He pasado gran parte de mi vida en tránsito, en movimiento perpetuo, como si la suerte hubiera decidido que mi lugar de pertenencia fuera precisamente ese: la inexistencia de un lugar definitivo. A veces me sorprendo sentado en una sala de espera con paredes grises, el sonido constante de un altavoz anunciando partidas, retrasos y llegadas. Otras veces, me descubro en un vestíbulo cualquiera de un aeropuerto, observando con la fascinación de un niño ese ir y venir de maletas, rostros que se cruzan sin reconocerse y manos que empuñan una tarjeta de embarque como si fuera la llave de algún futuro improbable. En esos momentos, me doy cuenta de que la gente, sin saberlo, encierra esperanzas y memorias en el interior de un viaje que tal vez ni ellos mismos comprenden en toda su profundidad.

He escrito páginas enteras en cafeterías improvisadas, donde el eco de máquinas de café y la vibración de pantallas anunciando vuelos dan a mi escritura un ritmo inconfundible. Como si cada sorbo de espresso me recordara que el mundo exterior no se detiene a pesar de mis reflexiones, y que yo, en mi aparente aislamiento, formo parte de una sinfonía de pasos y maletas que llegan y parten. En ese acto de narrar, siento que me adueño del espacio fugaz, apropiándome de lo que, en principio, no era de nadie. Describo el contraste entre la mujer que viaja con dos niños que lloran, la pareja que discute por un pasaporte extraviado y el anciano que observa, con ojos de geólogo, la extraña fauna humana que se concentra en un panel de salidas. En cada detalle, siento la pulsión de una humanidad compartida, un latir colectivo que, paradójicamente, se nos escapa cuando creemos estar instalados en la seguridad de nuestras casas.

Lo primero que me atrapa de esos espacios –estaciones de tren, aeropuertos, cafeterías solitarias que desafían la lógica de la noche– es su cualidad impersonal. Ningún letrero me recuerda mi historia, ni me encadena a la identidad que otros esperan de mí. Ni un solo objeto familiar me sugiere la tibia seguridad del hogar. Y, sin embargo, en ese vacío, en esa falta de raíces aparentes, suelo descubrir un sosiego extraño, casi reverencial. La estación, con su frío característico de pasillos interminables, me ofrece un consuelo que raras veces encuentro en casas ajenas o en hoteles decorados con ínfulas de calidez. El suelo resuena cuando camino y el eco de mis pasos me dice que sigo vivo, que mi pulso no ha cesado y que, por más que el mundo parezca indiferente, aquí estoy, sintiendo mi propia presencia.

A lo largo de los años, he visto la expresión “no lugar” en textos de antropólogos y sociólogos, como un modo de nombrar aquellos espacios de tránsito que no pertenecen a nadie en particular y que, por extensión, no otorgan pertenencia real a sus usuarios. Pero yo me resisto a considerarlos simplemente un territorio de paso. Para mí, el “no lugar” se vuelve un escenario de contemplación profunda. Es en esos intersticios donde el tiempo parece suspenderse, donde la prisa se convierte en una corriente invisible que nos arrastra a todos, y donde los silencios adquieren una textura inusualmente densa. Cuando me siento en un banco descuidado, entre viajeros que fingen no verse, me invaden sensaciones mezcladas de libertad y de orfandad. Siento que ningún pasado me ancla, que puedo mutar de piel, cambiar de nombre, ser alguien distinto, o simplemente dejar de ser. Y a la vez, a cada respiración, percibo la nostalgia de un hogar que tal vez nunca existió.

Recuerdo una noche en concreto, cuando la vida parecía haberme dejado a la deriva. Tenía en la mano un billete de tren con destino incierto, compré un café en un puesto que olía a masa requemada y me apoyé contra una pared para ver cómo los vagones se acoplaban uno tras otro. Afuera, el cielo tenía el color de la ceniza y la ciudad dormía con una placidez egoísta, desentendiéndose de mis desvelos. A mi lado, un hombre ensombrecido por la derrota fumaba con ansia, quizá huyendo de una historia que no se atrevía a narrar. Nuestros ojos se cruzaron un breve segundo, y en ese intercambio mudo, entendí que estábamos unidos por una verdad elemental: aquel lugar era la metáfora de nuestra condición, la de seres en busca de un refugio que nunca termina de materializarse. Por un instante, nos miramos como si quisiéramos compartir un lazo efímero de empatía. Luego, cada uno continuó su ruta, sin preguntarse siquiera el nombre del otro.

He pensado que tal vez la esencia de estos “no lugares” sea precisamente la de confrontarnos con la realidad de que no encajamos en molde alguno. Nos educan en la idea de la raíz, de la estabilidad, de la familia y el barrio como núcleos de existencia. Sin embargo, siempre ha habido disidentes, viajeros perpetuos que, incapaces de ajustarse al libreto social, hallan en el tránsito su única forma de respiro. Yo me reconozco en esa categoría. He vagado con mi cuaderno de notas, con mi bolígrafo ansioso de historias, capturando retazos de conversaciones que vuelan como moscas, casi imperceptibles. En cada estación, en cada cafetería de madrugada, he buscado la epifanía que solo germina cuando los demás duermen o cuando la soledad se vuelve tan contundente que roza lo sagrado.

A medida que he ido profundizando en esta experiencia, he llegado a la conclusión de que, por contradictorio que parezca, estos sitios impersonales pueden ofrecernos un refugio interior, siempre que sepamos percibirlos con otra sensibilidad. El murmullo monótono de un aeropuerto, con sus escaleras mecánicas y sus letreros luminosos que indican destinos remotos, se convierte en música ambiental para mi propia introspección. Basta con apagar el móvil, cerrar por un instante la agenda, olvidarme del reloj que subraya la urgencia, para que surja un silencio interior. Veo a la gente correr, atareada, aferrada a horarios que no admiten demora, y yo, en cambio, me quedo inmóvil, contemplando una realidad frenética que parece transcurrir en otra dimensión. Es en ese contraste donde, a veces, percibo la chispa de la inspiración, ese relámpago que ilumina un argumento, un personaje, un desenlace inesperado para el relato que latía en mí sin nombre.

Desde esta perspectiva, la experiencia del “no lugar” cobra una dimensión espiritual. Podríamos llamarla, sin temor a exagerar, una búsqueda de hogar dentro del propio ser. No precisamos estancias amuebladas con lujo ni paredes decoradas con cuadros para sentir que habitamos un espacio digno. Tal vez nos baste un rincón de un local vacío, una mesa donde apoyar el codo, el aroma de un té mal servido y un momento para cerrar los párpados y preguntar: “¿Quién soy si no pertenezco a ningún sitio? ¿Quién soy cuando carezco de toda etiqueta?” Y, en la respuesta que surge de ese silencio, advertimos que el hogar no es un recinto geográfico, sino la llama íntima que uno porta en el corazón. Esa llama, a veces tan débil que parecemos no verla, constituye una certeza secreta: podemos habitar el mundo entero porque el mundo, en buena medida, está en nuestra conciencia.

He encontrado, en mis constantes andanzas, otras almas que responden al mismo llamado. Gente que, por avatares de la vida, se ve forzada a migrar, a desplazarse sin tregua, o gente que elige esa condición nómada como forma de resistencia a la uniformidad. Los reconozco por su mirada, por la forma de sostener la maleta, por la calma con que asumen el retraso de un tren o la cancelación de un vuelo. A diferencia del viajero apresurado que se queja y clama por un orden que lo devuelva a la rutina, ellos parecen aceptar que el desarraigo es, en sí mismo, una lección. He hablado con algunos de ellos, manteniendo conversaciones que dejan un sabor a revelación. Me contaron sus historias, desnudaron sus anhelos y, aunque sabíamos que quizá no volveríamos a cruzarnos, nos despedimos con la sensación de haber compartido un ligero calor humano en medio de la nada. La amistad, en estos “no lugares”, puede durar lo que dura una escala o un trasbordo, y aun así ser más sincera que muchas relaciones sedimentadas en la costumbre.

Por supuesto, no todo es poesía en la experiencia del desarraigo. Hay noches en que el frío cala los huesos, en que las sillas metálicas se vuelven una tortura, en que uno anhela un refugio estable para tenderse y dejar que la fatiga se disuelva. Hay días en que la inexistencia de un espacio propio me estrangula con su crudeza, y siento que mi identidad se difumina peligrosamente. En esos momentos, me pregunto si no sería mejor renunciar a esta deriva y establecerme en un lugar que me abrace con su rutina. Pero, de inmediato, algo en mí me susurra que la libertad que respiro en estos pasillos a ninguna parte, la posibilidad de observar el perpetuo cambio de rostros y destinos, supera cualquier comodidad que pudiera encontrar. De esa contradicción se nutre mi literatura, de esa tensión entre la sed de hogar y el impulso incontenible de huir cuando todo empieza a encajar demasiado.

Hay algo profundamente literario en la idea de que uno jamás termina de llegar a destino. Quizá esa sea la metáfora esencial de toda búsqueda interior: no existe una meta final, un punto fijo donde podamos anclar el anhelo y darlo por cumplido. Más bien, se trata de un continuo de escalas, un ir y venir de trayectos que nos forjan el carácter y la perspectiva. El escritor que abraza este modo de vida, que se reconoce fuera de todos los moldes, encuentra en el no lugar un escenario único para la introspección y la creación. No hay paredes que dicten el estilo, no hay muebles que marquen nuestra jerarquía social. Solo estamos nosotros, con la pluma o el teclado, con el cuaderno o la memoria, presenciando el espectáculo incesante de un mundo que no cesa de moverse.

Con el tiempo, comprendí que la gran paradoja de mi condición radica en que, cuanto más me acostumbro a los “no lugares”, más siento que me pertenecen. Es como si, en ese desarraigo, descubriera una forma distinta de enraizarme: no en la tierra física, sino en el instante presente, en la conciencia lúcida de la fugacidad. Las estaciones y aeropuertos dejan de ser simples paréntesis para erigirse en mi auténtico hogar, un hogar que no permanece inmóvil, sino que fluye conmigo y se transforma a cada paso. De ese modo, al sentarme en un banco y abrir mi diario, recupero de golpe una calidez insospechada: la reconozco como la calidez de estar vivo, sin ataduras, sin etiquetas que me definan a rajatabla.

A veces me preguntan: ¿no te cansas de andar siempre de un lado a otro, de no poder descansar en la privacidad de un refugio estable? Y mi respuesta es doble. Sí, me fatigo, me desvelo, me desespero. Pero a la vez, descubro que esa carencia me impulsa a explorar rincones de mi conciencia que quizá, en la comodidad, habrían quedado inertes. Me obliga a relacionarme con extraños, a escuchar historias que nadie me contaría si no fuéramos coincidentes eventuales en la anónima vastedad de una terminal. Y me permite, en fin, percibir la sutil belleza de lo transitorio, ese aroma de libertad que florece cuando nada está garantizado.

Como escritor, me he nutrido de los susurros que emergen entre las butacas vacías al amanecer. He hallado una inspiración particular en la soledad de las cafeterías sin testigos, en el chisporroteo de un fluorescente agonizante que parpadea de madrugada, iluminando mi cuaderno a intervalos. He plasmado la tensión de quienes se desdibujan en el tráfago, el dolor de quienes pierden una conexión y la alegría eufórica de los que regresan, por fin, a su ansiado destino. Toda esa gama de emociones me habla de lo humano en su desnudez, sin disfraces ni escenarios preparados.

Tal vez lo que más me conmueve de este trajín sea el coraje con que la gente se aferra a un pequeño hilo de esperanza, aunque se sienta perdida. Un estudiante cargado de libros se encamina a un futuro que imagina radiante, un emigrante acarrea las cicatrices de lo vivido y sueña con un nuevo comienzo, un anciano visita a los hijos que dejó lejos. Y yo, con mi bolígrafo y mi mirada de extranjero perpetuo, soy testigo de esos anhelos que flotan en el aire recargado de incertidumbre. De pronto, me doy cuenta de que, en el fondo, cada uno de nosotros está buscando, a su manera, un refugio en sí mismo, incluso cuando cree buscarlo en un mapa o en el confort de una casa.

He llegado a la conclusión de que, tal vez, el hogar sea un estado del alma y no un lugar geográfico. Uno aprende a fabricárselo en la intimidad de su interior, a resguardarse en la palabra, en la memoria o en el acto creador. Así, cuando los altavoces anuncian el próximo tren y la multitud se mueve en bloque, yo me levanto de mi asiento con la tranquilidad de saber que no me marcho de un hogar para ir a otro, sino que sigo dentro de mí mismo, portando esa llama que me mantiene a salvo y me inspira. Es una llama que se enciende con más fuerza en los “no lugares”, precisamente porque no hay distracciones que me anclen a una identidad ficticia. Solo estoy yo, viajando por el mundo y por mis laberintos mentales, consciente de que la distancia más larga se recorre siempre en el interior.

Así que, si me piden un consejo, les diría a aquellos que se sienten ajenos a los moldes y que sufren la falta de arraigo: exploren las estaciones, transiten los aeropuertos, siéntense en las cafeterías que languidecen en horas inverosímiles. Descubran la poesía que asoma en el anonimato, la reflexión que surge cuando el reloj avanza en contra de la paciencia y las puertas automáticas se abren a un horizonte incierto. Tal vez, en medio de ese vaivén, hallen una verdad personal que ni la calidez de mil hogares podría ofrecerles. O tal vez, en la punta de un andén, encuentren por fin la certeza de que no necesitan encajar en un molde para sentir que existen, que laten, que el mundo rebosa promesas que se enhebran en cada recorrido.

Mientras me despido por ahora, solo me resta confesar que, cada vez que me sumerjo en uno de estos “no lugares”, me invade un sentimiento de gratitud. Porque, al fin de cuentas, me han dado el espacio ideal para desnudar mis pensamientos y para acoger la belleza de lo impersonal, que es también la belleza de la libertad. Sigo siendo un viajero perpetuo, desarraigado a los ojos de muchos, pero más arraigado que nunca a mi propia conciencia. Y es en ese fuego interior, mantenido vivo contra toda tempestad, donde se encuentra la verdadera casa a la que siempre puedo volver.


Descubre más desde Enrique Bonalba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Tendencias

Descubre más desde Enrique Bonalba

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo