desgobierno? ¿Qué peso conserva la palabra en un territorio sofocado por la furia de los amos del mundo? Sin embargo, tras años de deambular por las trincheras de la literatura, confirmé, casi con sorpresa, que la palabra es la más feroz de las armas cuando consigue atravesar la costra del miedo.

He estado en pasillos universitarios repletos de consignas y rostros con ganas de gritar, en plazas tomadas por protestas, en callejones donde la miseria se funde con la rabia. Ahí presencié cómo el acto de escribir —un sencillo acto que no exige más que un lápiz, un papel y el ardor de la indignación— ejercía una fuerza capaz de conmover el orden instituido. Lo vi en grafitis diminutos que desafiaban a un régimen, en panfletos clandestinos que reptaban por la noche y en discursos inflamados que se convertían en himnos de barricada. Quizá muchos cayeron en el olvido, devorados por la urgencia de los días, pero mientras ardían, encendieron luces que no se apagaron nunca en la conciencia de quienes las contemplaron.

Cuando la realidad se vuelve una cruzada contra nuestra dignidad, escribir no es un gesto inofensivo, sino un acto de rebeldía. Lo comprobé durante una época aciaga, en la que el silencio oficial pretendía borrar las voces disidentes y los proyectos que resonaban con aires de cambio. No bastaba con el miedo impuesto a punta de fusil; hacía falta anular la palabra, domesticarla para que no encendiera el corazón de la gente. Así me di cuenta de que, más allá de un entretenimiento o un ejercicio estético, la literatura podía convertirse en un revulsivo, una bomba que detona en la conciencia del lector y le revela que no todo está perdido, que hay una grieta por donde escabullirse y reimaginar la vida.

Quiero ser sincero al admitir que no siempre creí en el poder de la palabra. Hubo días en que me sumergí en la desolación, dudando de la pertinencia de mis garabatos cuando las calles ardían y el hambre mordía los bolsillos. Me preguntaba si la literatura no era un lujo elitista, un refugio fútil. Pero en medio de esa duda, topé con la valentía de varios autores que, sin miedo al exilio o a la represión, elevaron sus voces. Leí líneas que testimoniaban la tragedia de pueblos enteros, versos que denunciaban la miseria convertida en paisaje. Fui testigo de cómo esos textos, aun siendo minados por la censura, encontraban subterfugios para llegar a manos de quienes necesitaban creer en un horizonte distinto. De pronto entendí: cuando la realidad duele, el verso, el relato, el artículo urgente, pueden traspasar fronteras y convertirse en un bálsamo, en una consigna, en una prueba de que la esperanza no está extinguida.

En esa tesitura, me vi, una madrugada, apostado ante una cuartilla en blanco. Con el pulso temblando por la rabia y por la certeza de que, afuera, los muros se levantaban para anular toda disidencia, pergeñé las primeras líneas de un relato que pretendía desentrañar la podredumbre que nos rodeaba. No buscaba nombrar explícitamente a los culpables, tampoco narrar los abusos con tono de crónica periodística. Quería, sí, exponer lo que sentía: la humillación colectiva y la sofocante crueldad que se cernía como un ladrón de libertades. Dejó de importarme la corrección literaria; solo me movía la voluntad de plasmar, en esa hoja, la herida compartida y, a la vez, una pequeña chispa de resistencia. Pensé que no valdría de nada. Pensé que sería devorado por la indiferencia, y que su alcance no superaría mi círculo cercano. Pero, para mi sorpresa, aquel texto circuló de mano en mano, y su eco regresó a mí como una prueba irrebatible de que un párrafo puede agrietar las murallas de la indiferencia.

Era la prueba de que escribir, en tiempos de agonía social, puede convertirse en un modo de denunciar, de gritar lo que los poderes establecidos quieren acallar. Quien escribe en esas circunstancias renuncia a la comodidad y se embarca en un riesgo incierto. Se enfrenta a la censura, a la persecución, o, en el mejor de los casos, a la burla y la descalificación. Pero frente a la tempestad social, la voz del escritor, aunque sea temblorosa, adquiere la firmeza de un faro para otros que, atrapados en la duda, necesitan atisbar un refugio. A veces, una simple línea, escrita con nervio y honestidad, rasga el velo de la injusticia más que cualquier discurso oficial.

Recuerdo el rostro de un compañero que, tras leer uno de mis textos de denuncia, me confesó, con la voz quebrada, que se había sentido menos solo en medio del terror. Me abrazó y me dio las gracias por poner en palabras algo que muchos sentían y no podían expresar. Aquella confesión me sacudió. Supe entonces que, aunque la escritura no detuviera las balas ni alimentara a los niños hambrientos, abría caminos insospechados para la dignidad humana. Servía para que nadie se sintiera aislado en su rabia, en su impotencia, sino comprendido, hermanado con otros que compartían el mismo furor. Y era, en definitiva, un acto de luz en la oscuridad.

He leído, con veneración, a autores que se convirtieron en estandartes de la libertad en regímenes opresivos. Pienso en quienes sufrieron la cárcel, la tortura, el exilio, y pese a ello mantuvieron intacta la llama de la palabra. Su ejemplo me sigue conmoviendo. No concibieron la literatura como un entretenimiento, sino como un grito de verdad que retumbaba en los corredores de lo prohibido. Sus obras se escabulleron por los resquicios de la persecución, viajaron en fotocopias clandestinas y se leyeron en susurros en noches de miedo. Al final, muchas veces contribuyeron a derribar los muros. Eran testimonios, eran ficciones con potencia documental, eran proclamas. En cada una, latía el coraje de quien escribe sin rendirse, aun sabiendo el alto precio que podía pagar por ello.

Escribir para resistir no es, sin embargo, un acto meramente político. No se trata solo de denunciar la injusticia externa, sino también de afrontar la desolación interna que atraviesa a una sociedad en crisis. Cuando las dificultades colectivas se amontonan, el individuo siente a menudo que su identidad se resquebraja. Entonces, la escritura puede ofrecer un bálsamo, una forma de procesar el dolor y trasformarlo en una obra que rehumanice. Es como si, en medio de la tormenta, el escritor se hiciera cargo de la memoria de todos, la guardase en sus líneas para que no se diluya cuando el tiempo pase y la historia oficial intente encubrir las cenizas de lo sufrido. Esa función, la de custodiar recuerdos y sentimientos, alivia la angustia de una comunidad que, desbordada, necesita relatar su propio quebranto. De ahí que la literatura no solo se erija como denuncia, sino como consuelo, como posibilidad de trascender el abismo.

A lo largo de mis andanzas, he visto cómo, en tiempos duros, proliferan los talleres de escritura, los recitales, los fanzines anónimos, las novelas escritas en la penumbra. Es como si el dolor, colectivizado, buscara una salida en las palabras. Esos proyectos independientes, en la mayoría de los casos, se levantan sin financiación ni publicidad, impulsados por la sola convicción de que la voz individual, unida, puede desatar una gran marea. He asistido a lecturas en sótanos mal iluminados, donde la gente aplaudía con rabia genuina, con la certeza de que, aunque faltara comida en la mesa, la palabra compartida era un antídoto contra el silencio cómplice.

Pero hay que reconocer también los peligros que acechan a quien alza la voz. En tiempos de agonía social, todo discurso alternativo se ve amenazado por la manipulación, el oportunismo o la censura. Muchos escritores cayeron en la tentación de acomodar su discurso a las consignas de moda, diluyendo la potencia transformadora en eslóganes sin sustancia. Otros, por temor a las represalias, se refugiaron en la ambigüedad, en el eufemismo que elude el conflicto y no nombra la injusticia por su nombre. He comprendido que, para resistir de veras con la palabra, hay que mantener una honestidad implacable, atreverse a señalar lo que duele, sin maquillajes ni excusas. Ese coraje, a veces, cuesta caro. Pero no veo otra forma de que la literatura conserve su filo subversivo.

Desde mi particular trinchera, experimento un vértigo cada vez que termino un texto que apunta directo al corazón de la miseria social. Me pregunto si exagero, si peco de ingenuidad, si estoy arriesgando mi integridad o mi tranquilidad. Aun así, cada vez que lanzo esas líneas a la intemperie, recibo la confirmación de que no todo está perdido. Alguien las lee, alguien las hace suyas y, en un susurro, replica la verdad que pugna por brotar. Entonces, el acto solitario de escribir se vuelve multitud, se vuelve viento que recorre calles y conciencias, y me invade una emoción irrepetible: la de saber que, a pesar de las cadenas, la palabra mantiene su savia indomable.

Resulta esencial subrayar que esta resistencia escrita no es un llamado a la violencia ni al odio, sino a la lucidez. Cuando la realidad se convulsiona y el caos amenaza con tragarnos, necesitamos la lucidez de la palabra que diseccione la mentira y se plante en la orilla de la dignidad. A menudo, quienes ostentan el poder se valen de la propaganda, del discurso oficial repetido hasta la saciedad, para entumecer la mente colectiva. La literatura contestataria, en cambio, disloca esos discursos, los quiebra, exhibe sus fisuras y, de esa forma, invita a pensar con criterio propio. Si un lector, tras sumergirse en un texto de denuncia o en una novela que desvela la trama oculta de la opresión, despierta de su letargo y cuestiona el relato hegemónico, entonces la semilla de la resistencia ha germinado.

En estos tiempos convulsos, veo con nitidez cómo la palabra puede resistir, no solo en el papel o en las pantallas, sino en las redes sociales y en cualquier formato que la creatividad humana adopte. Sigo con atención a escritores jóvenes que, a través de hilos en foros digitales, de blogs o incluso de videos, propagan historias y reflexiones que retan la tiranía del sistema. Reconozco que las nuevas generaciones, con su forma de expresarse distinta, cargada de inmediatez y de códigos propios, también están escribiendo para resistir, aunque el medio se reconfigure. Me genera esperanza ver que ese impulso no muere, sino que muta y se expande, encontrando recovecos insólitos para sembrar su furor.

He llegado a la convicción de que, si la escritura es un escudo y una lanza, es porque, en su raíz, conecta con la conciencia humana de modo directo. Al leer, nos sumergimos en la percepción del otro, experimentamos su dolor, su indignación y su ansia de justicia. Y esa comunión nos agita, nos convierte en una comunidad que padece y sueña en colectivo. De ahí que, ante la agonía social, la literatura sea un remedio contra la deshumanización que nos amenaza. Escribe el que siente que ya no puede callar. Lee el que busca un asidero o el que desea comprender la hondura de la crisis. Entre ambos, la palabra se erige en un puente que sortea la soledad y el terror.

Por mi parte, cada vez que la atmósfera se tiñe de un presagio funesto, retomo el cuaderno y dejo que la rabia y el amor, la memoria y la pasión se crucen en mis líneas. No pretendo adoctrinar, sino sacudir, conmover y, por encima de todo, preservar la verdad que a menudo se extravía entre el estruendo de las balas y la neblina de la propaganda. A veces, la inspiración brota de una imagen insólita de la calle, de una frase oída al azar, de la mirada cansada de un anciano que sabe que su barrio ya no le pertenece. Otras veces, nace del ansia de gritar basta y denunciar la hipocresía de los discursos oficiales. Entonces vuelco toda mi energía en el texto, convencido de que puede circular, de que aunque solo uno de mis lectores se conmueva, habrá valido la pena.

Así, “escribir para resistir” no es una fórmula vacía ni un eslogan oportunista. Es la declaración de que, mientras quede un corazón dispuesto a latir por la justicia, habrá historias y poemas que evocarán la vida, iluminando las penumbras de la crueldad. No es un viaje fácil: el escritor comprometido con su época se expone a la incomprensión, a veces a la persecución, y casi siempre a la inestabilidad de no saber si su mensaje llegará. Pero no cesa, porque al final del día, la escritura es también un acto de fe. Fe en que las palabras, por frágiles que parezcan, pueden atravesar murallas y encender el fuego necesario para la transformación.

Termino estas reflexiones con la convicción de que el acto de escribir, en medio de la agonía social, ostenta un temple heroico. Tal vez suene melodramático, pero así lo vivo: cada página escrita contra el viento opresor es un testimonio que se alza como un dedo acusatorio, como una flor que crece en la grieta del pavimento. Alguien la leerá, alguien se sentirá menos solo, alguien recordará que sigue habiendo almas que resisten con la palabra. Y, entre todos, construimos una fuerza que, tarde o temprano, renueva la esperanza y reconquista la libertad. Por eso no me detengo. Aunque el caos amenace, aunque la censura aceche, aunque la desidia parezca vencer, sigo escribiendo, como si en cada letra me fuera la vida. Quizá, y solo quizá, así sea. Porque, en estos tiempos de furia, la literatura es una forma de amar la verdad y de aferrarse a la dignidad que ningún yugo consigue destruir. Y mientras esa dignidad palpite en una hoja en blanco, habrá un futuro por el que alzar la voz.


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