He contemplado mi propio reflejo en espejos ajenos toda mi vida, como si buscara, en cada mirada extraña o en cada crítica mordaz, una confirmación de la identidad que me ha sido asignada. Mi rostro, la entonación de mi voz, la manera en que mis manos se crispan cuando me descubro retando al orden establecido… Son detalles que delatan esa fuerza interna que muchos llaman ego y que otros prefieren enterrar bajo la alfombra de la corrección. Pero yo, en mi travesía de escritor, he aprendido a reconocer en esa llama interior un combustible irrefrenable, un caleidoscopio de matices que me invita a la vez a rebelarme y a reconciliarme con mi propio espíritu. A lo largo de las horas de teclado, de las noches insomnes y los diálogos encendidos con mis propios miedos, he llegado a entender que el ego no es un enemigo al que debamos arrinconar sin contemplaciones, sino un aliado que, bien observado y canalizado, provee a la pluma de la ferocidad necesaria para construir historias que palpitan con autenticidad y alto voltaje emocional.
Recuerdo una época temprana en mi carrera como escritor, cuando me devoraba el ansia de reconocimiento. Cualquier halago caía sobre mí como una bendición y cada crítica, por leve que fuera, me arrastraba a un abismo de inseguridades. Mis sueños literarios se alimentaban de la aprobación ajena, cual planta necesitada de luz solar. Mientras avanzaba por este sendero, notaba cómo se iba edificando un muro entre mi esencia creadora y la verdad de mis personajes. En lugar de focalizarme en la fuerza genuina que yo deseaba imprimir a mis relatos, me preocupaba por brillar, por destacar, por recibir aplausos. Y con cada línea escrita desde esa sed de validación, mis historias se volvían más frágiles, desprovistas de la osadía que pudiera conmover de verdad a un lector. Fue en ese período cuando comprendí que el ego, si se desarrolla sin guía y sin una reflexión profunda, acaba cubriéndolo todo con un manto de vanidad que, lejos de potenciar la creatividad, la asfixia. Sin embargo, en vez de maldecir esa parte de mí, empecé a preguntarme si existía un camino de reconciliación que me llevara a aprovechar esa energía interna sin arrodillarme ante sus caprichos.
La respuesta me llegó de forma abrupta la noche en que, en un arranque de furia, decidí desgarrar un manuscrito en el que había vertido más halagos a mi supuesto genio que verdades a flor de piel. Fue un gesto visceral, casi ceremonial. Rasgué las páginas con impaciencia y las esparcí sobre el suelo, sintiendo que, con cada pedazo, se desprendía una costra de soberbia que me envolvía desde hacía tiempo. Allí, en medio de aquel revoltijo de hojas, sentí una punzada de liberación. Pero también experimenté una suerte de duelo: había perdido un esbozo de obra, una historia que, pese a todo, me resultaba entrañable. Fue entonces cuando mis entrañas me susurraron una revelación incómoda y, a la vez, necesaria. Entendí que el orgullo no era el verdadero problema, sino el uso inconsciente que yo hacía de él, confundiendo mi aspiración creativa con la necesidad de ser idolatrado. Si había un demonio que me estaba devorando, lo había nutrido yo mismo con mi obsesión por las palmas y el oropel.
Decidí, desde aquel momento, que no renunciaría al fuego que sentía encendido en lo profundo de mi pecho, pues en él se albergaba mi capacidad de apasionarme, de desafiar los límites, de sostenerme firme frente a un folio en blanco cuando la inspiración amenazaba con abandonarme. Pero comprendí que esa llama debía ser reorientada, transformada en un instrumento de crecimiento interior y de construcción literaria. Me propuse, pues, observar mi ego sin enjuiciarlo de inmediato, permitiéndome sentir esa fuerza que a veces rugía dentro de mí y que solía confundirse con mera vanidad. Con cada línea escrita, me di la oportunidad de preguntarme: ¿qué me impulsa a plasmar estas palabras? ¿Es el deseo de que me admiren? ¿O es la necesidad de expresar con coraje una visión de la vida que siento correr por mis venas?
Fue un aprendizaje lento, repleto de idas y venidas, de recaídas en los viejos patrones y de victorias fugaces en las que, al fin, sentía que mi pasión se dirigía hacia la sinceridad y no hacia la lisonja. Al cabo de un tiempo, noté que mis personajes comenzaban a llenarse de contradicciones más genuinas, de matices psicológicos que antes no me atrevía a explorar. Empecé a permitirles sentir celos, envidia, rabia desbordada, amor desmedido, y no intentaba disfrazar aquellas pasiones con la máscara de la corrección política o la falsa modestia. Me di cuenta de que mi propia experiencia de rebeldía interna y reconciliación con el ego alimentaba a mis protagonistas, haciéndolos vibrar con una intensidad que no podía nacer de un mero artificio. Y en ese proceso, descubrí que el conflicto que vivía conmigo mismo se convertía en una poderosa herramienta para darles vida, para llenar mis tramas de tensión, para que cada decisión que tomaran resonara con autenticidad.
Conforme mi perspectiva se ampliaba, fui reconociendo la importancia de no exiliar esa parte oscura y altiva de mi personalidad. Le di un nombre simbólico, un alias de tempestad, para invocarla cuando necesitaba la determinación de no ceder ante las dudas. A veces, al sumergirme en la creación de un personaje soberbio, me sorprendía la facilidad con la que surgían sus diálogos y motivaciones: ahí estaba mi ego, sirviendo de guía para desenterrar facetas humanas que, de otro modo, hubieran permanecido soterradas bajo la máscara de la buena educación. Pero lo hacía sin cederle el control absoluto, manteniendo cierto grado de conciencia para no empujar mi narrativa hacia la propaganda personal. Era un juego de equilibrio, un pulso constante que tenía como finalidad canalizar esa fiereza interior hacia la construcción de relatos con un pulso auténtico.
La escritura, además, se convirtió en un espejo donde podía ver reflejadas mis propias metamorfosis. Cada vez que daba forma a un personaje dominado por su soberbia, me resultaba imposible no contemplar en él mi propia historia, mis días más oscuros y mis caídas en la trampa de la vanidad. Lo fascinante de este ejercicio era que, al novelar aquellos defectos, terminaba extrayendo un poso de empatía hacia mi versión más arrogante. En vez de condenarla sin piedad, empezaba a entender las motivaciones que la habían impulsado: el miedo a la mediocridad, la inseguridad disfrazada de grandilocuencia, la necesidad de sentirse único e irrepetible en un mundo que a menudo aplasta nuestras ilusiones. Y esa comprensión, ese acto de compasión hacia mi propia sombra, me hizo más humilde y, a la vez, más fuerte. Dejé de censurarme por haber sentido una ambición desmedida y comprendí que, en el fondo, todo anhelo de grandeza esconde un reclamo de reconocimiento que, si se ilumina con la luz del entendimiento, puede transmutarse en audacia creadora.
Escribir sobre el ego sin juicio apresurado me condujo también a reflexionar sobre las batallas internas que nos consumen a cada uno de nosotros. Percibí cuánta energía invertimos en reprimir nuestra rabia, nuestra soberbia o nuestra necesidad de ser vistos. Nos enseñan desde la infancia que ciertos sentimientos son reprobables, que debemos contener la irritación y la envidia, pues resultan inapropiadas. Pero, al crecer, muchos descubrimos que lo reprimido no desaparece, sino que se enquista y se convierte en un volcán agazapado, esperando cualquier grieta para emerger con violencia. En mi caso, la vía de escape era la literatura. Me propuse entonces, como experimento personal, no rechazar ninguna de mis pasiones negativas cuando me sentaba a escribir. En lugar de ello, las volqué en mis textos, como un torrente que, en vez de desatarse contra mis relaciones o mi salud mental, cobraba forma y consistencia en diálogos, escenas y atmósferas. El resultado fue la creación de universos ficticios cargados de verdad emocional.
Aquel ejercicio, que al principio asumí con cierta desconfianza, terminó por revelarse como una poderosa medicina. Sentí que mi mente dejaba de tensarse para retener sentimientos oscuros, y que, en la libertad de la ficción, podía verterlos a manera de catarsis y, sobre todo, de conocimiento. Cada párrafo me mostraba de un modo casi brutal los orígenes de mis impulsos, sus consecuencias y la manera en que podrían transformarse en algo luminoso. Pronto, esta práctica se convirtió en un modo de reconciliarme con mi propia naturaleza conflictiva, de reírme de mis excesos y de esbozar una sonrisa cómplice al admitirme como un ser lleno de defectos, contradicciones y, también, un caudal infinito de posibilidades.
La rebelión contra el ego, para mí, no se basaba ya en declararlo un enemigo mortal, sino en enfrentar sus dictados con la clarividencia de quien no se deja seducir ciegamente. Al observarlo, detectaba las trampas que me tendía: buscar halagos innecesarios, exagerar mis logros, mantenerme en un pedestal ficticio. Pero mi respuesta ya no era la represión sistemática, sino la curiosidad. Me decía a mí mismo: ¿qué pasaría si tomo esta energía y la vuelco en la creación de un personaje con deseos de fama desmedidos? ¿Qué acontecería si, en lugar de negar ese anhelo de superioridad, lo exploro a fondo hasta convertirlo en el nudo argumental de un relato? Así, mi propia vida interna nutría la literatura y, a la vez, me permitía explorar caminos que tenían una repercusión emocional en mí y en los lectores. Porque todos, en mayor o menor medida, lidiamos con un ego que nos susurra cosas al oído, prometiendo glorias y demandando devoción.
Con el tiempo, descubrí que esta estrategia no solo potenciaba mi escritura, sino que también me brindaba una visión más compasiva hacia mis semejantes. Al ser testigo de cómo mi propio ego se alimentaba de miedos, carencias y anhelos, pude comprender que los demás tampoco eran monstruos cuando se dejaban llevar por su orgullo, sino seres humanos gestionando, a su manera, el fuego que les habitaba. Fue un descubrimiento que trajo consigo una extraña paz interior, pues dejé de sentir la necesidad de competir o de invalidar a quienes se pavoneaban de sus logros, consciente de que, detrás de la fanfarronería, latía una herida tan honda como la mía. Esa compasión, al trasladarla a mis historias, me acercó a la creación de antagonistas con mayor complejidad moral, pues entendía que su arrogancia no era un mero rasgo malvado, sino la prolongación de una lucha interna. Y esa profundidad psicológica no tardó en resonar en el ánimo de quienes leían mis escritos.
La reconciliación con el ego, en definitiva, se convirtió en mi bandera de libertad creativa. No tenía ya que fingir ser humilde de manera impostada, ni tampoco entregarme al narcisismo desmedido que antes me tentaba. Aprendí a dialogar con esa fuerza de dos caras y a decirle: te reconozco, sé que quieres impresionar a todos con tus logros, sé que tienes hambre de aplausos. Pero hoy no permitiré que seas tú quien dirija mis pasos. En cambio, hagamos un trato: muéstrame esa pasión indómita, ese deseo de rebasar los límites, y pongámoslo al servicio de una historia que de verdad nos trascienda, nos haga crecer y nos confronte con la verdad. De esa forma, el ego dejaba de ser un tirano caprichoso para transformarse en un motor que me impulsaba a explorar terrenos inusitados. Era mi cómplice y, a la vez, mi contrincante, un compañero de danza con el que jamás volvería a pelear a muerte, pero sí a mantener un perpetuo y estimulante forcejeo.
A medida que el tiempo pasaba, mi obra iba ensanchándose y explorando abismos emocionales que antes no me atrevía a rozar. Empecé a escribir relatos sobre personajes obsesionados con la fama, con el dominio sobre los demás, con la belleza física y el reconocimiento. Pero, al mismo tiempo, desarrollaba su lado vulnerable, su herida primigenia, esa que explicaba el porqué de sus gestos altaneros. El lector se encontraba así ante seres llenos de vértigo interior y, a la vez, con una chispa de humanidad que impedía condenarlos del todo. Y así, mis historias adquirían un matiz de honestidad, porque yo mismo había transitado aquel camino y comprendía la lógica interna de esas pulsiones. Lejos de presentar un sermón moralista, me limitaba a exponer la pelea interna, el surgir de la soberbia, la caída y, en algunas ocasiones, la redención.
No tardé en recibir comentarios de lectores sorprendidos por la intensidad emocional de mis personajes. Algunos se sentían identificados, otros se horrorizaban al verse reflejados en esos espejos deformantes, pero algo había quedado claro: aquel combustible interno que yo llevaba años malgastando en la búsqueda de reconocimiento se había transfigurado en un instrumento narrativo capaz de encender la chispa de la empatía y el cuestionamiento en quienes se adentraban en mis páginas. De pronto, mi ego había encontrado un cauce que nutría la creatividad en lugar de drenarla. Y yo, como artífice de esas historias, sentía la satisfacción de estar viviendo una metamorfosis que trascendía lo personal: la unión de mi fuego interno con el anhelo de manifestar la verdad.
De todo este proceso emergió una especie de reconciliación vital con mi propio ser. Aprendí que no necesito eliminar la soberbia, ni fingir que no ambiciono llegar lejos o dejar una huella imperecedera. Solo tengo que mantener la vigilancia interior, separar la bruma engañosa de la vanagloria del anhelo legítimo de compartir mi mundo interior, y convertir esas tensiones en narraciones que, con un poco de fortuna, transformen la visión de alguien más. Así, cada página que escribo se vuelve un campo de batalla donde luchan mi rebeldía y mi búsqueda de entendimiento, pero también un jardín donde florecen la compasión y el coraje.
Hoy, cuando me reúno con lectores o converso con colegas, no siento la urgencia de exhibir mi talento como un trofeo. Mi lucha interna aún vibra, pero ahora está canalizada. Confieso que en ocasiones el viejo ansia por el aplauso renace, y me sorprendo fantaseando con halagos desmedidos y laureles literarios. Sin embargo, he cultivado la costumbre de retroceder un paso y observar esa ambición con calma, como quien contempla un corcel salvaje encabritándose en el horizonte. Entonces, cedo la rienda al corazón que desea expresar y a la mente que sabe escuchar. Es un equilibrio delicado, pero vale la pena sostenerlo. Entiendo que, en ese margen estrecho entre la rebelión y la reconciliación, florece la auténtica creatividad, la que no se traiciona a sí misma ni a su público.
La enseñanza más honda que he extraído de este viaje me impulsa a compartir un mensaje claro: no es necesario asesinar nuestro ego para encontrar el camino creativo, ni crucificarlo como si fuera un traidor por naturaleza. Más bien, podemos transformarlo en un aliado con el que convivamos, siempre alerta de sus provocaciones, pero igualmente abiertos a su ímpetu. Si he logrado construir personajes que arden en pasiones creíbles, si mis tramas resuenan con la hondura de las emociones humanas, se debe en buena parte a ese pacto tácito al que he llegado con mi propio ego, que me confiere atrevimiento, persistencia y, en ocasiones, la dosis de insolencia que se requiere para no ceñirse a lo convencional.
Esta travesía no tiene final. Cada texto nuevo es la prolongación de una historia que empezó cuando tomé la pluma por primera vez y me debatí entre el deseo de impresionar y la urgencia de ser fiel a la voz que gritaba en mi interior. Seguiré explorando esas pulsiones y contradicciones, sacando a la luz demonios olvidados, abrazando el peligro de envanecerme a ratos, pero siempre retornando al ejercicio honesto de mi oficio. Porque, en el fondo, la rebelión que planteamos contra el ego no es más que la forma de abrir paso a la sinceridad, y la reconciliación es la manera de decirle: “Te reconozco, te doy la bienvenida, colaboremos en esta aventura literaria, pero no te entrego la dirección completa del barco”.
Al final del día, en mi refugio de escritor, me siento frente al papel en blanco y me coloco en guardia, sabiendo que la pasión y el ansia de trascender volverán a hablarme. Pero ya no huyo de ellas, ni me postro con temor ante su poder. Las uso, les tiendo la mano, y en esa danza a veces frenética se forja el acero de mi escritura. Así, con cada nuevo texto, renace esa mezcla de sublevación y serenidad que alimenta mi fervor narrativo y me hace sentir que, en la forja de la literatura, el ego no es sino uno de nuestros más fieros y fascinantes maestros. Y ese es el gran misterio que me impulsa a seguir creando, sabiendo que, cada vez que observo mis batallas internas y las vierto en el universo ficcional, estoy trazando un mapa íntimo en el que, tal vez, otros lectores encuentren el aliento necesario para caminar sus propias sendas de sombra y luz.






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