He pasado incontables madrugadas desvelado, sentado frente a una ventana empañada, observando cómo el primer aliento de la luz se cernía sobre la ciudad. Aquella claridad incipiente, a menudo imperceptible para quienes duermen sumidos en la costumbre, me ha parecido siempre un conjuro misterioso. En ese instante, cuando los contornos de los edificios se perfilan con la lentitud de un espectro y el aire parece suspenderse en un leve temblor, he sentido un latido hondo en el pecho que me obligaba a reflexionar: ¿acaso no hay en lo cotidiano un secreto que roza lo sagrado? ¿No existe, en cada partícula de la vida ordinaria, un umbral que conduce a otra realidad?
Mi historia con este presentimiento comenzó hace años, cuando por azar me vi obligado a esperar durante toda una noche en un banco de la estación de autobuses de una ciudad que visitaba por primera vez. Las horas se derramaban con una lentitud casi cruel, y el cansancio amenazaba con entumecer mis sentidos. Sin embargo, conforme pasaban los minutos, empecé a percibir una inquietante fascinación. El frío parecía tallar un silencio cada vez más nítido, y en ese silencio emergían detalles que nunca antes había tomado en serio: el eco de pasos lejanos, el chirrido de una máquina expendedora, el susurro de un viajero hablando por teléfono con voz queda. Cada sonido era una revelación diminuta. Fue la primera vez que entendí que, al detener mi mente hiperactiva y mi necesidad de huir del tedio, el mundo común se transmutaba en un paisaje espiritual insospechado. Casi como si una mano invisible hubiera descorrido un telón, me encontré ante un nuevo escenario que, pese a sus contornos conocidos, se mostraba cargado de simbolismos.
He querido conservar esa mirada, ese afán por descubrir la verdad que se esconde en cada momento presuntamente trivial. A lo largo de mi vida, he escuchado a muchos atribuir a las grandes catedrales o a los libros milenarios la fuente principal de iluminación. Yo mismo, en alguna época, busqué verdades absolutas en religiones exóticas o en doctrinas remotas. Pero con el paso del tiempo, comencé a sentir que la clave no residía en huir hacia lo distante o lo sublime, sino en adentrarme en las sombras más mundanas del día a día, allí donde transcurre la vida auténtica, sin adornos, a menudo cargada de hastío. Me di cuenta de que la ciudad, con sus esquinas grises, sus luces intermitentes y sus bullicios repentinos, era un templo tan valioso como el más imponente santuario. Cada muro, cada acera, podía revelar la misma fuerza divina que muchos persiguen en viajes costosos o en retiros enigmáticos.
Durante una larga temporada viví en un apartamento diminuto, cuyas ventanas se abrían a un callejón estrecho. Poco sol entraba en esa estancia, y por ello estaba casi siempre sumida en una penumbra sospechosa. Al principio, me sentía asfixiado. Extrañaba los ventanales amplios de mi hogar anterior, la danza del sol sobre las cortinas, la sensación de espacio libre. Sin embargo, en ese callejón retumbaba cada paso, cada rueda de carro de compra, cada ronroneo de motocicleta, y esas vibraciones resonaban con una intensidad inusitada. Descubrí, casi como quien tropieza con una rareza, que aquella oscuridad tan poco agraciada encerraba un significado. Por las noches, cuando la única luz provenía de una lamparita parpadeante, podía cerrar los ojos y concentrarme en la sinfonía de sonidos que ascendía desde la calle. Las risas pasajeras, las frases truncadas, el rugido tardío de un camión de la basura… cada uno de esos rumores se tornaba un símbolo, una especie de salmodia. Empezaba a sentir que no había nada verdaderamente insignificante: todo conformaba un entramado exquisito de circunstancias, de presencias y ausencias, que aguardaba nuestra sensibilidad despierta para manifestarse como una lección.
Al escribir, hallaba en esos ruidos un caudal inagotable de inspiración. No era raro que, en medio de una escena, introdujera el jadeo sutil de un gato que se cuela por la ventana, o la sombra furtiva de un vendedor nocturno que recorre la ciudad en busca de clientes somnolientos. Todo ese bagaje, tan aparentemente irrelevante, vertía en mis historias una profundidad que yo antes desconocía. Porque cuando uno presta atención a los detalles mínimos, se abre un canal donde la imaginación, la memoria y la espiritualidad confluyen hasta formar un río poderoso. Empecé a llamarlo el misticismo de las sombras cotidianas, un término que me brotó una madrugada mientras observaba el diminuto halo de luz que se filtraba bajo la puerta de entrada. Me pregunté: ¿no era acaso ese haz insignificante un espejo de nuestra fe, que a ratos se muestra y a ratos se oculta, pero siempre está ahí para quien desee verlo?
Conforme fui explorando esa noción en mis textos, tuve ocasión de viajar a otros países y de convivir con personas que, de un modo u otro, buscaban algún tipo de iluminación interior. Muchas de ellas partían del supuesto de que debían huir de la civilización, de la urbe y de sus ritmos frenéticos, para hallar la paz en paisajes bucólicos o en retiros recónditos. Yo mismo valoraba ese anhelo y lo veía plausible, mas no podía dejar de cuestionarme si realmente era necesario apartarse de la vida para hallar lo divino. De pronto, recordaba aquellas noches en mi callejón, o las madrugadas en aquella estación de autobuses. Recordaba los atardeceres en que la luz dorada se colaba por mi cocina, iluminando una taza usada y un cuchillo olvidado, y cómo esa escena a contraluz parecía una pintura sagrada. ¿No era eso una evidencia de que, incluso en la monotonía, se escondía un velo que podía rasgarse? Empecé a comprender que el misticismo no dependía del entorno, sino de la disposición interior. Y este descubrimiento me llevó a una certeza inquebrantable: allí donde estemos, si mantenemos la atención y el asombro, las sombras cotidianas se convierten en umbrales hacia lo absoluto.
A menudo, cuando comento estas ideas, noto cierto escepticismo en quienes me escuchan. Me dicen que la vida en la ciudad es ruidosa y asfixiante, que la rutina consume la sensibilidad y que no hay nada de revelador en un semáforo averiado o en la larga fila de un supermercado. Pero yo replico que, precisamente, en esos lugares y situaciones anodinas se esconde la clave. Todo acto puede adquirir una dimensión profunda si nos permitimos ralentizar la mirada, si detenemos nuestro incesante carrusel de pensamientos y simplemente sentimos el instante en su crudeza. Recuerdo haber presenciado el llanto desgarrado de un desconocido en una cola bancaria, y cómo ese pequeño drama encapsulaba la fragilidad humana y, a su vez, la posibilidad de la compasión. Nadie alrededor parecía reparar en él, ocupados como estaban en sus móviles y en sus prisas. Pero para mí fue como asistir a un espejo de la condición humana. Pensé, ese llanto es un emblema de todo lo que, alguna vez, hemos callado. Y en esa conexión silenciosa se me reveló algo que no alcancé a expresar del todo, pero que me conmovió hasta las lágrimas. Sentí que había presenciado, en un entorno lamentablemente ordinario, un suceso digno de la más honda solemnidad.
Este tipo de vivencias me han llevado a contemplar la vida como un inmenso tapiz de signos, cada uno con su propia vibración simbólica. He aprendido a observar con devoción la forma en que la luz cambia sobre las fachadas, cómo las hojas de un árbol tiemblan ante la brisa matutina, e incluso la manera en que la gente camina bajo la lluvia, con gestos diminutos que a menudo desnudan su estado de ánimo. En la aparente banalidad, he descubierto matices que rozan lo sublime. A veces percibo en un gesto un eco ancestral, una sabiduría oculta que se remonta a la noche de los tiempos. Y en la reiteración de esos detalles, algo en mi conciencia se expande. Es como si cada pequeña experiencia quisiera narrarme un fragmento del gran relato cósmico del que todos formamos parte.
Cierta tarde, me encontraba escribiendo en un café cualquiera, absorto en la incertidumbre de un párrafo que me resistía. Mientras reposaba la frente sobre mi mano, noté que un rayo de sol cruzaba la ventana y se posaba, directo, en la superficie de la mesa. Allí, en ese brillo dorado, se apreciaban casi imperceptibles partículas de polvo, flotando con la armonía de un ballet mínimo. Contemplé el espectáculo y, de pronto, sentí que ese rayo y esas motas formaban un pequeño universo; la luz era el hilo conductor y el polvo, como planetas diminutos, gravitaba con un orden inquebrantable. Me invadió un temblor de veneración y, sin pensarlo, dejé de escribir. Me pregunté cuántas veces habría pasado por alto ese microcosmos que se asoma a diario cuando el sol atraviesa el cristal. En aquel instante olvidé las prisas, las preocupaciones y hasta el texto que tenía pendiente. Me entregué por completo a la contemplación y, por unos fugaces segundos, la vida me pareció un milagro inconcebible. Fue como si hubiera abierto de golpe una puerta a un santuario interior, uno en el que no necesitaba ni altares ni rezos, tan solo la humildad de percibir.
Poco después, volví a mi cuaderno y anoté un breve poema donde resumía esa experiencia. Aquella noche, al releerlo, sentí la fuerza íntima que había surgido de algo tan nimio. Con esa certeza, confirmé una vez más que no se requerían grandes proezas para rozar lo espiritual. Bastaba con detener el corazón en medio del trajín y permitir que la realidad se mostrara en su dimensión invisible. Desde entonces, he procurado transmitir esa perspectiva en todos los espacios donde comparto mi palabra, incluyendo esta propia página que me apasiona alimentar con reflexiones. Me maravilla pensar que quizás alguien, al leerme, se anime a observar el sol filtrándose por una rendija, a escuchar atentamente el zumbido de la nevera en la cocina, a notar su propia respiración cuando el silencio envuelve la casa. Y que, al hacerlo, descubra en esos gestos toda la plenitud que antes buscaba en lejanías inalcanzables.
Pienso que lo sagrado puede asumir diversas máscaras, y que a veces se disfraza de rutina para ponernos a prueba: ¿seremos capaces de descubrir su rastro en medio de la repetición? En cada despertar, tenemos la oportunidad de habitar el mundo con la mirada limpia, como si fuera la primera vez que existiéramos. Sin embargo, solemos abrir los ojos y vestirnos con el hábito polvoriento de la costumbre, repitiendo actos y pensamientos sin concedernos la menor libertad de asombro. Es una tragedia silenciosa, un desperdicio de la consciencia, que se atrofia en la inercia y la distracción. Quizás por eso, a mí me ha resultado tan vital escribir. Con cada palabra, intento asirme a la sorpresa, fijarla en el papel y recordarme, una y otra vez, que cada instante puede ser el acceso a un conocimiento que trasciende las explicaciones racionales. Así, la vida deja de ser un listado de obligaciones para volverse un tejido de momentos portadores de revelaciones.
En ocasiones, me detengo a observar a los pájaros en el parque más cercano a mi casa. Me impresiona su capacidad para moverse con tanta gracia y, al mismo tiempo, con un desapego total de las tensiones humanas. Cuando uno de ellos se posa en el respaldar de un banco solitario, lo imagino contemplando el paisaje con una calma ajena a mis angustias. Hay en su mirada una atemporalidad que, si logro intuir, me inunda de sosiego. Entiendo que, en esa escena, se revela un misterio: la vida fluyendo sin afanes, en comunión con el instante, sin juicio ni prisa. Mi mente, normalmente atrapada en su runrún de ideas, se desliza hacia un estado más receptivo. Entonces, la experiencia se vuelve un pasadizo a un espacio donde los ruidos del pensamiento ceden y siento que el corazón late al compás de algo más amplio. Al regresar de ese trance, me invade una gratitud inusitada, como si en la cotidianidad se me hubiese brindado la llave de un tesoro espiritual.
Escribiendo estas líneas, evoco todos los momentos en que he atisbado un destello de verdad en el panorama más insulso. Recuerdo, por ejemplo, esa vez en la que, caminando sin rumbo por una zona industrial, descubrí una flor solitaria creciendo en una grieta del asfalto. Aquel contraste me pareció un símbolo de resiliencia y me hizo meditar en la belleza que aflora, incluso cuando nadie la espera. Al agacharme a examinarla, noté la delicadeza de sus pétalos de color pálido, sus pequeñas manchas violetas, como si la naturaleza hubiese querido anunciar que en cualquier rincón puede germinar un susurro de eternidad. A veces, me pregunto cuántas flores habré pisoteado a lo largo de mi vida sin darme cuenta, envuelto en mis dilemas. Y me prometo estar más alerta, pues esa promesa me sitúa en el umbral de un mundo inagotablemente fecundo.
Algunos se burlan de esta visión, tachándola de ingenua o excesivamente mística. Dicen que el verdadero cambio se gesta en las grandes transformaciones sociales, en las leyes y los avances científicos, y que lo demás es una distracción romántica. Yo no niego que esos factores sean relevantes, pero insisto en la necesidad de una transformación íntima, en la urgencia de renovar la percepción que nos ha sido legada. De nada sirven los progresos externos si por dentro continuamos indiferentes o ciegos al milagro que sucede a cada instante. A mi juicio, la revolución empieza cuando uno se atreve a observar la realidad sin los anteojos de la costumbre y descubre que, en lo minúsculo, palpita un universo capaz de romper nuestras certezas. Este hallazgo, por sutil que sea, puede encender la llama de la compasión, la creatividad o la sabiduría, y entonces sí, contagiarnos de la energía necesaria para emprender cambios en la vida colectiva.
He aprendido, pues, que no hay nada trivial en el hecho de contemplar un amanecer, de escuchar el latido de la urbe en la madrugada o de aspirar el perfume de un jazmín al pasar junto a una pared descuidada. Cada uno de esos gestos encierra una invitación a la lucidez y al reencuentro con lo esencial. Si me preguntan cómo adquirir la capacidad de percibir estas sutilezas, responderé que la clave radica en el silencio interior y en la determinación de no menospreciar ni un segundo de nuestra experiencia. Cualquier momento que decidamos observar sin juicio es un portal que conduce a la inmensidad. No se precisa un rito complicado ni una consigna ideológica: basta con escuchar, con dejar que la vida se exprese sin que nuestra mente la bloquee con sus prejuicios o urgencias.
Esta percepción, a su vez, transforma la escritura y la lectura en ejercicios de profunda comunión. Al sentarme a escribir, me pregunto qué fragmento del día me ha tocado el alma y cómo plasmar ese latido en palabras. En lugar de forzar grandes temas, tiendo a inspirarme en lo que veo, en lo que huelo, en lo que roza mi piel. Así, mis letras se nutren de realidades inmediatas, las embellecen sin despojarlas de su verdad, y acaban generando un arco que conecta mi vivencia con la del lector. Cuando me sumerjo en un libro, busco esa misma vibración: quiero sentir que las frases nacen de un autor que ha respirado el mundo y lo ha sentido estremecerse bajo su tacto. Aspiro a que mi obra, por humilde que sea, sea un puente hacia esos instantes irrepetibles, invitando a quien la sostenga en sus manos a ver con ojos vírgenes y a escuchar con oídos íntimos.
Si algo deseo dejar grabado en estas páginas es la certeza de que el misticismo no es un estado reservado a eremitas o iluminados que renuncian a la sociedad. Al contrario, está enraizado en nuestras pisadas, en el pan de cada día, en la mano que acaricia el cabello de un niño, en el vaho que emana de nuestro aliento durante una tarde invernal, en el latir de la sangre cuando corremos para alcanzar el autobús. Todo contiene esa chispa originaria, y es tarea nuestra descubrirla en el roce de lo simple. Lo cotidiano a menudo adopta un cariz sombrío, cargado de tedio, como si estuviera sumido en la penumbra. Pero, si aprendemos a hundir la mirada en esa sombra, nos daremos cuenta de que, lejos de ser pura negrura, alberga un brillo peculiar, un atisbo de lo eterno.
Cada día, me despierto con la convicción de que puedo encontrar una chispa de revelación incluso en el acto más repetido. Tal vez sea en la forma en que cae el café en la taza, dibujando remolinos efímeros, o en la risa espontánea del vecino que enciende su radio y canta desafinado. Todo puede ser un mensaje, un símbolo, una clave. Y cuando la jornada termina, al recapitular mis vivencias, siento que he transitado un laberinto hecho de instantes humildes, cada uno iluminado por un matiz que, con frecuencia, me conmueve. Tal vez ese sea mi mayor anhelo: compartir con otros ese asombro que, aunque parezca una veleidad de poeta, transforma la experiencia ordinaria en un sendero hacia lo inefable.
Mientras escribo estas últimas líneas, me invade la emoción de saber que aún me quedan innumerables mañanas por descubrir. Sé que el alba me extenderá su invitación una vez más, y que la noche, con su murmullo incesante, me retará a escuchar nuevas historias en cada esquina. A quien me lea, solo puedo decirle que, si se deja llevar por esta brisa de percepción despierta, hallará en su realidad inmediata un tesoro de revelaciones. No se trata de huir ni de idealizar, sino de reconocer que lo sagrado aguarda en cada latido. Yo, por mi parte, seguiré habitando este misterio, convencido de que cada sombra encierra un resplandor, y de que el misticismo más profundo se esconde en la vida que pasa ante nuestros ojos, sin alardes, sin estridencias, pero con una potencia inagotable. Eso es, al fin y al cabo, lo que me sostiene, me conmueve y me impulsa a escribir con la certeza de que en lo ínfimo mora lo infinito.






Deja un comentario