He pasado muchas noches preguntándome por qué las historias que me conmueven con más fuerza tienen algo de atávico, como si, a través de sus personajes y tramas, escuchara el eco lejano de tambores tribales y coros ancestrales. Podía leer la más vanguardista de las novelas contemporáneas y, aun así, sentir ese pulso arcaico, esa melodía de fondo que me hablaba de dioses olvidados, presencias elementales y mitos que no pierden vigencia. Fue entonces cuando me percaté de algo que quizá siempre había sabido sin admitirlo: la fuerza de la literatura, para sostenerse en el tiempo y estremecer a generaciones distintas, radica en su capacidad de conectar con símbolos y arquetipos tan antiguos como nuestra propia memoria colectiva. Con cada página que avanzo en el oficio de escribir, veo que recuperar esos linajes mitológicos no es un mero ejercicio de nostalgia, sino una forma de insuflar a nuestra narrativa un soplo de eternidad.

Recuerdo la primera vez que, siendo apenas un lector voraz y todavía no un autor, intuí la omnipresencia de ciertos patrones arquetípicos. Sucedió al descubrir, por casualidad, la figura del Loco Sagrado en leyendas de varias civilizaciones distintas. Me pareció fascinante que, en narraciones separadas por siglos y continentes, emergiera una y otra vez un personaje risueño, extravagante y, sin embargo, depositario de una verdad que superaba los convencionalismos sociales. No entendía cómo se repetía esa figura. ¿Era simple coincidencia o, en el fondo, compartíamos todos un mismo imaginario interior, una fuente de símbolos de la que se nutrían culturas que nunca se habían rozado? Con el paso del tiempo, esa curiosidad se convirtió en un pilar de mi forma de concebir la literatura. Empecé a ver al héroe, a la diosa y al loco sagrado como rostros cambiantes de una misma esencia que custodiaba el misterio de lo humano.

Para mí, el héroe evolucionó desde las epopeyas antiguas, donde su destino se hallaba marcado por voluntades divinas, hasta las narraciones contemporáneas, donde ese coraje épico a menudo se resquebraja ante la ambigüedad moral de nuestro mundo. Me impresionó constatar que, incluso en la novela más realista, la presencia del héroe podía vislumbrarse tras el velo de la cotidianidad. Tal vez no alzase una espada flamígera, ni se debatiera con dioses volcánicos, pero su lucha, su prueba y su llamado a la acción se manifestaban en otros términos: la superación de un trauma, la resistencia a la injusticia, la perseverancia en medio de una sociedad que, con frecuencia, prefiere la anestesia colectiva. Cuando empecé a escribir mis propios relatos, sentí que el héroe era un arquetipo maleable, capaz de fundirse con la identidad de un tipo común que decide, un día, rebelarse contra lo establecido. Su grandeza no requería trofeos ni cánticos, bastaba la fuerza interior que lo empujaba a atravesar umbrales, a enfrentarse a su sombra y a evolucionar al final del viaje. Ese era el heroísmo que me interesaba plasmar: el que brotaba, no tanto de los dioses, sino de las zonas más ocultas de la psique.

Sin embargo, no pude dejar de sentir la importancia de la diosa como un contrapeso esencial. Desde las diosas de la fertilidad en civilizaciones antiguas hasta las vírgenes guerreras o las brujas misteriosas que pueblan las fábulas medievales, la figura femenina siempre ha encarnado el enigma de la creación y la destrucción. Al rastrearla en textos contemporáneos, me percaté de que la diosa aún respiraba en la conciencia colectiva, disimulada en personajes que encarnan lo maternal, lo irracional, lo mágico o lo prohibido. Cada vez que incluía en mis textos una presencia femenina fuerte, repleta de matices, sentía que estaba invocando, sin pretenderlo, ese poder cíclico de la diosa primordial que otorga vida y, al mismo tiempo, la arrebata cuando es necesario. En cierto modo, reconozco en la diosa la fuerza que mantiene el equilibrio entre opuestos: un anclaje entre la razón y la intuición, el orden y el caos. Al adaptarla a los desafíos de la literatura actual, quise liberarla de estereotipos planos y presentarla como la energía que transgrede barreras, que fecunda territorios inexplorados y que, en definitiva, cuestiona la visión patriarcal del mundo, pero sin negar el abismo que ella misma custodia. No se trata de convertirla en un ídolo plástico, sino en una presencia viva, ambigua, capaz de destrozar certezas y sembrar las semillas de la renovación.

Pero quizá el arquetipo que más cautiva mi imaginación sea el Loco Sagrado. No el necio sin luz, sino aquel que, bajo la apariencia de la insensatez, revela misterios que la lógica reprime. Lo he visto brillar en antiguas civilizaciones, disfrazado de bufón que se permite decir la verdad a los reyes. Lo he encontrado también en la obra de ciertos autores modernos que utilizan la figura del vagabundo o del outsider para poner en jaque a la sociedad. Vi en el loco sagrado a un trasunto del chamán que, en una comunidad primitiva, entraba en trance y retornaba con mensajes de otros mundos. Y en mis escritos, sentí la tentación de introducir a ese personaje que, a primera vista, parecía un inadaptado, un excéntrico, un marginado, y sin embargo, guardaba en su verbo algo que rompía la costra de la realidad. Entendí que, a veces, hace falta una dosis de locura para cuestionar el orden imperante y abrir la puerta a lo inesperado. Como escritor, descubrí que la trama se incendiaba cuando soltaba a ese arquetipo en medio de una narración demasiado coherente, y él se encargaba de deshacer el andamiaje confortable para sacar a la luz la verdad más descarnada. Me fascinó ver cómo el loco sagrado encarnaba, en su extravagancia, la libertad que anhelamos pero tememos.

Con cada nueva novela o relato, fui comprendiendo que integrar estos arquetipos no era un asunto de copia literal de las mitologías. Al contrario, se trataba de un ejercicio de adaptación, de actualización, de hacer que aquellas fuerzas milenarias dialogaran con la sensibilidad de los lectores de hoy. Vivimos una época donde las certezas se resquebrajan, donde las identidades se difuminan y las fronteras entre lo virtual y lo real se hacen borrosas. Ante ese escenario, me pareció imprescindible rescatar a los héroes y diosas de antaño, pero vestidos con ropas contemporáneas, enfrentando conflictos que resonaran con la experiencia actual. El viaje heroico ya no pasaba necesariamente por dragones y castillos, sino por el laberinto de la mente y los traumas de la civilización moderna. La diosa dejaba de limitarse a la fecundidad telúrica y se transmutaba en la líder contracultural o en la mujer que encarna la potencia creadora y destructiva del cambio. El loco sagrado, en lugar de ser el bufón cortesano, podía manifestarse como un artista callejero, un visionario incomprendido, un crítico social cuyos balbuceos enmascaraban una denuncia feroz.

Comprendí, también, que estos arquetipos nos permiten trascender el plano meramente psicológico y adentrarnos en territorios místicos que otorgan a la literatura una dimensión trascendente. No se trata de ensalzar el dogma ni de adoctrinar; más bien, de insinuar que, detrás de las apariencias, existe un entramado simbólico que nos conecta con la naturaleza y con lo divino (sea lo que cada quien entienda por “divino”). Cuando el héroe, la diosa o el loco sagrado emergen en una historia, algo en nuestro interior se estremece. Como si, al reconocerlos, recordáramos vagamente un sueño que se remonta a cuando la humanidad cantaba alrededor del fuego, confiándole al viento las leyendas de dioses serpiente y reinas del inframundo. Entonces, la lectura deja de ser mero entretenimiento para volverse un ritual en el que revivimos, aunque sea por un instante, la asombrosa amplitud de nuestra herencia simbólica. Esa sacudida interior es la que busco cuando plasmo estos arquetipos en la página.

No obstante, en mis aventuras literarias he comprobado que el uso de símbolos ancestrales no basta por sí solo para despertar la magia. He visto escritores que los emplean como fórmulas vacías, como adornos superficiales, y el resultado suele ser un pastiche de referencias sin alma. Entendí que la clave reside en la sinceridad con la que abordamos esos arquetipos, en el respeto a su autonomía y a su misterio. Al introducirlos en mis tramas, he procurado no manipularlos hasta convertirlos en simples marionetas de mi argumento, sino dejarles un margen para que sean ellos quienes inyecten vitalidad a la historia. A veces, me sucedió que el héroe moderno que creía controlar se negó a seguir el esquema que yo había planeado, imponiéndome un giro que se ajustaba mejor a su naturaleza simbólica. Puede parecer una fantasía, pero como escritor, uno percibe con nitidez cuando un personaje se rebela y exige fidelidad a su propia esencia. Y uno aprende que, en ese forcejeo, la obra halla su autenticidad.

También he aprendido que la belleza de los símbolos ancestrales se potencia cuando no los subrayamos con estridencia. Prefiero sugerir, dejar atisbos, dejar que el lector adivine que esa mujer que canta a medianoche y cuyas lágrimas fecundan la tierra encarna a la diosa, en lugar de declararlo con flechas luminosas. Del mismo modo, el loco sagrado no necesita presentar credenciales para demostrar su conexión chamánica; basta con que irrumpa en la historia con una frase inesperada que eche abajo nuestra visión acomodada. La literatura que transciende es la que, a mi juicio, confía en la inteligencia y la intuición del lector para que él mismo reconozca la melodía arquetípica, el rumor de lo infinito, resonando entre las líneas.

A veces me preguntan si esta obsesión con los mitos antiguos no nos aleja del presente, si no es una forma de evadir la realidad. Respondo que todo lo contrario: creo que necesitamos de esos arquetipos para confrontar los desafíos actuales, precisamente porque nos recuerdan la dimensión profunda y atemporal de la experiencia humana. Las crisis de hoy no se resuelven solo con datos ni con teorías racionales, sino integrando lo que es intangible, lo que nos llega por vías poéticas, lo que se sumerge en la psique y reverbera en el alma colectiva. Traer a colación el arquetipo del héroe fragmentado, de la diosa creadora-destruidora, o del loco clarividente nos aporta claves para afrontar el desconcierto de un mundo posmoderno que no termina de encontrarse. Al fin y al cabo, la literatura, desde sus inicios, ha sido un refugio para que los anhelos y angustias de la humanidad hallen una voz. Y esa voz, cuando se eleva con el hálito de los mitos antiguos, adquiere una potencia que atraviesa siglos y fronteras.

He recorrido mucho camino, he tropezado incontables veces al tratar de escribir obras que fusionen lo mítico y lo contemporáneo. Aun así, mantengo la convicción de que los símbolos ancestrales no solo son un adorno pintoresco, sino un manantial al que podemos acudir para refrescar la imaginación y la sensibilidad. En la medida en que los actualicemos con honestidad y respeto, sin convertirlos en mercancía trillada, ellos nos recompensarán dándonos historias llenas de alma, historias que golpean el corazón del lector con la misma intensidad con que lo hacían las leyendas de antaño. Yo, en lo personal, continúo sintiendo un escalofrío al imaginar a mi héroe urbano con una espada metafórica, a mi diosa subvirtiendo roles en una ciudad que la ignora, y a mi loco sagrado irrumpiendo en una fiesta burguesa para soltar, entre risas, la revelación que nadie quería escuchar.

Tal vez esa mezcla de lo ancestral y lo moderno sea la brújula que nos guía hacia una literatura que no se agote en las modas de la inmediatez. En un panorama en el que abundan textos y estímulos efímeros, me aferro a la certeza de que los mitos genuinos no mueren, sino que se renuevan. Al tejerlos con la trama de nuestras inquietudes actuales, logramos un texto que, por un lado, habla al lector de hoy, y por otro, se proyecta hacia lo intemporal. Supongo que ese es el secreto de las obras que trascienden generaciones: tocan algo esencial de la humanidad, algo que no cambia pese al devenir de los siglos. Cuando veo que un joven lector se conmueve ante un relato que revive el viaje del héroe, o que una lectora encuentra en la diosa un poder inexplorado para su vida cotidiana, me alegra confirmar que, en efecto, la llama mitológica sigue encendida.

Cada día me despierto con la curiosidad de rastrear nuevos símbolos, nuevas variantes del arquetipo, nuevas máscaras que la divinidad adopta en las calles congestionadas y en las mentes saturadas. Me pregunto qué formas asume hoy el Loco Sagrado, qué disfraz se pone el Héroe para pasar inadvertido y en qué rincones se esconde la Diosa esperando que le cedamos la palabra. Y luego me lanzo a escribir, consciente de que soy uno más de los tantos narradores que, desde los tiempos de las cavernas, han intentado ponerle voz a lo inefable. No pretendo descubrir nada nuevo; solo prolongar la tradición de un fuego antiguo que nos ilumina y nos susurra, como un latido discreto, las claves para entendernos. Al final, quizá ese sea el mejor tributo que podemos ofrecer: garantizar que estas imágenes milenarias sigan siendo la savia que nutra nuestra imaginación, nuestra rebeldía y nuestra esperanza.

Cierro estas reflexiones con la emoción de quien ha atisbado un horizonte infinito, poblado de seres mitológicos que dialogan con la humanidad futura. Puede que estemos ante un renacimiento de lo sagrado en plena era digital, un renacimiento que se disfraza de ficción realista, de novela distópica o de ensayo introspectivo, pero que no deja de beber de la misma fuente. Lo bello es que, al abrazar ese manantial, no traicionamos nuestra modernidad, sino que la anclamos a algo mayor que nuestras propias limitaciones. El héroe, la diosa y el loco sagrado seguirán resurgiendo mientras existan escritores dispuestos a llamarlos por su nombre, a honrarlos con un lenguaje nuevo y a dejarlos irrumpir sin miedo en el orden aparente de la página en blanco. Y si lo hacen con una chispa auténtica, con la pasión de quien convoca a las deidades del inconsciente colectivo, sin duda transformarán el modo en que nos contamos la vida y el destino, abriendo caminos que aún no imaginamos. Porque la literatura, en su mejor expresión, siempre ha sido esa alquimia misteriosa donde lo eterno y lo efímero se funden para construir un puente entre el sueño y la vigilia. Yo, desde mi escritorio o desde el corazón palpitante de la calle, sigo sosteniendo la llama de esos arquetipos, invitándolos a colarse en mis párrafos y a alentar a otros a descubrir su propio fulgor. Y así confío en que la magia milenaria de los símbolos, lejos de ser un mero eco del pasado, se erija como un pilar de nuestro futuro creativo.


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